Cultura

La Humanidad caída. Masaccio, «La Expulsión del Jardín del Edén»

Masaccio inaugura la historia de San Pedro con la caída de Adán y Eva, un fresco cargado de emoción que conecta el pecado original con la promesa de redención.

Eva Sierra y Antonio de la Torre·9 de abril de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos

COMENTARIO ARTÍSTICO

Esta escena es el primer fresco de la serie dedicada a la vida de San Pedro, lo cual, a primera vista, puede parecer fuera de contexto. Sin embargo, tiene un profundo significado teológico: representa las consecuencias de la caída de Adán y Eva y la necesidad de la salvación ofrecida a través de la Iglesia fundada por San Pedro. Situada en lo alto del muro izquierdo de la Capilla Brancacci, la expulsión de Adán y Eva da inicio a la narrativa, estableciendo el trasfondo espiritual para las historias que siguen. A su lado, destaca otra obra emblemática de Masaccio, El Tributo de la Moneda, que narra acontecimientos posteriores.

Masaccio y el giro naturalista

Esta representación de Adán y Eva es profundamente emotiva y está cargada de dramatismo. Las figuras, de tamaño natural, están diseñadas para ser contempladas desde abajo, lo que potencia su impacto visual. Según el relato bíblico, después de que Dios reprenda a Adán por su desobediencia (como se ilustra en una obra de los hermanos Bassano que analizamos previamente), lo expulsa junto a Eva del jardín del Edén. Masaccio plasma este momento incluyendo un ángel en escorzo que, empuñando una espada, los expulsa del Paraíso. A la izquierda, se observa una puerta ilusoria, un elemento característico del gótico internacional, que rinde homenaje a la tradición del realismo espacial iniciada por artistas como Giotto. Sin embargo, la disposición espacial entre el ángel y la puerta parece algo forzada. Las sombras proyectadas por las figuras sobre el suelo las anclan a la escena, aportando mayor dimensionalidad.

Adán y Eva están en movimiento, alejándose del Edén bajo la mirada vigilante del ángel. La carga del pecado se refleja en la postura encorvada de Adán, quien se cubre el rostro con las manos, abatido por la vergüenza. Su desnudez, expuesta al espectador, simboliza su vulnerabilidad. Masaccio utiliza  el claroscuro (contraste entre luces y sombras) para dotar al cuerpo de Adán de un naturalismo extraordinario; las tonalidades de su torso demuestran una habilidad técnica poco común en su tiempo. 

En contraste, Eva intenta cubrir su cuerpo con las manos, reflejando modestia y culpa. Su mirada hacia el cielo y su boca entreabierta nos muestran el desgarro producido por la culpa. 

Su postura evoca el tipo clásico de la Venus Púdica, reinterpretado aquí para expresar sufrimiento humano en lugar de belleza idealizada. Frente a ellos se extiende lo que parece un paisaje desolado, símbolo de las consecuencias de su desobediencia.

Restauración y técnica de los frescos

Entre 1988 y 1990, los frescos de la Capilla Brancacci fueron sometidos a una importante restauración para eliminar siglos de suciedad, humo de velas y repintes que habían oscurecido su colorido original. Este proceso permitió comprender mejor cómo los artistas emplearon la técnica del buon fresco, o fresco verdadero. En el caso de La Expulsión del Jardín del Edén es posible observar cómo las figuras están delimitadas por áreas separadas. Los parches visibles son consecuencia de esta técnica y del uso de las giornatas, secciones diarias de yeso fresco aplicadas para pintar. Los pintores al fresco debían planificar cuidadosamente qué zonas pintarían cada día, ya que debían completarlas antes de que el yeso se secara. Masaccio parece haber dedicado giornatas individuales a cada figura, lo que explica las uniones visibles. Las tonalidades más oscuras del azul detrás de Adán revelan diferencias en las capas de yeso, resultado de cambios químicos en los pigmentos con el paso del tiempo. Estas marcas, imperceptibles en el siglo XV, se han hecho visibles con el envejecimiento del fresco.

La Expulsión del Jardín del Edén contrasta con el resto de las escenas de la serie, que son más contenidas en su estilo. En comparación con las representaciones idealizadas y serenas de Adán y Eva realizadas por Durero o Bassano, Masaccio opta aquí por destacar la emoción cruda. Los personajes muestran su desesperación; su lenguaje corporal expresa vergüenza y dolor. No hay nada bello en esta escena, solo la agonía de comprender que han desobedecido a Dios y no hay vuelta atrás. Sin embargo, incluso en este momento de desesperación, surge la esperanza de redención. Dios, en su infinita misericordia, envió a su Hijo, Jesucristo, para redimir a la humanidad. A través de María, la nueva Eva, esta redención se hizo posible. La inmaculada concepción de María y su fiat permitieron la restauración de la gracia por Jesús, el nuevo Adán, que reconcilia la humanidad con Dios.

COMENTARIO CATEQUÉTICO

La imagen de dolor y pérdida que domina el fresco pintado por Masaccio para la Capilla Brancacci expresa crudamente que después del pecado original la humanidad entera vive en estado de destierro. En efecto, el pecado cometido por la primera pareja humana supone que el entero conjunto de sus descendientes han de vivir desterrados del Paraíso, el jardín que Dios creó para su disfrute cuando pensó en ellos. La puerta fingida a la que Adán y Eva dan la espalda evoca los inmensos bienes que han perdido al atravesarla, y recuerda, con su frío tono gris y su yermo entorno, la inmensa miseria del destierro que afronta toda vida humana, sometida desde entonces al mal y a la muerte.

