COMENTARIO ARTÍSTICO
La obra el Bautismo de Cristo fue encargada para la iglesia del Colegio de la Encarnación en Madrid. La pintura representa el Bautismo de Cristo por san Juan Bautista. La composición se divide en dos ámbitos diferenciados, separados por el Espíritu Santo, que aparece en el centro en forma de paloma.
El orden celestial y el mundo terrenal
El ámbito celestial ocupa la parte superior del lienzo. Allí, El Greco sitúa a Dios Padre, vestido de blanco puro, bendiciendo con la mano derecha, mientras dirige una mirada tierna hacia su Hijo, Jesucristo. Dios está rodeado por la jerarquía angélica, con querubines dispuestos en diversas posturas dinámicas a sus pies. Debajo de ellos, una paloma blanca radiante con las alas extendidas actúa como divisoria visual y simbólica entre las esferas celestial y terrenal.
La mitad inferior del lienzo representa el ámbito terrenal. De pie sobre un terreno rocoso, Cristo recibe las aguas del Bautismo. Sus manos están unidas en oración, la cabeza ligeramente inclinada y la mirada elevada. Esta postura era común en la representación de santos en actitud de oración y adoración. El rostro de Cristo está tratado con especial cuidado y refinamiento en comparación con el resto de las figuras de la composición. A la derecha, san Juan Bautista, bronceado y delgado como consecuencia de su estilo de vida ascético, vestido con su tradicional piel de camello, vierte agua con una concha sobre la cabeza de Cristo. Un grupo de ángeles acompaña a Jesús y enmarca la escena con un paño rojo, símbolo del martirio. Un hacha incrustada en el tronco de un árbol alude al pasaje evangélico: “Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Bajo las rodillas de Cristo, un pequeño cartellino lleva la firma del artista y la fecha.
La madurez estilística de El Greco
La pintura mide 350 cm de altura y las figuras del primer plano son de tamaño natural. Vista desde abajo, las figuras parecen sorprendentemente altas, resultado de la característica elongación de las formas en El Greco y de su énfasis en la verticalidad, rasgo especialmente acentuado en las etapas finales de su carrera. La pincelada es suelta y los contornos se disuelven en la luz y el color. Aunque el modelado sigue siendo firme y la representación anatómica poderosa, queda suavizada por el predominio de tonalidades frías. Los querubines en escorzo recuerdan modelos empleados por artistas como Rubens, aunque El Greco los reinterpreta de manera personal y distintiva.
La paleta está dominada por tonos fríos y contrastados, especialmente azules y amarillos. El paño rojo es el único elemento que introduce calidez, atrayendo así la atención hacia la acción central. El uso destacado de los amarillos remite a la formación veneciana del artista. Nacido en la isla de Creta cuando pertenecía a la República de Venecia, El Greco se formó dentro de la tradición renacentista y trabajó en Venecia durante tres años. Allí asimiló el enfoque veneciano del color, la perspectiva, la anatomía y la pintura al óleo, desarrollando gradualmente un estilo propio y altamente personal.
Tras trabajar en varias ciudades italianas, El Greco se trasladó a España, donde se estableció en Toledo y se dedicó principalmente a temas religiosos. En 1596 recibió el encargo de pintar el retablo mayor del Colegio de la Encarnación en Madrid, un seminario agustino más conocido por el nombre de su fundadora, doña María de Córdoba y Aragón (1539–1593). La obra ingresó en la colección del Museo del Prado en 1872.
COMENTARIO CATEQUÉTICO
Después de 30 años, aproximadamente, de vida oculta en Nazaret, Jesús acude a las riberas del Jordán, en donde su primo Juan bautizaba, para ser presentado a todo el pueblo de Israel. Precisamente la poderosa figura del Bautista en el cuadro, a la derecha de Jesús, pintado con los rasgos austeros de un asceta, recuerda que el Señor asume el Bautismo del Precursor a la vez para recibirlo y para superarlo.
El Bautismo de Juan era un signo provisional pero profundo, en el que el creyente que quería retornar a Dios para estar bien preparado de cara a los últimos tiempos, a la cercanía del Reino de Dios, recibía un impulso para su conversión y un camino para conseguir el perdón de sus pecados. Ante la vibrante predicación de Juan, se acerca a él una multitud que representa casi universalmente al pueblo de Israel. Vienen de todas las regiones de Palestina, desde el norte hasta el sur. Vienen de todas las clases sociales, desde los ricos publicanos hasta las pobres prostitutas. Vienen de todas las facciones en las que estaba quebrada la sociedad judía en aquel tiempo, desde los saduceos mundanos y conservadores hasta los fariseos progresistas y devotos.
El Bautismo de Juan, por tanto, está ya anunciando los dones que traería el Bautismo sacramental instaurado por Cristo. Estos serán, entre otros, la conversión, el perdón de los pecados y la congregación de una multitud universal de creyentes en una sola entidad: el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Como si fuera un traspaso de poderes, Juan y Jesús dialogan en el momento previo al Bautismo. Después, Jesús se sumerge en el agua uniéndose así a esa multitud de pecadores que buscan la conversión a Dios, tras ello, se abren los Cielos, desciende el Espíritu y se oye sobre el Hijo la voz del Padre.
