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Cardenal Koovakad: “Hay que superar el odio en nombre de la religión”

El cardenal George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, reflexiona sobre el estado de las relaciones entre las religiones a la luz del Jubileo que acaba de concluir, del reciente viaje del Papa León XIV a Turquía y del 60º aniversario de la declaración Nostra Aetate.

Giovanni Tridente·10 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

Creado cardenal por el Papa Francisco hace exactamente un año y prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, George Jacob Koovakad es hoy una de las figuras clave del compromiso de la Iglesia católica en la promoción del encuentro y la cooperación entre las religiones. En esta entrevista con Omnes, repasa las etapas más significativas de este camino, se detiene en los retos que plantean los conflictos y la violencia, habla del valor del encuentro entre creyentes de diferentes religiones y recuerda la responsabilidad común de las religiones en la promoción de la paz, la fraternidad y el bien común, con una mirada atenta a las nuevas generaciones.

Su creación como cardenal por el Papa Francisco y su posterior nombramiento como prefecto lo han situado rápidamente en el centro del diálogo interreligioso. ¿Qué aspectos de su trayectoria vital considera importantes para afrontar esta responsabilidad?

—Considero decisivo, ante todo, haber nacido y crecido en Kerala, India, en una sociedad multicultural y multirreligiosa, donde todas las religiones son respetadas y garantizan la armonía social. Las diferencias son una riqueza: se podría decir que llevo en mi ADN el tema de la convivencia entre religiones muy diferentes entre sí. Luego presté servicio en varias nunciaturas apostólicas: en Argelia, Corea del Sur, Irán, Costa Rica y Venezuela. Esto me permitió conocer tanto las religiones predominantes en países donde el cristianismo es minoritario, como los países de mayoría cristiana, pero pertenecientes a culturas muy diferentes a las anteriores. 

Este “panorama” se amplió aún más cuando, en septiembre de 2021, el Papa Francisco me nombró organizador de los viajes apostólicos: las más de diez visitas realizadas han sido nuevas oportunidades de encuentro y colaboración con personas de diferentes continentes y contextos sociales muy diferentes. Recientemente acompañé al Papa León XIV a Turquía y Líbano, un viaje con numerosos factores relacionados con el diálogo interreligioso.

Destacaría en particular dos aspectos que me parecen reseñables de estas experiencias: por un lado, poder ser testigo directo de los innumerables gestos de amistad, cercanía y relaciones sinceras, a los más diversos niveles, de los pontífices hacia personas de otras tradiciones religiosas. En segundo lugar, la posibilidad de conocer diferentes culturas: este es un elemento importante para poder establecer relaciones, que a su vez son la base indispensable para entablar un diálogo.

El Jubileo que ahora concluye también ha involucrado al Dicasterio en varios momentos de encuentro con otras tradiciones religiosas. Entre las iniciativas realizadas, ¿cuál le parece particularmente reveladora del estado actual del diálogo interreligioso?

—A este respecto, me gustaría destacar un importante acontecimiento que tuvo lugar en el Aula Pablo VI, en presencia del Santo Padre, el 28 de octubre de 2025. Los presentes se encontraron inmersos en una sala con mucha variedad: religiones, lenguas, procedencias, edades, expresiones culturales y artísticas. ¿Cuál era el objetivo de esta celebración? Celebrar un aniversario redondo: los 60 años de la declaración Nostra Aetate, un documento conciliar que marcó un punto de inflexión trascendental para la Iglesia católica, expresión concreta de una Iglesia que “se convierte en coloquio”, en diálogo, como afirmó San Pablo VI en la encíclica Ecclesiam suam (1964). 

Al reconocer abiertamente la presencia de valores positivos no solo en la vida de los fieles de otras religiones, sino también en las tradiciones religiosas a las que pertenecen, se ha pasado de una actitud de monólogo a una actitud de diálogo y escucha, sin renunciar a los fundamentos tradicionales de la identidad católica. La presencia de elementos de verdad y santidad en otras religiones, que son “rayos de esa verdad que ilumina a todos los hombres”, como afirma Nostra Aetate, nos impulsa a prestar atención a los demás, a escucharlos, a interesarnos por ellos, a tomarlos en serio. 

Entonces, si quisiéramos buscar una confirmación del estado actual del diálogo, bastaría con observar esa sala “multicolor”, disfrutar de las armonías de los ritmos peculiares de las diferentes culturas, escuchar los fuertes testimonios de un diálogo que se convierte en vida, acogida, respeto y confianza mutuos. Obviamente, es difícil condensar en una sola velada los progresos realizados en el camino interreligioso, pero ver a los más de dos mil asistentes marcharse al final de la jornada llevando consigo una bolsita de semillas con la intención de “propagar” aún más estas semillas de diálogo y paz allí donde cada uno vive, en su vida cotidiana, fue una confirmación de que el camino continúa.

