Cultura

La tentación de los primeros padres. Alberto Durero: «Adán y Eva»

Adán y Eva, representados por Durero en dos paneles memorables, son mucho más que estudios de la figura humana. Estas obras fusionan la perfección renacentista y la espiritualidad cristiana para narrar, desde la maestría técnica del pintor alemán, el instante previo al pecado original.

Eva Sierra y Antonio de la Torre·18 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

COMENTARIO ARTÍSTICO

Dios creó al hombre y la mujer como culminación de la creación, el toque final. Las figuras de Adán y Eva, representadas aquí a tamaño natural, nos transportan al paraíso, y nos recuerdan la perfección del mismo antes de que el pecado original tuviera lugar.  El fondo uniforme de color negro y la línea del horizonte muy baja, realzan la belleza y elegancia de los cuerpos, asegurando que nuestra atención se centre en las figuras. Son dos obras magistrales que encapsulan los ideales del humanismo renacentista y la destreza técnica de Durero.

Como es habitual, Adán y Eva están representados desnudos, cubriendo sus genitales con ramas, un detalle que acentúa su vulnerabilidad y su humanidad. Las dos figuras se inclinan sutilmente el uno hacia el otro, en un diálogo silencioso, cerrando la composición; Eva mira a Adán, aunque este tiene sus ojos fijos en un punto distante, tal vez en Dios. La serpiente enrollada alrededor del Árbol del Conocimiento del bien y del mal refuerza la narrativa bíblica del pecado original, recordando a los espectadores que esta representación es más que un mero estudio del cuerpo humano: es un estudio detallado sobre la caída de la humanidad.

Antes del pecado original

Durero capta la pureza del hombre antes del pecado original, con una escena cargada de simbolismo y belleza renacentista. La atención al detalle de Durero es extraordinaria. El cabello de Eva, los distintos tonos de piel que distinguen al hombre de la mujer, la meticulosa representación de las manos, las piedras en primer plano, revelan su dominio de la pintura al óleo, una habilidad aprendida en su Alemania natal. Ambos paneles llevan la firma de Durero; el de Adán con su monograma AD, y el de Eva con una tablilla que indica que la obra fue pintada después del nacimiento de Cristo de la Virgen María, situando así la pintura en un contexto temporal específico y aludiendo a María como la nueva Eva, que redime a la humanidad del pecado original.

En 2004, ambas tablas fueron restauradas en el Museo de El Prado. Intervenciones anteriores habían causado el oscurecimiento de la superficie con capas de barniz y suciedad, distorsionando los colores originales y aplanando las imágenes. Las estructuras de soporte, particularmente la de Adán, estaban en malas condiciones, lo cual había creado sombras, irregularidades y grietas verticales. El proceso de restauración implicó la eliminación meticulosa de las estructuras dañadas del panel de Adán y la estabilización del de Eva antes de abordar las superficies pintadas. 

Los resultados pueden contemplarse ahora en El Prado, donde la maestría técnica de Durero vuelve a brillar.

El Renacimiento clásico en la obra de Durero

Durero pintó esta pareja después de su viaje a Venecia, donde se sumergió en el estudio de las proporciones humanas. Los resultados son visibles en estos cuadros, con una composición mucho más simple que el grabado con el mismo tema (1504) en el que están basadas: las pinturas se apartan del fondo detallado del grabado para centrarse únicamente en la forma humana. Los ideales clásicos que Durero encontró en Italia, particularmente el renacimiento de las estéticas clásicas, influyeron profundamente en la realización de estas tablas. El descubrimiento de estatuas como Venus, Apolo o el Laocoonte con sus hijos inspiro a los artistas renacentistas, incluido Durero, quienes estudiaron estos modelos para emular sus proporciones perfectas y su belleza ideal y adaptarlos a nuevos personajes, como es el caso de estas obras.