La revelación del Hijo
Al acercarse al Bautismo de Juan, Jesús acepta su misión y a la vez la inaugura públicamente. Esa misión no es otra que la del Siervo de Dios doliente, prefigurado ya en la profecía de Isaías (cfr. Isaías 53, 12). Los textos de Isaías sobre el Siervo de Dios están detrás de muchos detalles del relato del Bautismo de Jesús. En concreto, aquí se anuncia que Jesús se presentará como el Cordero inocente, que en el Bautismo quiso ser contado entre los pecadores. También que este Bautismo de agua culminará en el Bautismo de sangre anunciado por Jesús en su ministerio (Lc 12, 50) y cumplido en el sacrificio de la Cruz.
Al comienzo de esta misión pública, los relatos del Bautismo de Jesús presentan, implícitamente, un diálogo entre el Padre y el Hijo, bien representado por El Greco en la mirada tierna que desde lo alto del lienzo el Padre dirige hacia su Hijo. En este diálogo, Jesús dice que ha venido a cumplir toda justicia, expresando así su determinación de obedecer al Padre identificándose con su Voluntad, que no es otra que aceptar por amor su ofrecimiento como víctima por los pecados de la humanidad, de cuya purificación el Bautismo de Juan era un claro anuncio.
Ante la obediencia perfecta y amorosa del Hijo, el Padre responde en la voz celeste que expresa la complacencia divina. De nuevo encontramos un texto de Isaías sobre el Siervo de Dios, que los evangelios ponen en boca del Padre en el Bautismo y en la transfiguración de Jesús: “mirad a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco; he puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones” (Is 42,1).
El diálogo se cierra con el don del Espíritu Santo, que es el lazo que cierra eternamente la corriente de amor entre el Padre y el Hijo en el seno de la Santísima Trinidad. Jesús es revelado así ante todo Israel como el Hijo por la voz del Padre (cambiando el “siervo” del profeta por el “Hijo” del texto evangélico, aprovechando la equivalencia que en griego existe entre ambos términos), y, a la vez, se intuye cómo Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de María, es también engendrado eternamente en su procesión del Padre.
Como refrendo de esta revelación clara de la filiación divina de Jesús, y, a la vez, revelación velada pero sugerente, de la Trinidad, los Cielos se abren, los mismos Cielos que se cerraron tras el pecado de Adán. Se abre así el camino para entender el Bautismo cristiano, inaugurado por Cristo, como el acto creador de una nueva humanidad, que tiene abierto el camino para volver al paraíso del que fue expulsado el primer Adán. El Dios creador, cuyo espíritu se cernía sobre las aguas en el albor de la Creación, envía ahora de nuevo el Espíritu Santo sobre las aguas en las que se sumerge el Hijo para señalar el camino de esta nueva Creación, que convierte a la humanidad pecadora en la familia de los hijos de Dios.
Hijos en el Hijo
Por tanto, el sacramento del Bautismo abre el camino para la nueva creación del ser humano a través de la asimilación sacramental a Jesús, repitiendo el mismo gesto con el que el Señor da principio a su misión. Este sacramento nos asimila al Bautismo de Jesús, y por tanto nos une al misterio de muerte (inmersión en el agua) y resurrección (emersión del agua) significado en el gesto que realiza Jesús en las orillas del Jordán. Precisamente por este misterio de muerte y resurrección, por el Bautismo sacramental, el hombre queda renovado y recreado a imagen del Nuevo Adán, Cristo resucitado, y participa de su filiación.
El gesto de abajamiento de Cristo en el cuadro de El Greco, de rodillas sobre una roca y en posición inferior a la del Bautista, indica también que a esta recreación se llega por una secuencia de abajamiento, humildad, arrepentimiento, descenso al agua con Jesús y finalmente exaltación junto a Él. Este es el camino para renacer del agua y del Espíritu y, así renacido, vivir como hijo de Dios asimilado al Hijo engendrado eternamente por el Padre. Y, siendo hijo, vivir también experimentando el amor y la complacencia del Padre, expresadas en la voz celeste.
El Bautismo de Jesús inaugura en la Tierra la vida del Cielo, al igual que El Greco representa los ámbitos terreno y celeste. Es el don de una vida nueva, la vida que inaugura Jesús en su Pascua (anunciada y contenida en su Bautismo ante Juan) y que traslada al ser humano hacia la bendición y la benevolencia del Padre en los Cielos. De ahí que los Cielos abiertos, que brillan en los espléndidos azules y amarillos del cuadro, expresen que el Bautismo es la Puerta para la vida eterna y la puerta para todos los demás sacramentos, que nos traen a la Tierra al Dios de los Cielos.
Obra
Historiadora del arte y doctor en Teología




