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Un universo sin Dios

Stephen Hawking defendió la idea de un universo “sin Dios”; sin embargo, se trata de una tesis con limitaciones tanto desde la física como desde la filosofía. Frente a ello, el argumento de la Causa Primera de santo Tomás parece solventar esas objeciones.

Rubén Herce·8 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 9 minutos

Si preguntáramos qué autor y qué libro han moldeado más nuestra visión actual del cosmos, la respuesta sería casi unánime: Stephen Hawking y su célebre Historia del tiempo. Sin ser los primeros en hablar de cosmología, más de 25 millones de ejemplares vendidos respaldan a este fenómeno editorial y al físico que lo escribió. El objetivo declarado desde el comienzo es el de desentrañar los misterios del universo con quienes se atreven a mirar más allá: “¿de dónde viene el universo? ¿Cómo y por qué empezó? ¿Tendrá un final, y, en caso afirmativo, cómo será?”.

Desde Aristóteles hasta la cosmología contemporánea, desde la inmensidad del universo hasta la minúscula escala de los quarks, Hawking nos guía en un fascinante recorrido que va desde la singularidad inicial hasta los agujeros negros, intentando vislumbrar cómo sería ese Dios que lo creó todo. A lo largo del camino, el libro aborda temas tan diversos como espacio-tiempo, creación, relatividad, indeterminación, origen, destino, causalidad, libertad divina, creencias, principio antrópico, ajuste fino, universo “sin frontera” y tiempo imaginario. Todos ellos, impregnados de reflexiones filosóficas y teológicas, requieren una lectura contextualizada, como la que propone Stephen Hawking (1942-2018). Estudio crítico de “Historia del tiempo: del big bang a los agujeros negros”. En esta obra se busca complementar desde la filosofía el trayecto que Hawking emprende desde la física clásica para atisbar el pensamiento de Dios.

Hipótesis confirmadas e hipótesis descartadas

La explicación que ofrece Hawking sobre la imagen del universo según la física del siglo XX es cautivante. Big bang, expansión cósmica, condiciones iniciales y de contorno, singularidad, curvatura espacio-temporal, indeterminación cuántica, subpartículas, fuerzas fundamentales, agujeros negros y hasta la famosa radiación de Hawking están expuestos con claridad. Aunque también se presentan hipótesis altamente especulativas que el tiempo ha dejado atrás.

Así funciona la ciencia: lanza hipótesis nuevas apoyándose en lo científicamente conocido. Sin embargo, la mayoría de estas hipótesis no sobreviven al ser contrastadas con la realidad. Solo unas pocas privilegiadas prevalecen. Por eso, las ideas que Hawking expone en los últimos capítulos de su libro han sido descartadas. Todas, salvo la que se refiere a la necesidad de buscar una teoría unificadora para las dos grandes teorías de la física: la relatividad general y la mecánica cuántica. 

Aun así, conviene no confundir esta unificación de teorías con una “teoría del todo”. Hawking, sin embargo, aspira a una teoría física que lo explique todo. En ese marco, y si esto fuera posible, Dios dejaría de ser necesario para justificar un universo tan ordenado y singular como el nuestro. 

La propuesta de Hawking 

De ahí la audaz propuesta de Hawking de un universo autocontenido “sin frontera”. Esta hipótesis ha sido rechazada desde la física porque no hay continuidad entre los modelos con tiempo imaginario y los modelos con tiempo real; pero también se puede refutar desde la filosofía, ya que un modelo nunca puede explicar la realidad misma. Sería como decir que un holograma de una persona da razón de la persona.

La actividad científica es mucho más rica que la simplificación a la que la somete Hawking, quien la reduce a encontrar leyes en la naturaleza y fijar las condiciones iniciales para estas leyes. Aún así, ese punto de partida le sirve para, primero, relegar a Dios al papel de proveedor de condiciones iniciales, y después, una vez reducida la acción divina a ese momento, formular su universo “sin frontera”. ¿Cómo? Digamos que “redondeando la fina punta del comienzo del universo” para que matemáticamente no exista un comienzo; y así concluir que, si su hipótesis fuera cierta, Dios no sería necesario.

