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Historias que curan

Vicente Trelles publica "Historias que curan", donde desfilan pacientes y voluntarios del Hospital Clínico San Carlos de Madrid.

Vicente Trelles·25 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
Historias que curan

Voluntarios del Hospital Clínico con Vicente Trelles (en el centro de la imagen con jersey gris).

Desde que salí del hospital a los pocos días de nacer en brazos de mi madre, he tratado de evitar todo lo posible volver a entrar en uno de ellos. No siempre lo he conseguido. Desde 2019 voy todos los sábados que puedo por la mañana, libremente y por mi propio pie, al Hospital Clínico San Carlos, alias “Elclínico”, todo junto. 

El Clínico, que durante la batalla de la Ciudad Universitaria en la Guerra civil fue el vértice de la cuña de penetración de las tropas nacionales en el Madrid republicano, se convierte por unas horas en un vértice de solidaridad que pasa por encima de bandos e ideologías. El mismo Hospital que fue escenario de cruentos enfrentamientos fratricidas -su posición en lo alto de la ciudad universitaria era estratégica para atacantes y defensores- los sábados es el marco de un voluntariado muy humano, muy fraternal y, por tanto, muy cristiano, aunque a veces hasta los propios voluntarios lo desconozcan. 

Por aquel entonces, D. Hilario, un sacerdote amigo, era el capellán de la Facultad de Derecho de la Complutense y del Centro universitario Castilla que yo dirigía. Comenzó a ir los sábados al Hospital para ayudar al capellán de guardia a repartir la comunión a los enfermos que lo solicitaban. Empezaron a acompañarle un grupo de universitarios del grupo católico de la Facultad y, meses después, gentes del Castilla nos unimos al Servicio de acompañamiento que la Capellanía del Hospital ofrece a los pacientes. 

El contenido del voluntariado es muy sencillo. Se trata de atender a esas personas, escucharles, interesarse por sus cosas, consolarles, darles ánimo. Es sorprendente la densidad e intensidad que puede alcanzar una relación humana en tan poco tiempo, el bien que puede hacer una sonrisa, una cara distinta, un detalle de servicio. 

Con el tiempo se formó un grupo de whatsapp con casi 600 participantes, la mayoría de ellos universitarios o jóvenes profesionales. Todos los sábados del año, vacaciones incluídas, un grupo participa en esta actividad. Desde 3 integrantes en agosto hasta 30 los sábados del curso. 

No es el momento de hacer disquisiciones teóricas sobre la diferencia entre solidaridad y caridad cristiana, o de disertar sobre los límites del Estado social. Jorge Bustos en su libro CASI, lo hace mucho mejor de lo que yo sería capaz. Lo que está claro es que Jesús, en la descripción del Juicio final que recoge el evangelio de Mateo y que el Papa Francisco ha animado repetidamente a considerar, dice aquello de “venid vosotros, benditos de mi Padre, porque estaba desnudo y me vestistéis, enfermo y me visitastéis, en la cárcel y vinistéis a verme”. Deberían ser, en palabras del Papa, el carnet de identidad del cristiano. No en vano, allí por donde se ha difundido el cristianismo, han surgido hospitales, casas de acogida, leproserías, asilos, centros para personas con discapacidad,… En general, instituciones donde, muchas veces, los descartados por la sociedad han sido tratados como si fueran el mismo Jesucristo. Al menos, esa ha sido la intención.

Las motivaciones de los voluntarios son muy distintas: netamente espirituales o cristianas en algunos casos, filantrópicas o humanitarias en otros. En cualquier caso, me gusta pensar que formamos parte de esa “revolución del cariño” a la que el Papa convocaba y que, en nuestro caso, comienza los sábados a las 11 en la puerta G, al lado de Urgencias. 

Acabo de publicar Historias que curan, una obra con un puñado de historias y testimonios de capellanes, voluntarios y enfermeras. No son psicothrillers. No hay efectos especiales. Son historias tan reales como sencillas a las que trato de sacar punta e interpretar desde un punto de vista cristiano. En ocasiones, unifico varias historias en un mismo día para evitar repetirme. 

Ojalá la lectura de estas páginas anime a muchos a ser revolucionarios del cariño. Esa es mi única intención. El tiempo y el grupo de whatsapp de “Voluntarios clínico” me dirán si lo he conseguido.


Por cortesía del autor y la editorial ofrecemos un capítulo con una de las historias

UNA MÍSTICA ERITREA 

Martha es la primera persona nacida en Eritrea que conozco. 

Etiopía lo ocupó en 1952. Diez años más tarde la declaró provincia suya y los eritreos respondieron con una guerra que se prolongó 30 años, la más larga del continente africano. Mientras reinaba en Etiopía Haile Selassie, el gobierno norteamericano le ayudó a combatir a los eritreos y cuando Mengistu tomó el poder lo relevaron los rusos. 

Martha nació en Asmara, la capital. Nunca he estado allí, pero me fío de Kapuncinski cuando en Ébano, una colorida crónica de África, la describe como «hermosa, de arquitectura italiana, mediterránea, y con un magnífico clima de eterna primavera, cálida y soleada». Para salvarse del napalm que usaba el ejército etíope, los compatriotas de Martha construían refugios, pasillos y escondrijos bajo tierra. En su Estado subterráneo tenían escuelas y hospitales, tribunales, talleres y armerías. 

