Casi un año y medio. Este es el tiempo que, al menos una mañana por semana, llevo escuchando a un sacerdote trastocar las palabras de Jesús en la fórmula de la consagración eucarística: en lugar de decir, respecto a la preciosa Sangre del Cordero, “que será derramada por vosotros y por muchos…”, el ministro introduce una innovación particular: “Por vosotros y por toda la humanidad”. Así, tan tranquilo. Una y otra vez.
Y una y otra vez este redactor –y creyente– se pregunta por qué sigue haciéndolo. Sí, sí: que ya he hablado con el caballero, pero es inasequible al desaliento. “Es que yo no podría ceñirme a una fórmula esquemática”, me dice, en una suerte de reivindicación de la libertad humana para transformar el rito, para hacerlo más paladeable, más cercano, menos rígido… No es que Jesús haya dicho: “Por vosotros y por toda la inconmensurable relación de seres humanos cuya naturaleza resultó dañada por el primer pecado y que, si creen en el Evangelio, serán redimidos por mí dentro de unas horas”. No, no. No es nada alambicado, ni extenso, ni ruidoso: es un simple y tenue “y por muchos”, pero al buen cura le parece que la fórmula lo aherroja y lo mete en un incómodo molde que le impide hacer visible la expansiva gracia de Cristo. Conque nadie se me sienta apartado: “Esto es por toda la humanidad, chicos, ¿vale?”.
En las décadas que llevo practicando la fe, ciertamente he visto de todo. No haré una relación de anécdotas, pues, quien más, quien menos, ha atestiguado alguna irregularidad litúrgica, alguna salida de tono, algún dislate dicho desde el ambón… Pero un cambio a capricho de la fórmula consagratoria no era cosa que imaginara que llegaría a escuchar. Es la cima inviolable, el sancta sanctórum de la celebración; el anuncio verbal y actuante de lo más sublime que ocurre en el universo en ese instante preciso: que Cristo se ofrece al Padre, en el Espíritu Santo, bajo dos alimentos que, minutos después, se repartirán a gente común, falible, capaz de grandes injusticias…, pero capaz de la fe, de conversión, de enmienda.
“Milagro de amor tan infinito…”, reza una canción. Es Cristo que se nos da. Es para temblar, pero no de terror: es que nuestro buen Dios se ha vuelto loco de amor por una mota de polvo. Contemplación, asombro y reverencia. No hay más.
No se entiende, por tanto, que haya que enmendarle la plana al bendito Instaurador de la eucaristía, como si se le hubiera olvidado decirnos algo y un sacerdote necesitara arreglar la “desmemoria” del Redentor con una nota al pie. La Iglesia, por supuesto, en su recorrido por la Historia, seguiría precisando auxilio, aclaraciones, luces…, pero a Él no se le ha escapado nada. “Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn. 16, 12-13).
Y en efecto, el Espíritu vino. Está todavía por aquí, e inspira a los sucesores de los apóstoles, en comunión con Roma, a juzgar lo que puede ser oportuno y lo que no para el Pueblo de Dios, y a hacerlo, además, a la luz de la experiencia pastoral en un tiempo concreto. Fue así que Benedicto XVI, en su carta de 2012 a los obispos alemanes sobre la adopción del “y por muchos” (pro multis) en la nueva traducción del Misal Romano, señaló como base de la decisión el “respeto reverencial de la Iglesia” por la palabra de Jesús y la fidelidad de Nuestro Señor a la palabra de la Escritura. “Esta doble fidelidad –agregó– es la razón concreta de la fórmula ‘por muchos’”.
En sintonía con el Santo Padre, cuatro años después la Conferencia Episcopal Española publicó su Instrucción “Celebrar la Eucaristía con el Misal Romano”, en la que señalaba que, si la Iglesia pedía “un respeto reverencial a todo texto litúrgico, de manera que no es lícito cambiarlo o sustituirlo en todo o en parte, con mayor motivo esta norma ha de aplicarse a las plegarias eucarísticas y máxime a las palabras de la consagración”.
De modo que no: se agradece la preocupación por si “lo que Cristo quiso decir fue esto y no aquello”, pero para eso ya “doctores tiene la Iglesia” que, asistidos por el Espíritu Santo, tienen a cargo la configuración de la liturgia eucarística y la preservación del tesoro de la fe, del que se saben administradores, no propietarios; no dueños de esta Casa nuestra edificada sobre roca, como para creer que pueden ensanchar a gusto una puerta o derribar una columna. No hay que confundirse: la Iglesia no pertenece a sus pastores, sino únicamente a un Pastor.
Uno de los primeros que lo olvidó terminó clavando sus propias ideas –sui géneris, curiosas, algo estrambóticas– en un papel en la puerta de una iglesia alemana hace cinco siglos. Tuvo “éxito”, hay que decirlo, porque terminó arrastrando un buen grupo de fans.
Pero su nombre no está en el santoral. Ni, previsiblemente, lo estará.



