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“Existimos”: la voz de un cristiano de Tierra Santa

Un buen propósito para cualquiera que visita Tierra Santa: no mirar solo piedras antiguas, sino encontrarse con los hermanos en la fe que viven allí desde hace 2.000 años.

Javier García Herrería·23 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
cristiano Tierra Santa

Elías Lucía no habla desde la teoría, habla desde la biografía. Desde un lugar concreto del mapa y del tiempo que muchos cristianos occidentales veneran, pero apenas conocen. Cuando dice que es de Galilea, la reacción suele ser inmediata y automática: “Ah, o sea, tú eres judío”. Y entonces él responde, una y otra vez, con una paciencia desgastada: “No, no, soy cristiano”.

El silencio que suele seguir a esa frase lo dice todo. No porque Elías sea una excepción, sino porque rompe de golpe los prejuicios habituales. Como él mismo lo resume: “Hay comunidad cristiana, que llevamos ahí dos mil años, y existimos, aunque la mayoría de las personas de occidente no lo sepa, pero existimos”.

Una biografía mínima, una historia larguísima

Elías nació en Galilea, en un pueblo de 50.000 habitantes hoy en día, de los cuales 12.000 son cristianos, a quince minutos de Nazaret, Shefa-Amr. Creció en una familia cristiana católica melquita, una de esas comunidades orientales que han sobrevivido imperios, conquistas y persecuciones sin salir nunca del lugar.

“Somos cuatro hermanos”, cuenta. Como la mayoría de los cristianos de la zona, estudió en un colegio del arzobispado: centros privados, sí, pero no en el sentido europeo de la palabra. “No cuestan mucho dinero, y para los que no lo pueden permitir aun así, hay becas”.

Durante la infancia, su fe era algo que le parecía completamente natural. “En el colegio éramos mayoría absoluta los cristianos, algo que no ocurre en otros colegios de Tierra Santa, donde el número de musulmanes puede estar cerca del 100 %”. El primer golpe llega después, cuando sales de ese microcosmos protegido. Estudió Economía y Finanzas en la Universidad de Haifa. “El primer shock cultural te lo llevas cuando dejas el colegio… en mi clase de la universidad de sesenta personas éramos cuatro o cinco cristianos”.

También cambia el calendario. “Tu fin de semana pasa de ser sábado-domingo a viernes-sábado, pues el domingo ya es laborable”. Son pequeños detalles que, sumados, construyen una conciencia de minoría permanente. “también, que te toque ir a clases el día de Navidad y el 1 de enero, es algo que nunca te haces a ello”

España como descubrimiento… también de la fe

Elías conoció España en una peregrinación con un grupo de su parroquia en 2010, donde visitó Barcelona e hizo el Camino de Santiago. “Me gustó mucho la ciudad… y se me quedó la mosca en la cabeza”. Volvió varias veces y acabó trabajando en una consultora al acabar la carrera. Ahora vive en Madrid. Lo que más le sorprendió de España no fue lo profesional, sino lo eclesial. “Yo aluciné con la cantidad de ofertas que hay de misas, catequesis, de formación… y te puedo asegurar que más de la mitad de la formación cristiana que tengo la aprendí aquí”.

En Tierra Santa, explica, se vive rodeado de lugares santos, pero no necesariamente con una formación profunda. “Sabes dónde están los sitios, entras en una iglesia, tienes fe… pero no sabes el porqué de muchas cosas, y no es culpa de la gente de allí ni del clero, sino de la situación y la inestabilidad de la zona que te hace perder el foco en lo principal mientras te centras en sobrevivir”. Jerusalén, Nazaret, el lago de Tiberíades forman parte del paisaje cotidiano. “Yo ya no me emociono cuando voy a Jerusalén, porque desde pequeño íbamos dos o tres veces al año”.

“Las piedras vivas”

El mensaje central que comunica Elías es lo necesitados que están los cristianos de Tierra Santa de que cuando la gente realice peregrinaciones “no solo visite las piedras, sino que se preocupe también por las piedras vivas, que son los cristianos de allí. Que nos demuestren que están con nosotros, que nos apoyan, y que no nos hayan abandonado. Estamos deseosos de compartir algún rato o ceremonia religiosa con los peregrinos. Es algo que sucede pocas veces, pero cuando ocurre lo valoramos mucho”. Sin esa comunidad local, recuerda, los lugares santos no se habrían conservado jamás.