“La fe cristiana es capaz de inculturarse: los cristianos están llamados a ser semilla de fraternidad para todos”.

Cardenal KovakaadPrefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso

El Documento sobre la Fraternidad Humanade Abu Dabi de 2019 sigue inspirando muchas relaciones internacionales. ¿Qué muestra, aún hoy, la vitalidad de esa iniciativa?

—A través de este histórico documento, firmado por el Papa Francisco y el gran imán de al-Azhar, Ahmed al Tayeb, los dos líderes religiosos expresaron un fuerte mensaje a favor de la inclusión en lugar de la exclusión y la discriminación de las minorías, especialmente en países donde el islam o el cristianismo son la religión mayoritaria. El documento subraya que todos somos hijos del mismo Dios, todos somos hermanos y hermanas; todos necesitamos que se reconozcan y respeten nuestros derechos y, más aún, que se pase de la tolerancia a la ciudadanía. Además, los dos líderes condenan conjuntamente la violencia. La firma de este documento, que tuvo lugar en presencia de setecientos líderes religiosos, no es un caso aislado, sino el resultado de un camino profético, recorrido por toda la Iglesia, y representa un excelente ejemplo de cómo las religiones pueden inspirar la acción diplomática y política de los estados para promover con más valentía aquellos valores y tradiciones que exaltan la dignidad humana universal.

Habiendo realizado muchos viajes siguiendo al Papa, ¿cómo cambia la percepción del diálogo interreligioso cuando se observa desde países marcados por conflictos, minorías religiosas o tensiones culturales?

—Después de la pandemia pensábamos que la vida sería más pacífica, más tranquila, pero no ha sido así. Cada día nos enfrentamos a nuevos retos: conflictos étnicos, guerras… La humanidad parece dirigirse hacia un abismo… Hay países en los que los conflictos internos que causan violencia y muerte se prolongan desde hace años, lamentablemente lejos ya de los focos de los medios de comunicación, alargando la lista de guerras “olvidadas”. Hay otros, sociedades multiétnicas y multirreligiosas, caracterizadas por un clima de convivencia pacífica, donde de repente se desata el horror del terrorismo, como hemos visto en los recientes trágicos acontecimientos de Sídney. 

Dado que el diálogo interreligioso no puede sustituir el papel de la diplomacia y las instituciones en la resolución de conflictos, como creyentes, todos tenemos el deber de ser testigos de la paz y la comunión. Quisiera lanzar aquí un sincero llamamiento: hay que superar el odio en nombre de la religión. Toda guerra, toda violencia en nombre de Dios es una perversión religiosa. El odio, la brutalidad y la discriminación son incompatibles con cualquier experiencia religiosa auténtica. Todo ser humano es titular de derechos y libertades inalienables y, en este contexto, el papel de la religión es, por su naturaleza, un papel de paz y nunca puede ser motivo de destrucción. 

Por otra parte, si nos fijamos en el reciente viaje del Papa León XIV, en su discurso con las autoridades y representantes de la sociedad civil, el Pontífice citó precisamente la invitación de su predecesor san Juan XXIII —que fue Administrador del Vicariato Latino de Estambul y Delegado Apostólico en Turquía y Grecia de 1935 a 1945— a los católicos, para que no se alejaran de la vida civil del país. Esas palabras, explicó el Papa León XIV, siguen irradiando mucha luz y continúan inspirando una lógica evangélica y más auténtica, que el Papa Francisco ha definido como “cultura del encuentro”

Podemos decir, pues, que esta última visita ha sido también una ocasión para derribar prejuicios y acelerar el proceso de crecimiento de la confianza mutua, así como para profundizar las relaciones que ya existían desde hacía tiempo entre la Santa Sede, tanto con los chiítas como con los sunitas.

Antes citaba Nostra Aetate. ¿Qué queda por hacer, después de sesenta años, para valorar plenamente esta Declaración?

