COMENTARIO ARTÍSTICO
El Tríptico del Jardín de las Delicias está formado por tres paneles de roble. Las dos alas se pliegan sobre el panel central, continuación del paisaje del Jardín del Edén. Los colores brillantes de esta composición contrastan notablemente con el panel derecho que representa el infierno. Cuando el tríptico está cerrado, todo lo que vemos es una representación en grisalla de la creación del mundo (analizado previamente).
La escena nos muestra a Dios Padre haciendo la presentación de Eva a Adán, un tema inusual (El Bosco inicialmente incluyó la creación de Eva, como revela el análisis técnico de la reflectografía infrarroja).
Simbolismo en el Edén
La elevada línea del horizonte permite una composición panorámica que presenta tres planos superpuestos alternando bandas de azul y verde para crear una sensación de perspectiva. El cielo queda reducido a una fría banda montañosa que da profundidad al paisaje mediante el uso de la perspectiva aérea (una neblina azulada en la que los objetos se desvanecen debido a la distancia). El interés de El Bosco se centra en la narrativa y en el programa iconográfico. Lo que parece una representación bastante ingenua del paraíso está, por el contrario, llena de significado. Podemos apreciar el mérito estético de la pintura, la detallada representación de una vasta gama de vegetación y diferentes tipos de criaturas que habitan el mundo recién creado, realzados gracias al uso de la pintura al óleo tradicional en esa época. La túnica rosa de Dios, la única figura vestida en la composición está modelada al estilo flamenco. El otro objeto rosa es la fuente que se encuentra en el centro de la tabla, en línea recta encima de Dios: una probable alusión a la fuente del agua de la vida procedente del trono de Dios. A su derecha, una palmera con una serpiente enrollada es la única referencia a la caída y al pecado en este panel. Es interesante señalar que el árbol de la vida a la izquierda de Adán es una copia de un drago de las Islas Canarias, conocido en Flandes a través de grabados (La Huida a Egipto, Martin Schongauer, c. 1470-75).
Adán y Eva: Prefiguración de Cristo y la Iglesia
La escala y centralidad de las tres figuras principales destaca la importancia dada por El Bosco. Muchas representaciones de Adán y Eva suelen mostrar a Adán durmiendo durante la creación de Eva por Dios, pero en esta escena de la creación, la iconografía ha sido modificada. Los pies de Adán están cruzados, tocando el pie de Dios, con las piernas extendidas. Para los espectadores en la Edad Media, esto se asociaba fácilmente con las representaciones de Cristo en la Cruz. Dios sostiene la mano de Eva mientras ella se arrodilla frente a Él, una escena que tiene paralelismos con la institución del matrimonio: Dios instituyó el matrimonio—el amor humano—y les instruyó para que fueran fecundos y se multiplicaran (lo cual se muestra en el panel central, Paraíso). Cristo, aquí representado como Adán, era visto como el novio, que, junto con su novia, la iglesia (la “Nueva Eva”), restauró esta institución mediante la reunión de la humanidad y Dios en la Cruz. El mensaje medieval probablemente era conocido por El Bosco, representando aquí el futuro matrimonio del novio y la novia como una restauración de la “imagen y semejanza” a Dios en la que Adán y Eva habían sido originalmente creados.
Esta interpretación del simbolismo requiere un cierto nivel de educación del espectador. No sabemos mucho sobre el encargo de este tríptico. El significado es claramente moralizador, pero el hecho de que incluya hombres y mujeres desnudos, en grupos o parejas, manteniendo relaciones amorosas en clara alusión al pecado, podría no parecer apropiado para ser exhibido en una iglesia. La tabla aparece mencionada por primera vez en 1517, por Antonio de Beatis, que la sitúa en el palacio de Nassau en Bruselas. Podemos pensar que la audiencia a la que estaba dirigida sería una audiencia erudita, que sería capaz de leer entre líneas esta hermosa pintura, diseñada gracias al poder de invención de El Bosco: su creatividad era una característica distintiva, que le hacía destacar entre otros pintores y que no pasó desapercibida por Felipe II.
COMENTARIO CATEQUÉTICO
El primer capítulo del Génesis presentaba la obra creadora de Dios como el diseño y la construcción de un maravilloso escenario en el que se pudiera representar la historia de la humanidad. En este cuadro, El Bosco nos presenta la segunda parte de esta obra, que en la terminología de la teología medieval que inspiró el cuadro se podía denominar opus ornatus (los días cuarto a sexto de la Creación), la labor de vestición de un mundo ya estructurado en el opus distinctionis (los días primero a tercero de la Creación), que se representó en los paneles cerrados de esta pintura.
El Bosco no representa aquí la obra del cuarto día, las luminarias celestes, sino que despliega toda su energía artística para dar una cumplida imagen de los días quinto (cuando el mar hace surgir peces y aves) y sexto (cuando la tierra produce los animales que la habitan), en los que culmina la creación visible. El mundo aquí pintado rebosa diversidad de especies y muestra un cuidadoso ordenamiento de los seres vivos. La parte inferior del cuadro, por otra parte, nos expresa en los enigmáticos simbolismos propios del artista la compleja interrelación que existe entre ellos.
