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Massimiliano Padula: “Existe el riesgo de la transformación del testimonio en espectáculo”

En el debate eclesial sobre la llamada “misión digital”, Massimiliano Padula invita a no quedarse en el adjetivo. La verdadera cuestión, explica a Omnes, es formar personas capaces de habitar estos entornos con madurez humana, espiritual y pastoral.

Giovanni Tridente·13 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

El 17 de marzo de 2026, en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma, tuvo lugar un congreso que reunió a cuatro universidades pontificias romanas para reflexionar sobre los retos que el contexto digital plantea a la evangelización y a quienes se dedican al anuncio del Evangelio en este ecosistema de información y relaciones. Un tema ciertamente no nuevo, pero que en los últimos meses ha vuelto a situarse en el centro de la atención eclesial gracias también al Sínodo sobre la sinodalidad, que ha reconocido este ámbito como un auténtico “entorno de misión”. 

En el coloquio romano participaron las universidades Gregoriana, Salesiana, Lateranense y Santa Cruz. Centró su atención en el tema de la formación, en particular de los sacerdotes y las personas consagradas, también porque muchos de los protagonistas de la presencia eclesial en las redes sociales pertenecen al clero o a la vida consagrada. El debate se centró en cuatro ámbitos clave: pastoral, espiritual, humano e intelectual.

La reflexión sociopastoral se encomendó al profesor Massimiliano Padula, catedrático de Ciencias de la Comunicación en la Pontificia Universidad Lateranense. Sociólogo de la comunicación, en sus estudios se ocupa de la relación entre los medios de comunicación y las prácticas pastorales, con especial atención a los procesos de transformación en la sociedad contemporánea y en las instituciones eclesiales. 

En esta entrevista con Omnes ofrece más elementos de reflexión sobre la necesidad de relativizar el adjetivo “digital”, para hacer emerger la dimensión propiamente misionera de la presencia cristiana en estos “entornos”.

¿Cuál es su valoración del informe La misión en el entorno digital, elaborado tras el Sínodo de los Obispos?

—El documento representa una contribución significativa, porque ha iniciado un debate sobre un tema complejo y a menudo malinterpretado. Uno de los elementos más relevantes es el punto de partida: la idea de que el entorno digital no es solo un conjunto de herramientas, sino una verdadera y propia cultura. Este enfoque es un presupuesto indispensable para una reflexión teológico-pastoral adecuada al presente y para imaginar nuevas formas de misión. 

Sin embargo, persiste cierta ambivalencia: por un lado, se afirma la naturaleza cultural de lo digital; por otro, se tiende aún a configurarlo como un ámbito que debe organizarse y regularse mediante instrumentos institucionales específicos. Las propuestas relativas a la creación de nuevas funciones, al reconocimiento de un posible ministerio específico o a la adaptación de las estructuras eclesiales responden a necesidades comprensibles, pero corren el riesgo de desplazar la acción pastoral hacia una lógica predominantemente organizativa. El principio recordado por el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, según el cual “el tiempo es superior al espacio”, invita, por el contrario, a privilegiar los procesos en el tiempo, capaces de generar transformación, más que la construcción de estructuras definidas de forma inmediata.

¿Cómo interpretar entonces la relación entre estructuras y procesos en la pastoral digital?

—La cuestión no se refiere a una oposición absoluta entre estructura y proceso, sino a su correcto equilibrio. Sin embargo, un énfasis excesivo en la formalización de la pastoral en el ámbito digital corre el riesgo de producir efectos contraproducentes, como el aislamiento autorreferencial y la reducción de la misión a una práctica especializada. 

Lo digital, como dimensión ya integrada en la experiencia cotidiana, no necesita una separación institucional rígida, sino una integración generalizada en las prácticas eclesiales ordinarias.

¿Qué nos dice sobre el fenómeno de los llamados “influencers de Dios”?

—La aparición de figuras que utilizan las plataformas digitales con fines evangelizadores debe situarse dentro de una dinámica participativa más amplia. 

La producción generalizada de contenidos ha favorecido el desarrollo de formas de acción eclesial desde abajo, que pueden reconducirse a un paradigma que yo defino como “pastoral de base”, es decir, una pastoral que nace desde abajo. Se trata de formas de acción eclesial que surgen de las dinámicas participativas de las redes digitales, en las que cualquiera puede convertirse en sujeto activo de la evangelización, contribuyendo a generar procesos que no se centran exclusivamente en las estructuras institucionales. Esta dinámica, que la socióloga Heidi Campbell ha descrito como “religión en red”, representa una gran oportunidad. Pero también conlleva importantes aspectos críticos: el riesgo de una personalización excesiva, la transformación del testimonio en espectáculo, y la reducción del contenido teológico a una narración simplificada.

