COMENTARIO ARTÍSTICO
La obra captura el momento en la historia de la salvación después de la caída de Adán y Eva, cuando Dios confronta a Adán sobre sus acciones. La escena aparece en Génesis 3, 9-11. Aunque muchas obras de arte se han centrado en la caída de Adán y Eva o en su expulsión del paraíso, las representaciones de Dios reprendiendo a Adán son raras. Anteriormente examinamos la representación de Adán y Eva elegido por Durero como excusa para mostrar su maestría artística en la representación del cuerpo humano. En contraste, la escala de este óleo que aborda el momento posterior a la caída, (191 x 287 cm) es aprovechada para representar el Edén como un paisaje arcádico lleno de animales.
La composición sitúa a las tres figuras centrales—Dios, Adán y Eva—dentro de una estructura triangular. Dios ocupa el vértice de este triángulo, aunque el texto bíblico sugiere que Él estaba caminando en el jardín. Su posición elevada refuerza su omnipotencia y autoridad sobre toda la creación. Adán y Eva, por otro lado, están colocados en cada lado de la base del triángulo. Esta disposición física refleja su separación de Dios tras la caída, una representación visual de la brecha causada por el pecado original.
Eva, sentada bajo un árbol en el lado izquierdo, se esconde parcialmente detrás de un rosal. Su mirada está fija en el arroyo que fluye bajo sus pies, con el rostro lleno de culpa. Evita mirar a Dios, y su lenguaje corporal refleja su tormento interior. A su alrededor hay criaturas míticas como unicornios, y animales exóticos como el dromedario. En el siglo XVI, era común que los pintores usaran plantillas de animales en sus obras, ya que era poco probable que los artistas hubieran visto muchos de estos animales en persona. La desconexión de Eva de la conversación entre Dios y Adán resalta su papel pasivo en este punto de la narrativa.
Adán, por el contrario, está de pie en el lado derecho, mirando directamente a Dios. Su mano izquierda señala hacia Eva, acusándola de ofrecerle el fruto prohibido, mientras que su mano derecha parece ofrecer una excusa en su propio nombre. Esta interacción captura la esencia del diálogo entre Adán y Dios. Los animales que rodean a Adán están pintados con mayor detalle que los que rodean a Eva, especialmente los animales domésticos como los gatos y el pequeño perro. Un cordero blanco, ubicado en primer plano cerca de los pies de Adán, prefigura simbólicamente a Jesucristo como el “Cordero de Dios”, que más tarde se sacrificaría para redimir a la humanidad del pecado que comenzó en el Edén.
El Edén después de la caída
El lienzo está lleno de una gran variedad de criaturas, símbolo de la generosidad de Dios en la creación. El contraste entre la multitud de animales en la mitad inferior de la composición y el vacío relativo en la mitad superior añade otra capa de significado. El cielo vacío y el espacio alrededor de Dios en la parte superior significan su separación del ámbito terrenal enfatizando la distancia entre la humanidad y lo divino después de la caída. La mano extendida de Dios parece preguntarle a Adán: “¿No era suficiente todo esto?” Los tonos fríos de la composición general evocan una sensación de pérdida y confianza rota. A diferencia de las cálidas y vibrantes representaciones del Edén de Bosch, la paleta de los Bassano sugiere un mundo aún exuberante y abundante, pero ahora manchado por la desobediencia.
Aunque Dios se representa aquí reprendiendo a Adán, la Biblia lo presenta como una figura más paternal. Esta tensión entre el juicio y el amor paternal se refleja en la composición. Dios está por encima y más allá de la creación, pero aún involucrado en su narrativa. Dios reprendiendo a Adán ofrece una interpretación única de un momento poco representado en la historia bíblica de Adán y Eva.
El cuadro forma parte de la Colección Real Española, aunque no está claro quién lo encargó originalmente. Sabemos que la pintura estuvo en posesión del príncipe Filiberto de Saboya, quien más tarde se la regaló a Felipe IV de España. El padre de Felipe IV, Felipe III, había adquirido varias obras de Bassano durante su visita a Venecia en 1582. Este lienzo, por lo tanto, no solo representa un momento teológico significativo, sino que también es un testimonio de los intercambios artísticos y culturales entre las cortes de Europa en el Renacimiento tardío.

COMENTARIO CATEQUÉTICO
La escena plasmada en este espléndido bodegón de animales pintado por Bassano corresponde a lo narrado en la segunda parte del capítulo tercero del Génesis. Si la primera parte mostraba el relato de la tentación y caída de nuestros primeros padres, que vimos pintada por Durero, en la segunda se representa el juicio al que Dios les convoca por su pecado. La tercera parte, que veremos en un cuadro debido a Masaccio, representa la sentencia de este juicio.
Por tanto, tenemos una representación iconográfica de una escena bíblica muy adecuada para reflexionar sobre el sentido del pecado y su lugar en las relaciones del ser humano no sólo con Dios, sino también con sus semejantes y con la Creación que le ha sido confiada a su cuidado. En ella la Sagrada Escritura enseña que el pecado no es un simple error, ni un defecto o debilidad psicológica, ni un delito a cuya realización una sociedad injusta condiciona a la persona. El pecado es una ruptura de la Alianza con Dios, debido a un abuso de la libertad, de la que el ser humano tiene que responder.