Los paneles de Adán y Eva son una muestra de este renacimiento clásico, mostrando formas humanas idealizadas que contrastan con las figuras más góticas típicas del arte del norte de Europa. Para Durero, la belleza perfectamente medida y proporcionada, es sinónimo de lo bueno, y ello refleja a su vez el poder creador de Dios. La representación de Adán y Eva antes de su caída sirve como testamento de la belleza humana inmaculada, no contaminada aún por el pecado.

El origen de estos paneles sigue siendo un misterio. No hay documentación de la comisión o de las razones específicas por las que Durero los pintó. No forman parte de ningún retablo u otra obra religiosa. Tras la muerte de la esposa del artista, las pinturas fueron adquiridas por el ayuntamiento de Núremberg. En 1624 la reina Cristina de Suecia se las regaló al rey Felipe IV de España, asegurando su lugar en la colección real española.

Estos paneles no son sólo obras de arte; son objetos culturales que unen las tradiciones renacentistas del norte de Europa e Italia, e invitan a los espectadores a reflexionar sobre la naturaleza humana, la belleza y el poder creador de Dios.

COMENTARIO CATEQUÉTICO

El relato de la Creación narrado en el primer capítulo del Génesis culminaba con la presentación del ser humano, creado varón y mujer como imagen y semejanza de Dios. Este acabamiento del opus ornatus nos presenta, en definitiva, a la humanidad como supremo ornato de la creación divina, rebosante de armonía, belleza y orden, tal y como Durero nos muestra en sus tablas sobre Adán y Eva. En ellas vemos una perfecta representación pictórica de cómo el ser humano ha sido creado en bondad y armonía, no sólo en proporciones corporales, sino en pleno equilibrio consigo mismo, con la creación y con Dios, su Creador. Si El Bosco subrayaba más esa triple armonía en El Jardín de las Delicias, Durero parece invitarnos a contemplar la armonía del ser humano, diversidad de varón y mujer, en sí mismo.

La perfección original del ser humano

Las figuras de Adán y Eva, por tanto, pueden ayudar a contemplar la armonía y perfección de la última de las criaturas de Dios, su obra maestra, armonía que refleja su estado inicial de justicia y santidad. La revelación cristiana nos recuerda que toda la grandeza, belleza, orden y facultades del ser humano dimanan de la participación que Dios le ha dado en su misma vida. Por ello, contemplar esta apoteosis del ser humano conduce a descubrir una epifanía de la Gloria de Dios.

En este estado inicial, la criatura humana, unida a Dios, gozaba de dones especiales, tanto en el espíritu como en el cuerpo; la lozanía y belleza de los trazos de Durero nos expresan cómo Adán y Eva estaban libres del sufrimiento, de la enfermedad y de la muerte. Su perfecto orden clásico, humanista y renacentista, evoca el sólido orden que ambos viven en su existencia, como quienes no están todavía infestados por el triple desorden de la concupiscencia: el sometimiento a la sensualidad, los deseos de bienes terrenos y el egoísmo que secuestra la razón. Nada de esto se ve en la belleza inmaculada de estos reyes de la creación, cuyo dominio no sólo se extiende al conjunto de las criaturas sino, especialmente a ellos mismos. La potestad concedida por Dios al ser humano la ejerce éste particularmente en su autodominio, en ser señor de sí, de modo que pueda ejercer correctamente su poder sobre la creación entera.

Por mucho que el pecado original, que se insinúa de nuevo en esta tabla con la serpiente como lo hacía en la de El Bosco, haya arruinado este poder y este orden divino en el ser humano, conduciéndolo a su presente estado caído, no pierden Adán y Eva su capacidad de recuperar la imagen divina. Por ello, al igual que un claustro románico en ruinas no es contemplado como un montón de escombros, sino como evocación de una belleza y un orden constructivo que se pueden restaurar, así el presente estado de la humanidad es contemplado por la fe cristiana como una ruina que puede ser devuelta a su condición original, incluso mejorándola, por su Creador. Sin éste, como vemos en las teorías transhumanistas o antihumanistas, la criatura humana, marcada en su estado caído por el mal y el egoísmo, es simplemente un ser defectuoso que ha de ser retirado y sustituido por otro nuevo ser, o bien un animal dañino que ha de ser relegado y controlado.

