Hay un dato que atraviesa nuestro tiempo y que no puede pasarse por alto: por un lado, ritmos cada vez más frenéticos, polarizaciones que endurecen el debate público –también el eclesial– y un entorno digital que reduce los espacios de interioridad; por otro, una búsqueda de sentido que reaparece con fuerza, a veces al margen de los cauces habituales de la Iglesia, pero no por ello menos profunda. En este contexto, la propuesta monástica no suena a nostalgia del pasado, sino a una provocación plenamente actual. Palabras “antiguas” como silencio, comunión, sobriedad, fraternidad, vida compartida vuelven a situar lo esencial en el centro de la vida cristiana.
Dom Matteo Ferrari, Prior general de la Congregación Camaldulense, nació en 1974 en Parma y es monje en Camaldoli desde 2001 y sacerdote desde 2010. Biblista y liturgista apreciado, autor de numerosas publicaciones, ha sido responsable de las liturgias durante las dos sesiones (2023 y 2024) de la XVI Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la sinodalidad.
En esta entrevista para Omnes reflexiona sobre la actualidad de la vida monástica, el valor del silencio en una sociedad saturada de estímulos, el desafío de las polarizaciones, la credibilidad del Evangelio y la búsqueda espiritual que atraviesa a muchos hombres y mujeres de hoy.
Matteo Ferrari, usted es Prior general de la Congregación Camaldulense. ¿De qué comunidad espiritual se trata y de qué experiencia nace históricamente en la Iglesia?
—La Congregación Camaldulense es una rama de la familia benedictina y nace de la intuición de un monje de Rávena, san Romualdo, quien, en la búsqueda de una experiencia espiritual más sencilla y más sobria, encuentra en la vida eremítica el camino para su búsqueda interior. Romualdo, cuya vida es narrada por san Pedro Damián, murió en 1027; por tanto, el próximo año celebraremos el milenario de la muerte de nuestro fundador, pero también de la dedicación de la primera iglesia del Sagrado Eremitorio de Camaldoli.
Si se quisiera resumir en dos palabras la espiritualidad camaldulense propondría: soledad y comunión. Dos polos fundamentales de la vida monástica, que en Camaldoli toman cuerpo visible en la experiencia del Eremitorio, la vida solitaria, y en el Monasterio/Cenobio, la vida común. Sin embargo, en la estela de la tradición benedictina, también la vida del Eremitorio en Camaldoli no es una elección de aislamiento o de vida totalmente solitaria, sino que siempre se experimenta una cierta dimensión comunitaria, especialmente en el compartir la oración litúrgica.
En línea con el estilo del monje camaldulense, ¿qué significa, en concreto, mantener juntos silencio y fraternidad?
—Mantener juntos silencio/soledad y fraternidad es un diálogo extremadamente fecundo, además de un gran desafío. Eremitorio y Monasterio no viven “vidas paralelas”, sino que es como si se educaran mutuamente. El Eremitorio dice al Monasterio que no hay verdadera comunión si no se vive la soledad fecunda del encuentro con Dios y con uno mismo, que no puede vivir con los demás quien no sabe estar solo ante sí y ante Dios; el Monasterio dice al Eremitorio que la soledad no es aislamiento y no es un fin en sí misma, sino que es para una comunión más profunda con Dios y con los demás. Un cristiano no puede vivir nunca su experiencia de fe fuera de la comunidad, incluso si vive la forma más radical de soledad como la reclusión.
Según usted, ¿la vida monástica tiene todavía hoy algo que decir a la Iglesia y al mundo?
—Yo creo que la vida monástica es hoy una vocación fundamental para la Iglesia. Al menos para la Iglesia en Occidente. El mundo, en efecto, conoce experiencias de fe muy diversas y fecundas. La intuición de Romualdo no fue la búsqueda de la soledad como fin en sí misma, sino, en el fondo, la búsqueda de una mayor sobriedad. Creo que hoy esta es una palabra fundamental para poder vivir el Evangelio. La vida monástica es la vocación que en la Iglesia recuerda constantemente a todos que hay que ir a lo esencial de la Palabra de Dios, de la oración, de la fraternidad.
“Si se quisiera resumir en dos palabras la espiritualidad camaldulense propondría: soledad y comunión. Dos polos fundamentales de la vida monástica”.
