Antes de vestir la toga y decidir sobre la libertad de los hombres, Miriam García ya sabía lo que era imponer autoridad en terreno hostil. Entre los 12 y los 16 años, mientras otros adolescentes buscaban su lugar en el mundo, ella ya sostenía el silbato: arbitraba los partidos de fútbol de los chicos en el patio de los Jesuitas de Durango. En aquel campo vasco, entre gritos y entradas a destiempo, se forjó el carácter de quien hoy es una voz respetada de la judicatura manchega.
Esa determinación la llevó a aprobar la oposición con solo 24 años, pero fue en el «barro» de la instrucción donde se ganó el galón que no figura en los códigos. En septiembre de 2023 recibió el ascenso oficial a Magistrada, un sello a su competencia profesional, pero su verdadera consagración llegó mucho antes, en las calles de Puertollano.
Allí, entre los 28 y los 32 años, vivió su etapa liderando operativos de alto calado donde se ganó el honor de recibir en 2021 la Medalla al Mérito con Distintivo Blanco, concedida por las fuerzas de seguridad del estado. Sin embargo desde hace cuatro años, la Magistrada redujo su jornada laboral para dedicar más tiempo a su familia, por lo actualmente es la responsable del juzgado de Almadén.
Además de su competencia técnica y profesional, la magistrada se esfuerza por administrar justicia del modo más humano posible. Esto se muestra, en primer lugar, en el juzgado que dirige, un espacio de trabajo sosegado y eficaz, atendido por funcionarios que proyectan una imagen impecable y humana de la Administración de Justicia.
También, se evidencia por el reducido número de condenas por violencia de género que emite, evitando las injustas situaciones que se producen con frecuencia contra los hombres.
Sin embargo, para quien pasa una mañana de juicios en su sala, llama la atención su preocupación para que en la medida de lo posible las familias se rehagan o solucionen sus conflictos fuera del ámbito de la justicia, vuelva la paz y el sentido común a las tensiones de una residencia de ancianos del pueblo o se conecte para animar a un preso que envió a la cárcel para que se saque el graduado escolar.
Sentada frente a su ordenador, con la naturalidad de quien contempla cada día el lado oscuro de la naturaleza humana, la magistrada Miriam García hace memoria. No habla con la jerga árida del Boletín Oficial del Estado, sino como quien sabe que, tras cada número de procedimiento, hay una cena interrumpida, un hijo que no entiende nada o un perdón que nadie esperaba. Hablamos con ella de algunas historias que le han marcado.
Una vida perfectamente normal
El registro en la casa de un funcionario en Castilla-La Mancha evidenció que la naturaleza humana puede esconder grandes horrores tras la apariencia de una vida normal. Miriam recuerda aquella mañana como una de las más duras de su carrera, hasta el punto de causarle una dolencia gastrointestinal tras somatizar el impacto de tener que ver una pequeña parte de los vídeos que la Guardia Civil encontró en la casa del acusado.
El caso formaba parte del rastro de una red europea de pornografía infantil con base en Barcelona. La juez García solo se encargaba del arresto de uno de los clientes que compraba los vídeos de pornografía infantil, pero lo que le dio un gran escalofrío fue comprobar el listado de completo de “clientes” de la región. Ocupaban un dossier bien gordo, en el que el 80% de los municipios de Castilla-La Mancha tenían al menos un implicado.
Durante la declaración, el trabajador se reconoció «enfermo», pero con un matiz inquietante: equiparaba sus actos a la «parte oscura» que todo el mundo tiene, como quien justifica un momento de mal humor o un acto de egoísmo. En su discurso se palpaba esa «banalidad del mal» de la que hablaba Hannah Arendt: la incapacidad de dimensionar la atrocidad del acto propio, integrándolo en una rutina burocrática y cotidiana.