Una caída llamada a la salvación

El estado caído ha llegado precisamente en el mismo escenario en donde Dios modela a la primera pareja humana. El capítulo segundo del Génesis narra la creación de Adán y Eva en el marco de ese jardín maravilloso, que tan espléndido se puede contemplar en la obra de El Bosco. Allí recibe de Dios su primera Alianza: todo lo puede recibir del Creador, todo lo puede cuidar, siempre y cuando renuncie a coger el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, plantado por Dios en el Paraíso junto al árbol de la vida. Tenemos una Alianza entre Dios y la humanidad que promete unos bienes, prescribe unas tareas y establece una prohibición, como una primera muestra de las sucesivas alianzas que Dios irá completando con la humanidad a lo largo del Antiguo Testamento.

Y, como en todas las alianzas, la presencia del pecado arruinará los pactos entre Dios y el ser humano. Este primer pecado se hace presente en la serpiente, enroscada arteramente en la rama que pende sobre Eva. Podemos fijarnos en que, siguiendo una tradición medieval, Durero pinta este árbol como un manzano, ya que el nombre de su fruto (llamado malus en latín) evoca nítidamente el fruto que va a traer a la humanidad su primer pecado. Pero podemos fijarnos también en el color de la serpiente, un inquietante oropel, o falso oro, que evoca el engaño de la tentación.

La tentación de los primeros padres de la humanidad, avivada por la serpiente diabólica, consiste precisamente en que Satanás les presenta como oro lo que es en realidad ruina; les hace ver que el acto de desobedecer a Dios (y por tanto quebrar su Alianza y sus bienes, quedando ambos reducidos a los escombros) les va a llevar a adquirir el oro de la plena igualdad de naturaleza con Dios (seréis dioses, les susurra), superando así con sus propias acciones su condición de imagen y semejanza.

La astuta serpiente, pues, aparece en este cuadro engañando a Adán y Eva y preparando su ruina, aunque el mismo Durero incluye también en su obra la promesa de su restauración. Antes incluso de que ambos coman el fruto, -que es el momento elegido por el pintor para representar a las dos figuras-, ya se está anunciando que un Nuevo Adán y una Nueva Eva restaurarían al ser humano de su ruina, elevándolo a un estado aún mayor que el de la justicia original. La inscripción de la cartela que contiene la fecha es suficientemente expresiva: no se data el cuadro simplemente con el guarismo del año de su ejecución, como suele hacerse, sino que se añade la precisión post virginis partum.

Esta discreta presencia de María (Virgen) y de Jesucristo (el parto de la Virgen) en el cuadro es la que aporta el sentido fundamental del mismo. El ser humano, creado como radiante imagen divina, fue engañado por la serpiente, de modo que su libertad, aún inocente y tierna (como decían algunos Padres de la Iglesia) sucumbió a la tentación. En el mismo momento de la tentación, sin embargo, Dios quiere recordar que había dispuesto ya ab aeterno un proyecto para redimir a la pareja humana caída con una nueva pareja. El Nuevo Adán y la Nueva Eva, viviendo su libertad hacia la plena obediencia a Dios, llevarían a la humanidad no sólo a un nuevo paraíso y a recuperar los dones originales, sino a compartir la misma naturaleza divina siendo adoptados como hijos en Jesucristo, el Unigénito del Padre.

La obra

Nombre: Adán y Eva
Año: 1507
Técnica: Óleo sobre tabla
Medidas: 209×80 cm
Lugar: Museo Nacional de El Prado (Madrid)
El autorEva Sierra y Antonio de la Torre

Historiadora del arte y doctor en Teología

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