En efecto, el pecado, verdadera muerte del alma, dibuja sus consecuencias en los rostros y gestos de Adán y Eva, cuyo crudo dramatismo nos recuerda su necesidad de redención y justificación. No sólo para ellos, sino para todos sus descendientes, pues la humanidad, desterrada del paraíso, camina por la historia arrastrando de generación en generación su naturaleza caída, ya que el pecado original, por transmisión, alcanza a toda vida que llega a este mundo.

Todos unidos en la culpa de Adán

La unidad del género humano explica esta transmisión universal del pecado original. En efecto, toda la humanidad forma un cuerpo solidario, e igual que de los primeros padres recibe la vida toda ella, así también toda ella se ve afectada por las consecuencias de su pecado. De ahí que, aunque el pecado de Adán y Eva fuera personal, haya de cargar con su estigma el único cuerpo de la entera humanidad. Cualquier ser humano, por tanto, puede reconocerse en las figuras del cuadro, pues por muy lejano que esté de ellas en el tiempo, ha recibido por transmisión el pecado narrado en él.

Podemos decir, por tanto, que toda vida humana viene al mundo con la carga del pecado original, aunque, al no ser un pecado cometido, sino recibido por transmisión, sólo por analogía se le puede denominar pecado. En efecto, el pecado original es un estado, contraído por el hecho de existir en una naturaleza humana, no es un pecado cometido por un acto de la propia voluntad. No es un pecado en el sentido absoluto de falta personal que ocasiona una privación mayor o menor de la gracia de Dios, sino en el sentido análogo de privación absoluta de la santidad y justicia originales.

Es esta privación absoluta la que convierte a toda persona humana en un desterrado, pues el hogar pensado por Dios para su criatura es la intimidad en su santidad y su justicia, como la que llegó a vivir en el jardín del Edén. Así, el ser humano, encorvado sobre sí mismo, desnudo, tratando de cubrir su vergüenza, como lo pinta Masaccio, está herido y expulsado de la gracia, pero no está corrompido por completo. Está herido, no muerto; desterrado, pero no ejecutado; caído, pero no sepultado.

Es importante valorar en su justa medida esta herida, de modo que ni se ignore ni se magnifique. En el siglo V san Agustín tuvo que refutar las tesis del hereje Pelagio, quien afirmaba que el pecado de Adán era tan sólo un mal ejemplo, un rasguño en la conciencia que todo ser humano podría sanar con la mera fortaleza de una vida austera y virtuosa. En el siglo XVI el hereje Lutero, por el contrario, sostuvo la corrupción absoluta de la naturaleza humana, cuya herida original no se podía ya sanar sino tan sólo cubrir. Frente a esto, el Concilio de Trento tuvo que recordar que la humanidad, aunque herida y sometida a la ignorancia, al pecado y a la muerte, puede ser sanada por la redención de Cristo, el nuevo Adán que restaura al ser humano con un alcance universal. Como todos pecaron en Adán, así todos han sido redimidos por Cristo, y todos necesitan acogerse a esta redención mediante la recepción del Bautismo.

Todos redimidos por el nuevo Adán

La naturaleza humana puede ser restaurada por el Bautismo, que nos une a la obra redentora del nuevo Adán y, por tanto, convierte al desterrado en un peregrino que, tras ser bautizado, incoa su regreso al paraíso. El bautizado es justificado y santificado por el baño del nuevo nacimiento, de modo que ante él se abre de nuevo la puerta que Adán y Eva dejaron a sus espaldas. Tiene abierta la esperanza de regresar a casa, aunque ese camino ha de recorrerlo con esfuerzo. El bautismo borra el pecado original y perdona su culpa, pero no acaba del todo con la herida del alma, la inclinación al mal que late en la concupiscencia.

De ahí que sea necesaria para el bautizado su lucha personal y comunitaria, y por encima de ella la ayuda de la gracia de Dios, recibida en el bautismo y orientadora en el camino. Esta ayuda nos recuerda que Dios ni abandonó a la humanidad en su caída ni abandona al bautizado en su lucha cotidiana contra la concupiscencia. La Sagrada Escritura, al igual que nos revela el pecado (Génesis 3, 7-13), anuncia también la permanente providencia del Dios que no sólo no abandona, sino que promete la redención futura (Génesis 3, 14-15).

Lo prometido en este Protoevangelio para toda la descendencia de Adán y Eva, que introdujeron el pecado original por su desobediencia, se ha cumplido en Cristo y María, en el Redentor y su Madre, quienes con su obediencia repararon el primer pecado. La Redención obrada por Cristo, de hecho, se mostró en primer lugar y de forma anticipada en María, en cuya inmaculada concepción estuvo ausente el pecado original con el que toda vida humana es concebida.

Cristo es para toda la humanidad no sólo la puerta que la lleva de nuevo al paraíso, sino el dador de un estado superior al de la justicia original, pues como recuerda Santo Tomás, “el ser humano fue destinado a un fin más alto después del pecado”. El mal que vemos en esta imagen, por tanto, ha de recordar que, a fin de cuentas, Dios saca del mal un bien mayor, y que, como escribía san Juan de la Cruz, “bien sabe Dios sabia y hermosamente sacar de los males, bienes, y de lo que era nuestro mal, hacer causa de mayor bien”.

Obra

Nombre de la obra: La Expulsión del Jardín del Edén
Autor: Masaccio
Años: 1426–1427
Material: Fresco
Medidas: 208 x 88 cm
Ubicación: Capilla Brancacci, Florencia
El autorEva Sierra y Antonio de la Torre

Historiadora del arte y doctor en Teología

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