Durante la Santa Misa Crismal celebrada en la basílica de san Pedro en la mañana del Jueves Santo, el Papa León XIV ha comenzado la homilía señalando la importancia de revivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. A través de las celebraciones del Triduo Pascual, el cristiano cae en la cuenta de que “la libertad de Jesús cambia el corazón, sana las heridas, perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reúne, perdona y resucita”.
Esta libertad es la que nos permite participar en “la misión cristiana, la misma de Jesús”. Cada uno forma parte de ella “según su propia vocación y en una obediencia muy personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o rompiendo la comunión!”.
Esta misión es la que da a la Iglesia su nombre de “apostólica”, pues es una “Iglesia enviada, no estática, impulsada más allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas”.
La importancia de los orígenes
Para comenzar este “envío”, resalta el Papa, hace falta un “tipo de vaciamiento en el que todo renace”. Hay que encontrar el equilibrio, pues “nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que están en el origen de nuestra vida”.
León XIV subraya la importancia del origen, donde reconocemos que “somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los límites de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvación, perdón y sanación”.
Por ello, sigue diciendo el Papa, “la misión comienza por la reconciliación con nuestros orígenes, con los dones y los límites de la formación recibida”. Sin embargo, no debemos olvidar que “no hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar”.
Vaciarse para llenarse
La Iglesia muestra verdaderamente que es Cuerpo de Cristo cuando “nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de él: todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo”.
Esta “disponibilidad para perder, para vaciarse”, matiza el Santo Padre, “no es un fin en sí misma, sino una condición para el encuentro y la intimidad”. De hecho, el Papa afirma que “los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora”.
En esta misma línea, León XIV habla de la importancia de la inculturación: “Somos huéspedes: lo somos como obispos, como sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos. De hecho, para acoger debemos aprender a dejarnos acoger”.
El envío
Por último, el Papa señala otra parte esencial de la misión: “la cruz”. Es el momento en el que “el envío se vuelve más amargo y atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario”. Sin embargo, esta cruz no puede llenarnos de temor, sino que el ejemplo de Cristo debe llenarnos de esperanza, pues “el Mesías pobre, prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero así saca a la luz una nueva creación”.
Concluye el Papa León XIV enviando a todos los católicos al mundo, pues “los santos hacen la historia” y “en esta hora oscura”, es el mismo Dios quien “ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte”. El Santo Padre nos anima a que “renovemos nuestro ‘sí’ a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz”.
Un Dios que sirve
Durante la Misa vespertina de la “Cena del Señor”, celebrada el Jueves Santo por la tarde en la Basílica de san Juan de Letrán, citando al Papa Benedicto XVI, León XIV explica que “siempre estamos tentados a buscar un Dios que ‘nos sirva’, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder”.
Sin embargo, la lógica de Dios es otra pues Él, “en efecto, nos sirve, sí, pero con el gesto gratuito y humilde de lavar los pies: he aquí la omnipotencia de Dios”. Con ese signo, “se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir”. Por eso “el Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él. Y el don divino nos transforma”.
El ejemplo de Cristo
Con el lavatorio de los pies, “Jesús no solo purifica las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido”.
Señala el Santo Padre que necesitamos el ejemplo de Cristo “para aprender a amar, no porque seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y a los demás en el verdadero amor”. Ahora bien, el Obispo de Roma advierte que “aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida”.
Por ello, Cristo “es el criterio auténtico”. Tan solo hay que verlo en el gesto del lavatorio: “el Señor no nos ama si nos dejamos lavar por su misericordia; nos ama, y por eso nos lava, para que podamos corresponder a su amor”. “Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como Él lo hizo”, insiste el Papa.