EEUU se redime, parcialmente al menos, acogiendo a la familia de Martha como refugiados políticos cuando ella tenía 18 años. Ahora tiene 50 y trabaja como asistente social en Dayton, Ohio, donde no reina un clima eternamente primaveral, pero tampoco suelen arrojar napalm. Todo tiene sus pros y sus contras. 

En agosto de 2024 vino a España de vacaciones con su familia. Al poco de llegar empezó a encontrarse mal. Pensaron que sería el cansancio del viaje, el cambio horario o de dieta. Fue a urgencias y le ingresaron. Terminaron diagnosticándole un melanoma metastásico. Una hermana suya se quedó en Madrid y el resto de la expedición, compuesta por otros hermanos y alguna cuñada, volvió a casa. 

Me imagino a Martha andando por aquellos túneles subterráneos de su país. En un recodo del camino se equivoca, el GPS enloquece, el mapa se retuerce sobre sí mismo. Termina arrastrada por la fuerza de la fatalidad, de la penuria, del dolor, hacia otro túnel, el que perforaron los milicianos debajo del Clínico para volar el ala ocupada por los sublevados, y termina desembocando en la habitación en la que se encuentra ahora preguntándose cómo ha podido acabar allí. 

Cuando entramos, una enfermera que no habla ni inglés ni eritreo, estaba tratando de saber cuánto tiempo llevaba ingresada. 

—Two months —nos dice Martha con una voz que suena como la brisa de un atardecer. 

Está sentada en un sillón de skyazul pitufo, con dos almohadas a la espalda y una toalla sobre las rodillas. Una venda cubre parte de su brazo izquierdo y en la muñeca derecha lleva una tira de papel blanca con su nombre y número de paciente. Quizá es la primera enferma eritrea que pisa el Clínico y le han concedido una distinción. 

Martha tiene el físico de una corredora de maratón. Parece que en cualquier momento pudiera echar a correr, librándose de la bata azul que la envuelve, y llegar hasta la Casa de Campo, para unirse allí a alguno de los grupos de atletas que a estas horas del día entrenan por las pistas. Sin embargo, su actividad física reciente se reduce a un pequeño paseo que dio el día anterior apoyándose en un voluntario. 

Martha sonríe. Al hacerlo muestra una dentadura blanca perfecta que resalta sobre su tez negra. Si la sonrisa tuviera efectos terapéuticos, hace tiempo que se habría curado y habría vuelto a Dayton a pasear por el Hills & Dales MetroPark, que está a 45 minutos de su casa. 

Martha es evangélica. 

—No tengo miedo a la muerte. El amor de Jesús es más fuerte que la muerte. Si me muero, me voy con Él, sino Él sigue a mi lado —dice sonriendo. 

María y Miguel, una psicóloga madrileña y un estudiante de ADE chileno que me acompañan este sábado por primera vez, me miran fijamente y parpadean. 

Si San Justino hubiera venido con nosotros esa mañana al voluntariado —algo complicado teniendo en cuenta que murió mártir en el año 168 muy lejos, además, del Cerro del Pimiento en el que nos encontramos—, hubiera reconocido en aquellas palabras algo más que las semillas del Verbo de las que hablaba. Estábamos ante maduros frutos del Verbo, de la segunda persona de la Santísima Trinidad, en el alma de una mujer no católica. 

Martha vuelve a sonreír y añade: 

—Behold the lamb of God… 

Me cuesta un poco entender el inglés de Ohio hablado por una nativa eritrea, pero reconozco la frase: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

—Martha, los católicos repetimos esa frase cada vez que vamos a Misa. You are almost catholic —le digo. 

—La sangre de Cristo nos limpia, nos purifica —continúa, sonriendo de nuevo. 

Estamos asistiendo a las revelaciones de una mística; quizá la primera mística eritrea —de Asmara, por si fuera poco—, de la historia del cristianismo que con 18 años se instala en Dayton huyendo de una guerra que asolaba su país. 

En su cuerpo frágil y quebrado es la encarnación de la fe y la confianza en Dios. 

Llaman a la puerta y entra su hermana de nombre impronunciable. Se parecen mucho aunque tiene más pelo y no está tan delgada. 

—Los voluntarios sois nuestra familia española. You are so kind! Estamos muy agradecidas. 

Es casi la una y llega el celador con la comida para las dos hermanas. Un olor a manzana asada invade la habitación. Prometemos volver la semana próxima. Quizá le pida la pulsera y me la guarde con una reliquia antes que abandone el hospital y regrese a su pueblo. 

Tardé tres semanas en volver. En el mostrador del control me encontré a la misma enfermera que no hablaba ni inglés ni eritreo, ni siquiera uno de ellos aunque fuera con acento del otro. 

—El jueves le dieron el alta a Martha. Se vuelve a su casa. Aunque, no te engañes, vuelve a lo que vuelve… —me dice mientras manipula una bolsa de plasma y se ajusta la montura de las gafas a la nariz. 

Tal vez Martha no corra maratones, ni vuelva a pasear entre los robles blancos y rojos del parque que tanto le gusta, pero es una atleta de Dios. Como decía San Pablo de sí mismo, ha peleado el noble combate, ha alcanzado la meta —está a punto, al menos, de alcanzar la definitiva, ante la cual todas las demás son solo parciales, ambulantes— ha guardado la fe.

Historias que curan

Autor: Vicente Trelles
Nº de páginas: 90
Editorial: Almuzara
Año: 2026
El autorVicente Trelles

Abogado y escritor

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