Tras la aparición del caso en la prensa local, empezaron a llegar testimonios de hombres, ya adultos, que habían sido víctimas de abusos cuando eran menores de edad. El caso ni siquiera saltó a la prensa nacional, eclipsado por la noticia de la detención de los dirigentes de la red de distribución de pornografía infantil. “Es algo que suele ocurrir, los abusos sexuales a menores en el ámbito familiar o escolar apenas tienen repercusión en la prensa”, comenta la magistrada.
Superstición en Fuenlabrada
El narcotráfico tiene también su cara aristocrática y absurda. Miriam recuerda a un ciudadano mexicano detenido en Fuenlabrada cuya vida parecía guionizada por una telenovela. De hecho, estaba casado con una conocida actriz de culebrones. Su casa era un despliegue de lujo: zonas chill out, piscinas de borde infinito y un tren de vida frenético. Lo curioso del caso es que, pese a su sofisticación para mover contenedores desde México, su caída vino de la mano de la superstición.
El narco no daba un paso sin consultar a una «pitonisa». La investigación descubrió que los vaticinios de la bruja eran tan precisos porque tenía un contacto en la policía que le filtraba información. Al pinchar el teléfono de la vidente, los investigadores llegaron al corazón de la trama. Tras ser detenido, el hombre mostró una filosofía vital devastadora: «He vivido a todo trapo desde los 16 años, ya he disfrutado lo que tenía que disfrutar». Sin embargo, la realidad post-detención fue el vacío absoluto: su mujer le abandonó y su imperio se esfumó, dejando claro que el «éxito» delictivo es un contrato con cláusulas de soledad extrema.
Llamado por su nombre
El sistema penitenciario está lejos de asegurar que los condenados se arrepientan de veras de sus delitos, pero lo que es todavía más difícil es que un preso pueda incorporarse a una vida dentro de la ley, teniendo en cuenta que la cárcel es una “universidad del delito” en el que uno aprende y teje una red de relaciones que pueden ser la única salida si una vez fuera de la prisión no hay apoyo familiar ni se encuentra trabajo. La buena noticia es que también hay excepciones a la regla general, como muestra el caso de Rafa.
Rafa no es un delincuente que llena titulares. Es, en palabras de la magistrada, “el típico drogadicto que se fue consumiendo hasta quedarse en los huesos”. Cuando entró en el juzgado de Almadén, Rafa medía casi un metro noventa y apenas pesaba 50 kilos. Su historial no era el de una mente criminal, sino el de un hombre que fue incapaz de decir no a las malas compañías y terminó sumando méritos en el escalafón delictivo: tráfico a pequeña escala, tirones de bolsos, hurtos por “necesidad”.
«Lo que más me conmovió la primera vez que lo tuve detenido», recuerda la magistrada García, «es que le llamé por su nombre y se puso a llorar». En su pueblo no era conocido como Rafa, sino solo por el típico mote. Para sus conciudadanos era un despojo del que todos procuraban apartarse, pero el simple hecho de escuchar un «siéntese, Rafa» de boca de una autoridad judicial le devolvió una dignidad que creía extinta.
Esta historia, que para muchos sería una anécdota irrelevante, revela una de las notas del sistema judicial: la ley juzga actos, pero la justicia trata con personas. Rafa terminó en prisión tras un atraco con navaja, un salto a la «primera división» de la delincuencia empujado por el síndrome de abstinencia.
Gracias a la correspondencia mantenida con la juez y al contacto con el capellán —a quien pidió ver tras descubrir, con asombro, que no existía un «Dios castigador» esperándolo—, Rafa inició una transformación física y espiritual. Hoy pesa 90 kilos y escribe cartas que muestran su reconstrucción personal. Su vida sigue entre barrotes, pero no acaba allí. Ha logrado romper su círculo vicioso y recomponerse. Es la muestra de que es posible encontrarse con Dios y redimir los propios pecados.
Estas historias, que Miriam García desgrana con rigor jurídico y empatía, configuran un mosaico de lo que hay tras las grandes estadísticas. Ser juez en un partido pequeño no es sólo aplicar el código; es entender que detrás de cada delito hay una biografía quebrada que, a veces, solo necesita que alguien la llame por su nombre.