—Sin duda, existen oportunidades de crecimiento, como la profundización de las relaciones con los seguidores de religiones que aún no se mencionaban en el documento, como los sijs, los jainistas, los confucianos y los taoístas; el desarrollo y la implementación de la espiritualidad del diálogo, y el surgimiento de nuevos movimientos religiosos. Sin duda, el tema de la fraternidad, de la hermandad universal, es fruto de la semilla sembrada por este magnífico documento. La fe cristiana es capaz de inculturarse: los cristianos están llamados a ser semilla de fraternidad para todos. Todo esto no significa renunciar a la propia identidad, sino más bien ser conscientes de que la identidad no es ni debe ser nunca un motivo para levantar muros o discriminar a los demás, sino siempre una ocasión para tender puentes. 

El diálogo interreligioso no es simplemente un diálogo entre religiones, sino entre creyentes llamados a dar testimonio en el mundo de la belleza de creer en Dios y practicar la caridad fraterna y el respeto mutuo. Como creyentes, somos mayoría en el mundo, pero a menudo permanecemos en silencio o estamos divididos. Sin embargo, cada vez es más importante unirnos y dar testimonio, trabajar juntos por el bien común. Todos los que nos dedicamos a este campo tenemos la responsabilidad de seguir contemplando los misteriosos caminos de Dios: es Él quien abre los caminos.

“El diálogo interreligioso no es simplemente un diálogo entre religiones, sino entre creyentes llamados a dar testimonio en el mundo de la belleza de creer en Dios y practicar la caridad fraterna y el respeto mutuo”.

Cardenal Kovakaad Prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso

¿Qué criterio utilizar para superar aquellas situaciones en las que el diálogo se ve obstaculizado por radicalizaciones, discriminaciones o violencias?

—El nuestro es un tiempo de conversión y renovación, una ocasión para dejar atrás las disputas y comenzar un nuevo camino: trabajando juntos, cada uno con sus propias responsabilidades, podemos construir un mundo en el que cada uno pueda realizar su humanidad en la verdad, la justicia y la paz. La esperanza ilumina el camino y, al mismo tiempo, se renueva y se alimenta cada vez, tanto en la vida cotidiana, -con gestos sencillos y concretos de acogida, solidaridad, escucha recíproca y diálogo sincero-, como en los contextos oficiales, con la firma de un memorándum o un documento conjunto. Ambos aspectos son importantes. Es fundamental caminar siempre entre el realismo y la esperanza.

El diálogo interreligioso se reconoce cada vez más como un componente de la diplomacia, la construcción de la paz y el desarrollo. Se habla también más de “diplomacia religiosa”. Quienes trabajan en estos campos deberían incluir en sus estrategias a los actores religiosos y las organizaciones confesionales. Las instituciones religiosas deben pasar de un diálogo basado en acontecimientos específicos a un diálogo como práctica relacional continua, que implique la formación, la educación y la colaboración en cuestiones de justicia social.

Las nuevas generaciones muestran una sensibilidad diferente a la del pasado. ¿Hay preguntas que ve surgir por parte de ellos hacia la Iglesia católica?

—En cuanto a las diferentes sensibilidades de las nuevas generaciones, hay que tener en cuenta algunos aspectos importantes. A menudo, los jóvenes nacen y crecen en sociedades multiétnicas y, por lo tanto, multiculturales y multirreligiosas. Es una experiencia que influye en su concepto de “diferente”. Comparten espacios, amistades y trayectoria escolar. O bien son hijos de inmigrantes que, a menudo, viven en primera persona el contraste entre las tradiciones culturales y religiosas de su familia y la realidad que encuentran en la sociedad fuera de casa, con sus compañeros y amigos.

La acogida y la apertura hacia lo diferente son necesidades genuinas y, en esto, la Iglesia católica puede dar testimonio. Conocemos situaciones cada vez más frecuentes, solo por poner un ejemplo, de acogida en los oratorios de jóvenes de otras religiones, que encuentran en ellos un entorno seguro fuera de su familia. El mundo de los adultos debería ser más abierto y sensible para comprender las necesidades de las nuevas generaciones.

Usted es antiguo alumno de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, ¿qué recuerdos conserva de sus años de estudio?

—Guardo excelentes recuerdos de mis años de estudio en la Universidad de la Santa Cruz, una formación muy importante tanto entonces como después para mi futuro. En primer lugar, fue una experiencia de internacionalidad, de universalidad (también una base importante para mi servicio actual), y sobre todo recuerdo la oportunidad de intercambiar ideas con estudiantes de otros países de Asia, un continente muy bien representado en aquel entonces. Recuerdo la importancia que se daba a la formación de los laicos. Era muy valiosa la atención personalizada que se prestaba a cada estudiante, la prioridad que se daba a la asimilación y a la formación, respetando los ritmos de aprendizaje individuales. En resumen, fue una época de crecimiento tanto humano como intelectual.

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