La Alianza y su Juez
El contexto de Alianza, que es el marco en el que la revelación bíblica dibuja la relación entre Dios y la humanidad, está establecido en Génesis 2. El Creador ha hecho por libre iniciativa un pacto con su criatura, dotada de libertad para responderle en el amor a Él y a sus semejantes. El fruto de este pacto es el disfrute del jardín edénico y la armonía interpersonal. Su condición es usar la libertad adecuadamente, modelando sus actos según los preceptos del Creador y evitando la prohibición de traspasar los límites prohibidos. La ruptura de este pacto, abusando de la libertad, conlleva necesariamente un encuentro entre las partes para realizar un juicio en el que el hombre responda ante Dios.
Este es el sentido de todo pecado, que se muestra con patente claridad en el cometido por Adán y Eva. De hecho, tras el pecado el hombre no contempla a Dios como el Padre que en su Misericordia pasea por el Edén con sus criaturas, sino como el Juez que aparece para manifestar su Justicia ante las criaturas que acaban de perder la gracia de la santidad original. Ante esta visión, y viéndose culpable y lleno de vergüenza, como muestra la alusión al miedo por su desnudez, el ser humano se esconde de Dios (Génesis 3, 8).
Ya antes Adán y Eva se habían escondido el uno del otro. En efecto, en Génesis 3, 7 ambos se avergüenzan de su desnudez, pierden la confianza y la intimidad mutua de la que disfrutaban y se esconden uno del otro tapándose con unas hojas de higuera. Se ve así la brecha abierta entre ellos por el pecado original. Como se ve en el cuadro, el Juez aparece ante una humanidad que ya ha perdido la comunión sincera entre ella al haber roto con su libertad el precepto del Creador.
El juicio está narrado fundamentalmente en Génesis 3, 9-12, y comienza con la llegada del Juez. Como es frecuente en el lenguaje del Antiguo Testamento, la presencia de Dios como Juez (también como Salvador) se da en el cuadro en medio de una impresionante teofanía. Dios comparece como Juez trascendente y justo, envuelto en una túnica púrpura de Supremo Legislador y, como dice la Escritura, “envuelto en un manto de oscuridad; como un toldo, lo rodeaban oscuro aguacero y nubes espesas” (Salmo 18, 12). Oscuridad terrible traída por el pecado, que en el cuadro llega a ocultar el resplandor del sol, astro puesto por el Creador para iluminar el día.
En esta noche tiene lugar la convocatoria al culpable para ser interrogado, tal y como se expone, por ejemplo, en este pasaje de la Escritura: “viene nuestro Dios, y no callará; lo precede fuego voraz, lo rodea tempestad violenta; desde lo alto convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo: congregad a los que sellaron el pacto con un sacrificio; proclame el cielo su justicia; Dios en persona va a juzgar” (Salmo 50, 3-6). Dios convoca desde lo alto, ya no en un ameno paseo arcádico, y el ser humano se esconde por lo más bajo, escamoteando su responsabilidad en la ruptura del pacto. El hecho de que Adán se exculpe a sí mismo y acuse a Eva, como muestra el magistral juego de sus manos en el cuadro, indica cómo el pecado dificulta que el ser humano responda dignamente de sus actos libres y guarde la justicia con sus semejantes. Desde entonces, ante el juicio divino al que nos convoca la propia conciencia, es frecuente evadirse de responder de los propios actos y excusarse en los ajenos.
La Creación como jurado
En este juicio aparece también, aunque de forma implícita, un jurado. La propia Creación, presente de modo sobreabundante en el cuadro, parece dar un veredicto de culpable al acusado humano. En el fondo, el pecado repercute también en la Creación, que no sólo sufre la ausencia de un digno custodio, sino que padece como una maldición las consecuencias que el pecado le inflige. El abuso de la libertad conlleva frecuentemente el abuso de los recursos concedidos por el Creador, de modo que, por el pecado del hombre, la Creación está gimiendo y está oprimida por la corrupción, como enseña san Pablo (Romanos 8, 22). En escritos judíos contemporáneos a san Pablo se ve también cómo los animales acusan al ser humano ante Dios y le piden justicia por sus desmanes y abusos. Puede verse también en este cuadro, por tanto, el impacto ecológico del pecado y la necesidad de que también el ser humano responda ante la Creación.
Por último, y también de forma implícita, aparece en este juicio un abogado defensor. El cordero que se sitúa a los pies de Adán es figura evidente de Cristo, la figura salvadora prometida en el protoevangelio de Génesis 3, 15. De hecho, para contemplar correctamente el sentido del pecado, es necesario conocer a Cristo como fuente de la gracia y el perdón, y así comprender el sentido de Adán como fuente del pecado. El cordero, con su alusión al sacrificio de Cristo en la Cruz, es un símbolo de cómo el sacrificio de Cristo, en obediencia a los preceptos y al designio de Dios, perdona y repara de modo sobreabundante la desobediencia de Adán y Eva en el primer pecado. Esta figura del cuadro, pues, representa emotivamente la enseñanza de san Pablo sobre el pecado y la justicia: “pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos” (Romanos 5, 19).
Historiadora del arte y doctor en Teología