El interesante equilibro que consigue entre la cuidada y ordenada composición y la inagotable e inimaginable diversidad de vegetales y animales, nos está expresando muy bien que el Creador ha querido dotar a su obra de orden y de diversidad, dejando en cada una de las criaturas, y en la interdependencia que existe entre ellas, un reflejo de su bondad y de su perfección; en definitiva, un breve reflejo de su infinita hermosura.
El hecho de emplear un horizonte alto, que deja mucho espacio para la representación de la creación visible, es como una evocación de la inmensidad del mundo creado (reforzada por la lejana perspectiva aérea) y de su diversidad. Esta se manifiesta no sólo en el número, sino también en los extraños animales que pululan por el cuadro, que quizás deban sus fantasiosas formas a las noticias sobre los extraños animales que las expediciones marítimas castellanas y portuguesas estaban descubriendo a finales del siglo XV. Este admirable escenario, así pintado, se destina en el capítulo primero del Génesis para la humanidad, siendo esta su centro y su sentido.
Un custodio para un paraíso
Sin embargo, para situar la creación de la humanidad, El Bosco, como la inmensa mayoría de la tradición pictórica occidental, recurre al capítulo segundo del Génesis. En él se sigue un orden inverso: en un mundo desierto, en el que sólo se encuentran Dios y un manantial de agua (ambos presentes en el cuadro compartiendo el color rosa y la situación central que les da presidencia) se modela el ser humano, y sólo después se planta un paraíso de plantas y animales para que él lo custodie.
Para el que contempla el cuadro desde este capítulo que le da sentido, queda claro que toda la inmensa riqueza de diversidad y orden que Dios ha pintado en el mundo se ofrece a la humanidad como escenario, como regalo y, también, como responsabilidad y tarea. El ser humano está llamado a descubrir y valorar el orden y la bondad de la creación, así como a respetar la correcta interrelación entre las criaturas y sus delicados equilibrios. El ser humano es puesto en el centro del escenario no como un actor que vaya a lucirse y aprovecharse de él; si se planta para él un jardín no es para que lo maltrate abusivamente y lo arruine. En ese escenario, varón y mujer deben desempeñar su labor de custodios de la Creación en respeto a ella y en relación inmediata con su Creador.
La relación como elemento esencial del ser humano, en su condición de persona creada a imagen del Creador, queda expresa en la significativa mirada que Adán dirige a Dios como en respuesta a la bendición que está recibiendo de su Mano derecha. La humanidad recibe el don de ser creada, por tanto, en vista a la comunión con Dios y a su alianza con Él, destino que se cumplirá plenamente en Jesucristo, el Nuevo Adán, que hará posible que esta alianza en la fe (por la que el ser humano sirve y ama a Dios) pueda realizarse plenamente.
Iguales y complementarios
También es significativo que, con su Mano izquierda, Dios acoja la mano de Eva para presentársela a Adán. En efecto, expresa que la relación del ser humano con el Creador ha de vivirse también en la relación personal con sus semejantes. Por otro lado, como enseña el capítulo segundo del Génesis, la relación entre el varón y la mujer no es sólo de comunicación, sino de complementariedad: ninguna de las numerosísimas criaturas que habitan el cuadro basta para completar el deseo y la personalidad del ser humano. Como el lector del Génesis ya sabe, sólo Eva es la ayuda adecuada para Adán.
Dios hace pasar ante Adán todas las criaturas, pero ninguna le completa, sino tan sólo la mujer que ha creado para él en igualdad de valor y dignidad (ambos tienen el mismo tamaño en la composición, y aparecen referidos el uno al otro, a través de la mediación de la Mano del Creador). Si varón y mujer se requieren mutuamente con la diversidad y complementariedad querida por el Creador y plasmada cuidadosamente en este cuadro, parece claro que proteger su unión es fundamental no sólo para la supervivencia biológica de la especie humana, sino también para que cada persona encuentre la plenitud de la vocación humana en la donación y entrega libre y sincera a otra persona.
De ahí la evocación del sacramento del Matrimonio, que queda como dibujado por las dos Manos divinas, que unen y bendicen. Las mismas Manos del Creador que modelaron a la humanidad del barro de la tierra, según este capítulo segundo del Génesis, son las que en este cuadro construyen, bendicen y protegen la unión de la pareja humana, para que en su unión la obra del Creador de la humanidad quede cumplida.
Varón y mujer quedan así en armonía entre ellos, ante el Creador y con la creación entera, viviendo el estado de justicia original que la serena composición y los suaves tonos cromáticos del cuadro evocan. Sin embargo, la presencia de la serpiente en el árbol, distante aún pero ya amenazadora, recuerda al espectador la fragilidad de esta armonía, que la Mano de Dios debe proteger y tendrá que reparar, una vez perdida de la manera que se nos narrará en el siguiente cuadro de esta serie.
Historiadora del arte y doctor en Teología