¿Qué estrategias considera eficaces para abordar estas dificultades?

—El elemento decisivo es la formación, entendida en sentido integral. No se trata simplemente de adquirir competencias técnicas, sino de desarrollar una conciencia crítica y una madurez humana, espiritual e intelectual. En esta perspectiva, es necesario invertir en itinerarios formativos capaces de integrar la dimensión teológica y la competencia comunicativa. La calidad de la acción pastoral, de hecho, depende del equilibrio entre la profundidad de los contenidos y la eficacia expresiva.

Una comunicación teológicamente correcta, pero carente de adecuación comunicativa, resulta ineficaz; del mismo modo que una comunicación formalmente eficaz, pero carente de arraigo doctrinal, resulta frágil. 

¿Qué características debería tener una formación de los misioneros digitales adecuada al contexto contemporáneo?

—Una formación adecuada debe centrarse en las personas más que en los instrumentos. Esto implica la capacidad de abordar de manera crítica la complejidad de la contemporaneidad, caracterizada por el pluralismo, los conflictos y las profundas transformaciones en los lenguajes y las formas de la vida en sociedad. Además, debe tener en cuenta las transformaciones que afectan a realidades fundamentales como la familia, las generaciones jóvenes y el envejecimiento de la población, reconociendo también nuevas formas de vulnerabilidad social. 

En este contexto, el ministro ordenado y, más en general, todo agente pastoral está llamado a desarrollar una competencia interpretativa capaz de traducir el mensaje cristiano en un horizonte marcado por la incertidumbre y la fragmentación. 

Solo integrando el arraigo teológico y la conciencia del contexto será posible evitar formas de misión desencarnadas y permanecer fieles a la naturaleza de una Iglesia que, como escribía Joseph Ratzinger, es ante todo comunidad de amor y comunidad de personas.

Si la Iglesia reconoce cada vez más en los últimos tiempos “lo digital” como un ámbito de evangelización, ¿por qué considera necesario relativizar precisamente este adjetivo?

—La tendencia a calificar lingüísticamente los fenómenos sociales responde a una doble exigencia: por un lado, la de hacer comprensible un determinado ámbito de la experiencia; por otro, la de atribuirle una clave interpretativa precisa, ya sea positiva, negativa o neutra. Desde esta perspectiva, el término “digital”, originalmente descriptivo, ha ido adquiriendo progresivamente una función calificativa, hasta convertirse en un atributo que se extiende a múltiples dimensiones de la vida social: se habla, por ejemplo, de “vidas digitales”, “educación digital”, “Iglesia digital”.

Sin embargo, en el contexto actual, lo digital tiende a perder su función distintiva. No tanto porque se comprendan plenamente sus instrumentos, tiempos, espacios, lógicas y riesgos, sino porque ya se ha interiorizado como un componente ordinario de la vida social y cotidiana. Según el Digital 2026 Global Overview Report, más de 6.000 millones de personas utilizan Internet: una cifra -una “supermayoría”- que hace que el adjetivo resulte cada vez más redundante. En otras palabras, lo digital ya no puede considerarse una dimensión separada o meramente tecnológica, sino que debe interpretarse como un requisito estructural de la vida social, cada vez más invisible y normalizado. Por eso “digital” ya no es sinónimo de “tecnológico”: se ha convertido en una condición de fondo de la experiencia humana y social.

A la luz de esta perspectiva, ¿cómo interpreta expresiones como “misión digital” o “sínodo digital”?

—Considero que estas expresiones deben reinterpretarse partiendo de su significado más profundo. La misionariedad y la sinodalidad no se definen en función del contexto tecnológico en el que se expresan, sino en relación con su naturaleza teológica y eclesiológica. El adjetivo “digital”, en este sentido, corre el riesgo de introducir una distinción impropia, como si existiera una misión “otra” respecto a la eclesial en sentido estricto. Por el contrario, la acción misionera y el camino sinodal se configuran como procesos que atraviesan los diversos ámbitos de la experiencia humana, sin agotarse en un contexto específico. 

Más que insistir en estas etiquetas, tal vez convenga reconducirlas a su dimensión fundamental: la misión y el sínodo como formas de corresponsabilidad eclesial, orientadas al cuidado concreto de las personas y a su promoción integral.

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