Matteo FerrariPrior general de la Congregación Camaldulense
Se vive en la ciudad, con ritmos frenéticos… ¿Qué puede ofrecer la espiritualidad camaldulense a quien no es monje pero desea buscar a Dios en la vida de cada día?
—Muchos laicos y presbíteros frecuentan nuestras comunidades sobre todo en la búsqueda de un “ritmo” diferente. Todos, cuando comienzan a rezar con nosotros, quedan inicialmente impactados por un hecho puramente exterior pero significativo: la lentitud. Un ritmo que permite interiorizar, detenerse para reflexionar, para discernir ante la Palabra, para vivir la gratuidad del tiempo. Esto pienso que es otro don de la vida monástica: la gratuidad. El monje, de algún modo, “pierde tiempo”. Pienso que hoy este es un mensaje fundamental, porque la gratuidad es un signo pascual. También la vida de Jesús fue un tiempo donado gratuitamente. La vida monástica, con sus ritmos, su tiempo “desperdiciado” en la oración y en la liturgia, es un signo pascual que recuerda a todos que en la vida las cosas que cuentan verdaderamente no son las que nacen del tiempo de la “producción”, sino en el espacio de lo gratuito.
¿Qué heridas y qué preguntas trae más a menudo quien llega a los monasterios en busca de escucha y de paz?
—Las preguntas y las búsquedas de quienes llegan a nuestras comunidades son muy diferentes. El monasterio es un espacio abierto a todos, sin hacer preguntas, sin poner condiciones. Las personas buscan silencio, escucha, ritmos de vida diferentes. A menudo las personas buscan “consuelo” en momentos particulares de su vida; buscan alimento espiritual en el encuentro con la Palabra de Dios en la lectio divina y en la liturgia. Hay una gran necesidad de espiritualidad, a veces no precisada, pero presente en el corazón de los hombres y de las mujeres que llegan a nuestros eremos y monasterios. Pienso que ofrecer esta hospitalidad es hoy fundamental en la Iglesia. En el fondo el monacato, en la práctica de la hospitalidad, tan importante en la Regla de san Benito, es un lugar privilegiado donde encontrar un rostro hospitalario de la Iglesia, que es continuidad del mismo ministerio del Señor Jesús.
En diversos países parece emerger una nueva necesidad espiritual, una búsqueda que no siempre pasa, sin embargo, por la Iglesia. ¿Cómo interpretar este dinamismo y cómo acompañarlo adecuadamente?
—Esta búsqueda cruza la vida de nuestras comunidades y las formas de nuestra acogida. Creo que este dato debe interpelar a todas nuestras comunidades cristianas. En el episodio de las bodas de Caná, María se da cuenta de que ya no hay vino y que hace falta el valor de escuchar las palabras del Hijo para que el agua pueda convertirse en el vino bueno de Dios, para que la fiesta pueda continuar. Quizá todas las comunidades cristianas deberían interrogarse sobre la “falta de vino”, escuchar las palabras de la Madre: “haced todo lo que él os diga”. Entonces, si tenemos el valor de verter la pobre agua que tenemos, podremos darnos cuenta de que podemos ofrecer ese vino que es capaz de saciar la búsqueda espiritual de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo.
Otro rasgo de las sociedades contemporáneas es la fuerte polarización en muchos contextos, incluido el eclesial. ¿Cómo evitar que las diferencias se transformen en enfrentamiento?
—Creo que la presencia de dos polos en nuestras comunidades puede ser un pequeño ejemplo de cómo las polaridades pueden ser vividas como una riqueza para todos y no un elemento de división. La fraternidad verdadera es la que nace de la valorización de las diferencias: solo muchas piedras preciosas diferentes pueden hacer una bella joya. Pero esto comporta un cuidado de la vida interior y de la espiritualidad. Sin vida espiritual, sin oración y sin escucha de la Palabra de Dios, no aprenderemos nunca a integrar las diferencias en un diálogo fecundo. Y todo esto no es fácil y el desafío de la vida común nos lo dice claramente.
“La soledad no es aislamiento y no es un fin en sí misma, sino que es para una comunión más profunda con Dios y con los demás”.
Matteo FerrariPrior general de la Congregación Camaldulense
Junto a la indiferencia religiosa, crece en algunos contextos también un rechazo o una sospecha hacia la fe cristiana. ¿Qué está diciendo esta situación a los cristianos?
