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¿Ideales o ilusiones? El sentido de la vida a debate en la obra de Juan Antonio Estrada

A través de un recorrido histórico que va desde la filosofía griega hasta el inmanentismo moderno, el autor analiza si el cristianismo sigue siendo hoy un proyecto de grandeza capaz de ofrecer emancipación, sentido y salvación al hombre contemporáneo.

José Carlos Martín de la Hoz·2 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
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El jesuita Juan Antonio Estrada (Madrid 1945), catedrático de filosofía de la Universidad de Granada, ha publicado en Trotta un magnífico trabajo recopilatorio de artículos ya editados sobre el sentido de la vida que vale la pena reseñar, aunque sea brevemente.

Fruto de sus numerosas investigaciones, Estrada nos recuerda ese memorable texto de Benedicto XVI cuando resaltaba que la Iglesia naciente entró en diálogo con la filosofía griega buscando el diálogo entre la fe y la razón.

Fruto de ese dialogo estará la llamada filosofía realista que ha sustentado el humanismo cristiano hasta la revolución de mayo del 68, pasando a través de la renovación que introdujo Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca.

El cristianismo sería un ideal porque abriría el camino a la identificación con Cristo siguiendo los pasos necesarios de un ideal o de todo proyecto de grandeza: “hay tres valores que son fundamentales para cualquier proyecto: sentido, emancipación y salvación” (14).

Ciertamente la evangelización de Jesús “agudiza la necesidad de la conversión personal y se individualiza el concepto de salvación” (60), a lo que podíamos añadir que en un clima de total libertad.

Enseguida, Estrada extraerá una primera conclusión: “el centro de la religión no es ya el culto, sino la conducta y la relación con los otros, radicalizando el mensaje anterior de los profetas judíos” (61). 

Ciertamente, la escena evangélica de la destrucción del templo nos hablará del nuevo altar del corazón de cada cristiano que ofrece con su vida diaria un sacrificio de valor inmenso, tanto como sea su amor, y siempre unido al único y verdadero sacrificio de la Nueva Ley, que es la Misa. San Josemaría hablaba de no reducir el cristianismo, a acudir al templo: “El cristianismo surge en torno a una persona, no a una doctrina ni a una ideología; ofrece un estilo de vida diferente. La referencia última no es el sistema religioso, sino el seguimiento personal de Jesús” (62).

Durante gran parte de la historia el decálogo revelado a Moisés ocupó parte importante de la enseñanza moral de la Iglesia desde la edad media hasta nuestros días cuando el nuevo catecismo ha planteado una moral de santidad para todos los cristianos (65).

Enseguida, estrada recordará que “El tiempo del hombre, la historia, muestra la impotencia humana para triunfar sobre el mal. El éxito de las revoluciones se torna pronto en nuevas formas de opresión de los vencedores. Hay que poner las esperanzas en la lucha permanente contra el mal y en la acción de Dios, que inspira a los que siguen a Jesús” (69). 

Efectivamente, sucede con nuestro autor como con Juan Azor, autor de la “ratio institutionis” de los jesuitas en el siglo XVI, quien influyó en la redacción del catecismo de párrocos o de san Pío V, cuando llegado el momento de plantear la santidad como modelo para la moral de los cristianos, ante la urgente necesidad de reforma de la Iglesia y del pueblo cristiano, los llamó simplemente a la salvación.

De nuevo, Estrada colocará en el centro de la nueva moral y la nueva evangelización el misterio de la resurrección del Señor cuando afirma: “lo nuevo en el anuncio de Cristo resucitado, la referencia fundamental es su historia y su modo de vivir. Poner el acento en la resurrección marginando la vida de Jesús llevaría a la devaluación del Jesús terreno” (70).

Para el cristianismo fue una gran oportunidad única desarrollarse en el marco del Imperio romano, asumir sus leyes, su burocracia y su administración, porque era una sociedad bien organizada. El precio a pagar fue el distanciamiento del judaísmo de sus orígenes (75). 

Es interesante que Estrada haya cometido el error de admitir una distancia entre el clero y los monjes con el pueblo cristiano y una diferencia entre las diversas clases sociales en el cristianismo. Seguramente será debido a la influencia de la visión marxista de su juventud (76).

Las diferentes escuelas teológicas que surgirán en la Iglesia con el nacimiento de las universidades según fuera el acento en el equilibrio fe y razón de santo Tomás, en el empeño por subrayar la voluntad en Juan Duns Escoto y san Buenaventura o en potenciar el nominalismo con Guillermo de Ockham y su desprecio de la razón (79).

Lutero dio lugar a una dolorosa transformación del cristianismo dejándolo sin las mediaciones de la Virgen y de los santos, de los sacramentos para intervenir la gracia, del magisterio para tener luz en el entendimiento (81).

Finalmente, nuestro autor se referirá a la reforma católica que tuvo lugar en España con la reforma impulsada por los Reyes Católicos y Cisneros y continuada por Francisco de Vitoria y la escuela de Salamanca, que celebraremos en el año 1526 (86).

Seguidamente abordará la Ilustración, cuyo punto de partida hemos de situar en Descartes (1596-1650) y su discurso del método, cuando comienza el inmanentismo filosófico que perdurará hasta de Kant (1724-1804).

Seguidamente, nos resumirá: “el sistema kantiano ha marcado la filosofía, la ética y la religión. Pero Hegel (1770-1831) es el continuador, reformador y sistematizador de la racionalidad global. Su sistema domina todo el siglo XIX y sirve de referente a Feuerbach, Marx, Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche” (111).

¿Ideales o ilusiones? Emancipación, sentido y salvación

Autor: Juan Antonio Estrada
Editorial: Trotta
Número de páginas: 204
Año: 2025
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