En la Audiencia del Papa este Miércoles de Pascua, han sobresalido dos temas. La vocación universal a la santidad, y la satisfacción de León XIV por “la tregua inmediata” de dos semanas en la guerra de Oriente Medio.
El Papa había manifestado ayer que era inaceptable la amenaza expresada por el presidente norteamericano Donald Trump contra todo el pueblo iraní. Hoy, León XIV ha acogido en la Audiencia “con satisfacción y signo de viva esperanza el anuncio de una tregua inmediata de dos semanas” en la guerra.
“Sólo a través del regreso a las negociaciones puede alcanzarse el final de la guerra. Exhorto a acompañar en este tiempo el trabajo diplomático “con la oración, deseando que la disponibilidad y el diálogo puedan ser instrumentos para resolver estas situaciones de conflicto en el mundo”.
Vigilia de oración por la paz el sábado 11
A continuación, el Pontífice ha renovado la invitación a todos a unirse conmigo en la Vigilia de Oración por la Paz que se celebrará en la Basílica de San Pedro el sábado 11 de abril”.
Las palabras del Papa han sido acogidas por los miles de peregrinos y romanos reunidos en la Plaza de San Pedro con grandes aplausos.
“La santidad no es privilegio de unos pocos”
“La Constitución conciliar Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles.. Cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo”, ha comenzado el Papa.
Según este documento conciliar, “la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un don que compromete a todos los bautizados a vivir la plenitud del amor a Dios y a los hermanos”, ha añadido el Sucesor de Pedro.
Y “los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son el alimento para crecer en una vida santa, es decir, para configurarse con Cristo en virtud del Espíritu Santo”.
La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados, y el nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, ‘supremo testimonio de fe y de caridad’ (LG, 50), ha manifestado el Santo Padre.
San Pablo VI: deber de ser santos
El miércoles pasado, al referirse a los laicos, el Papa citó a san Juan Pablo II y al Papa Francisco. Hoy, el Papa ha mencionado a san Pablo VI. Éstas han sido sus palabras;
“Él (Cristo) santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso.
A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban ‘ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles’. Esto se realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).
El pecado y nuestra conversión
En plena celebración de la Resurrección del Señor, como ha recordado a los peregrinos en diversos idiomas, el Papa ha lanzado también un mensaje sobre “la triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros”. Y ha invitado “a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad”, en “una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión”.
Testimonio de la vida consagrada
Finalmente, el Santo Padre se ha referido a “las personas consagradas, que dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados!”.
“Señales del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia”, ha señalado León XIV. “Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios”.
Al concluir, el Papa ha rezado para que “la Virgen María, Madre toda santa del Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino”.