—Creo que es una llamada a “vivir bien”, a buscar esa coherencia de vida que es fundamental y al mismo tiempo dificilísima. Pero en el fondo esta ha sido siempre la prueba de la presencia de los discípulos y de las discípulas de Jesús en el mundo. Ya el Nuevo Testamento nos lo testimonia. Pensemos en la Primera Carta de Pedro: “adorad al Señor, Cristo, en vuestros corazones, dispuestos siempre a dar respuesta a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros. Pero hacedlo con dulzura y respeto, con recta conciencia, para que, cuando os calumnien, queden avergonzados los que difaman vuestra buena conducta en Cristo” (1 Pedro 3, 16).
¿Qué actitudes hacen el Evangelio más creíble a quienes observan la Iglesia desde fuera?
—Pienso que hoy es fundamental la vida fraterna: ¿cómo vivimos en comunidad? Las personas que llegan a nuestros monasterios, sobre todo los más jóvenes, están muy atentas a las dinámicas relacionales, al clima fraterno que perciben. A veces incluso nosotros nos sorprendemos de lo que las personas notan. Nosotros, a menudo, nos sentimos carentes, vemos sobre todo nuestros defectos y nuestras heridas, pero las personas que nos frecuentan a menudo perciben una positividad que ni siquiera nosotros vemos. La vida fraterna, la comunión, es un dato fundamental para testimoniar el Evangelio hoy. Luego creo que también la oración, el tiempo dedicado a Dios, a la escucha de su Palabra, es un aspecto de la vida cristiana que los demás miran y a partir del cual se comprende la autenticidad de lo que vivimos.
En la relación con los jóvenes que buscan acompañamiento espiritual, ¿qué preguntas vuelven con más frecuencia y qué corre el riesgo de obstaculizar su camino de fe?
—Los jóvenes buscan ante todo escucha. En nuestras comunidades cristianas, donde se hacen tantas cosas, a menudo falta el tiempo para dedicar a la acogida y a la escucha. Los jóvenes buscan además a alguien que pueda ayudarles a descender a su mundo interior, a conocerse a sí mismos. Aquí nace luego la búsqueda de espiritualidad y de encuentro con Dios y con su Palabra. A menudo somos demasiado temerosos a la hora de proponer a los jóvenes caminos serios de acompañamiento espiritual, de oración, de relación con la Palabra de Dios.
“La fraternidad verdadera es la que nace de la valoración de las diferencias: solo muchas piedras preciosas diferentes pueden hacer una bella joya”.
Matteo FerrariPrior general de la Congregación Camaldulense
Usted ha escrito una carta a la Comunidad camaldulense para iniciar una reflexión sobre el uso de redes sociales, smartphone y mundo digital también entre los monjes. ¿Cuál es el punto esencial, para usted, en la relación entre vida espiritual y tecnologías?
—Yo creo, aun no siendo un experto en este ámbito, que es un nudo que no podemos evitar. Hay un gran protagonista olvidado de la vida, que se llama “silencio”. Hoy ya no somos capaces de hacer silencio y redes sociales, smartphone y mundo digital tienen que ver con esto. Sobre todo para un monje, pero diría para todos, si falta el silencio, desaparece un componente fundamental de la vida que permite el encuentro con los demás, con uno mismo y con Dios. Reflexionar sobre el uso de redes sociales, smartphone y medios digitales nos conduce a reflexionar sobre nuestra capacidad de silencio, que es también el presupuesto de la libertad.
Por último, un consejo: ¿qué pasos concretos se pueden dar para recuperar silencio, escucha y espacio para Dios en la vida cotidiana?
—Es una “lucha” y como toda lucha requiere compromiso, entrenamiento y tiempo. Ante todo sugiero dejarse ayudar: tener a alguien con quien confrontarse es esencial y es un acto “eclesial”. El camino espiritual no es individualista, sino siempre comunitario. La vida espiritual no se aprende en los libros ni de otros instrumentos, sino que se transmite de vivo a vivo… es un hecho de tradición viva. Y luego partir de lo esencial: de la relación con la Palabra de Dios, que es “poderosa” y tiene la fuerza de renovar y hacer florecer nuestra vida.