Por eso, anima a los peregrinos a visitar las comunidades locales, escuchar testimonios, poner rostro a una fe que no es turística. Las parroquias “son muy receptivas” a la hora de facilitar este tipo de eventos. Cenas, encuentros sencillos, intercambio real. 

Celebración de la Vigilia Pascual en Shefa-Amr

Una presencia ininterrumpida

“Los cristianos estamos aquí desde hace 2.000 años ininterrumpidamente”, afirma. “Somos muy pocos, pero somos los que más llevamos en esta tierra”.

Y esa permanencia tuvo un precio altísimo. “Desde el siglo VII hasta hace no mucho, no te podías convertir al cristianismo en Tierra Santa, te cortaban la cabeza”. Impuestos, amenazas, presiones constantes. Muchos se convirtieron. Los que permanecieron, saben de dónde vienen. “Sabemos que descendemos de los primeros cristianos”.

Elías ha rastreado su árbol genealógico. “Estuve rastreando los registros de bautismo de mi parroquia, y desde 1800 mi familia está en el mismo pueblo, con el mismo apellido y en la misma parroquia”. Antes no había registros, pero sí restos. “En mi pueblo hay restos cristianos de los primeros siglos del cristianismo… una columna de la primera iglesia”. Tumbas bizantinas del siglo IV y V. Presencia cristiana desde los orígenes. “Prácticamente desde la época de Jesucristo”.

Por eso le duele la ignorancia piadosa de Occidente. “La gente va a misa todos los días, pero no sabe de dónde viene el cristianismo realmente”. Y lo dice sin rabia, pero con una tristeza difícil de disimular.

Cuando la fe se defiende con el cuerpo

Hay episodios que marcan para siempre. Uno ocurrió en su propio pueblo, cuando era adolescente. Un conflicto con jóvenes drusos escaló hasta el extremo. “Sacaron las armas y querían ir a quemar la iglesia y matar a todos los que se encontraran en su camino”.

La respuesta fue inmediata. “Todo el mundo bajó a la iglesia… si queréis quemarla, nos tenéis que matar a todos antes”. Sin armas. Con palos, con el cuerpo, con la fe. “Ahí estás dando la vida por la iglesia y defendiendo la presencia cristiana en los santos lugares”.

No murió nadie de milagro, aunque hubo heridos. Para Elías, no es una anécdota heroica. Es casi rutina. “Lo peor es que para nosotros esto es normal”.

En Shefa-Amr todos los viernes santos se hace una celebración llamada «el funeral de cristo», para acompañar al Señor hasta la sepultura. Es la celebración más concurrida del año y como la gente no cabe dentro de la iglesia, se ponen sillas fuera con pantallas para que todo el mundo pueda seguirlo.

Una Iglesia sostenida desde abajo

Mantener las parroquias no es tan fácil cuando uno vive con mayorías judías y musulmanas alrededor, especialmente porque laboralmente hablando suele haber muchas reticencias para contratar a personas de otra religión. Eso hace que en términos económicos muchos cristianos tengan posiciones precarias, aunque eso no reduce el compromiso a la hora de sacar adelante la Iglesia. 

Por ejemplo, cuando hace unos años en su parroquia faltó el dinero, la gente respondió. “Fuimos casa por casa preguntando si querían colaborar de manera permanente”. El resultado fue que se consiguieron un importe significativo mensual domiciliado por familias del pueblo. “Con esto levantaron un centro parroquial, restauraron la iglesia entera, sacaron al colegio de las deudas”. Todo sin ayudas externas significativas.

Este artículo podría acabar con cifras, pero es mejor acabar con una frase. Una que Elías repite casi como un acto de resistencia: “Existimos”.

Y quizá ese sea el primer paso para cualquier cristiano que viaje a Tierra Santa: no mirar solo piedras antiguas, sino encontrarse con quienes, contra todo pronóstico, siguen viviendo allí la fe que nació en ese mismo suelo.

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