«Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio». La frase atribuida a Einstein explica la polarización actual. Para muchos, cambiar su forma de pensar, abrirse a que otros puedan llevar más razón que uno es poco menos que una traición. Hay quien se ama a sí mismo más que a la verdad.
Cada vez es más difícil el diálogo, la confrontación de ideas. Nos aferramos a nuestras razones de forma irracional. Somos de tal o cual forma de pensar como se es de tal o cual equipo de fútbol; no por convencimiento, no por adhesión, sino por mociones del corazón. Nos dejamos llevar por los sentimientos de forma que somos fácilmente manipulables por una sociedad dominada por las redes sociales en donde el impacto emocional es primordial.
Nadie puede dar un argumento sólido para sostener una idea en uno de los miles de vídeos de 20 segundos que alimentan nuestro consumo digital, pero sí que se pueden dar muchos miles de impactos emocionales por esta vía. Lo más seguro, además, es que dichos impactos vayan en el mismo sentido hacia el que hayamos mostrado preferencia con anterioridad.
Si tenemos miedo a una invasión migratoria, nos saldrán noticias y vídeos sobre los peligros de la inmigración; si, por el contrario, pensamos que las personas tienen derecho a migrar y a buscar nuevas oportunidades en otro país, nos saldrán solo ejemplos de gente estupenda que ayuda a construir la sociedad en la que se establecen.
Si somos creyentes, nuestro feed se llenará de predicadores varios e influencers cristianos que nos harán creer que lo más lógico es vivir poniendo a Dios en el centro; pero si no lo somos, solo nos llegarán vídeos de los males cometidos por las religiones e intentos de demostración de que Dios es una invención.
De esta manera, no es la persona la que analiza la realidad y actúa en consecuencia, sino que construye una realidad a su medida según su criterio preestablecido. Los psicólogos lo llaman “sesgo de confirmación” que no es otra cosa que la tendencia humana a buscar, interpretar y recordar información de una forma que confirme lo que ya creemos, mientras ignoramos o minimizamos la información que nos contradice.
Este sesgo es bien conocido y aprovechado por los creadores de los algoritmos que deciden lo que nos «sale» en el móvil para lograr tenernos el mayor tiempo posible enganchados. Nos adulan, haciéndonos creer que tenemos razón, pero lo que no sabemos es que al que piensa lo contrario se lo dicen igual. Y así, regodeándonos en nuestra propia forma de pensar, vamos despreciando cada vez más al prójimo que cada vez nos resulta más lejano, más extraño, más peligroso incluso.
Encerrados en una burbuja de autorreferencialidad, considerando enemigo a todo quisqui, nos terminaremos ahogando por falta de oxígeno, como Narciso, cada uno en su estanque.
El Nuevo Testamento nos llama constantemente a la autocrítica: a no mirar la paja en el ojo ajeno sin fijarnos antes en la viga en el propio; a examinarnos a nosotros mismos para ver si nos mantenemos en la fe; a no decir que no tenemos fallos, porque nos engañamos y a no hacer nada por egoísmo o vanidad; sino más bien, con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo.
En el Concilio, la Iglesia reconoció «que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios». Así que también hoy, quienes piensan distinto, vienen en nuestra ayuda porque la verdad, como Dios, siempre es más.
En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (el próximo domingo, 17 de mayo) el Papa denuncia que las redes sociales, «encerrando grupos de personas en burbujas de fácil consenso y fácil indignación debilitan la capacidad de escucha y de pensamiento crítico y aumentan la polarización social» y anima a los católicos a «aportar nuestra contribución para que las personas, especialmente los jóvenes, adquieran la capacidad de pensar críticamente y crezcan en la libertad del espíritu».
Hay que educarse, por tanto, para ser críticos con los medios escuchando de vez en cuando otra emisora o entrando en otro portal; para ser críticos con lo que las redes nos muestran siguiendo también cuentas de quienes piensan distinto; para ser críticos con quienes siempre nos dan la razón, porque algo quieren, y sobre todo para ser autocríticos, para lo que nos hará falta mucha, pero que mucha humildad. Por algo Santa Teresa definía esta virtud como «andar en verdad». ¿No buscamos eso, la verdad? Pues ahí la tenemos.
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.