Esta conclusión de que “no es necesario invocar a Dios como el que encendió la mecha y creó el universo”, carece de fundamento. De hecho, al no demostrar que el universo es autocontenido, la pregunta sobre Dios como Creador revive. La intención de Hawking de sustituir el argumento clásico de Dios como Causa Primera por una teoría del todo debería llevarnos, más bien, a redescubrir la solidez de ese clásico argumento.

Ajuste fino

Quizá ha llegado el momento de volver a mirar al universo con asombro, como hace Hawking, y notar lo finamente ajustadas que están muchas constantes físicas esenciales para que exista. Entre ellas, la densidad del universo (Ω), la aceleración de la expansión (Λ), las tres dimensiones espaciales; constantes fundamentales como la interacción nuclear fuerte (ε), la relación entre fuerzas electromagnética y gravitacional, las masas del neutrón y el protón; o el ajuste de la distribución de masa-energía en el big bang.

Pero no solo eso. También es profundamente llamativo el orden que vemos en la biología, donde reinan armoniosamente la complejidad y no linealidad de las interacciones y donde la embriología revela que el orden de la naturaleza, no solo espacial sino también temporal, es una auténtica sinfonía que se despliega en el tiempo. 

Que de algo tan pobre, mínimo y aparentemente caótico, como el big bang, surja algo tan ricamente complejo, como los seres conscientes, solo es posible si en ese “pobre “inicio ya estaba presente la semilla de la “riqueza”. Algo que nos remite, no a un caos informe, sino a un Logos Creador, un Ser Subsistente por sí mismo, de quien participan en su ser y a quien tienen como fundamento todos los seres creados. Esta relación de dependencia, esta participación en el Ser, parece ser un modo muy apropiado para entender la riqueza del concepto de creación, sin quedarnos solo con las dos acepciones más habituales: entender la creación como la acción divina o entender la creación como realidad creada.

El crédito merecido

Además de devolver a Dios el lugar que por sentido común y razonamiento filosófico parece ocupar como Creador, deberíamos reconocer que la creencia y la confianza son parte de nuestro modo de conocer. Todos tenemos sistemas de creencias, incluso los científicos; y muchas veces son profundamente racionales. Creer y razonar no son opuestos, como sugiere Hawking, sino complementarios. Por eso también es justo valorar lo que “creían” pensadores como Aristóteles, cuyo saber, bien contextualizado, nos permite apreciar la verdad de sus ideas y razonamientos, pese a las dificultades de su época. 

En este Estudio Crítico se desarrollan con más detalle las ideas expuestas hasta ahora y también se reivindican algunos aportes poco o nada reconocidos por Hawking. 

La Causa Primera

Entre los argumentos que examina Hawking en su libro, resulta llamativo que apenas se detenga en uno de los más relevantes: el de la necesidad de una Causa Primera, no solo en sentido cronológico —como inicio—, sino en sentido ontológico, es decir, como fundamento necesario de lo contingente. En su formulación, Hawking afirma: “Un argumento en favor de un origen (…) fue la sensación de que era necesario tener una ‘Causa Primera’ para explicar la existencia del universo” (p. 28).

Algunos términos, como origen, pueden inducir a confusión si no se considera su uso analógico. De hecho, origen puede aludir tanto al comienzo de algo como a su fundamento. Por ello, la frase citada gana en precisión si se sustituye origen por fundamento. Asimismo, el uso de sensación en este contexto parece poco adecuado, pues sugiere una impresión subjetiva más que un razonamiento argumentativo. Finalmente, el verbo tener introduce la idea de que ciertos individuos necesitan una explicación, pero no necesariamente todos, lo que debilita el carácter universal del argumento.

En conjunto, la frase podría reformularse así: Un argumento en favor de un fundamento [del universo] fue el razonamiento de que era necesario que existiera una ‘Causa Primera’ para explicar la existencia del universo.

Esta reconstrucción refleja con mayor fidelidad la postura de quienes sostenían dicho argumento: no se trataba simplemente de una sensación, sino de una reflexión racional sobre la necesidad de una Causa Primera. Veamos en qué consiste esta argumentación para comprender mejor la perspectiva filosófica que muchos pensadores han defendido a lo largo de los siglos al afirmar que Dios puede ser ese fundamento último del universo. 

Aristóteles y Tomás de Aquino

La expresión Causa Primera proviene del pensamiento aristotélico, en particular de su concepción del Primer Motor, que en la tradición escolástica fue aplicada de manera exclusiva a Dios. Las demás causas, es decir, las creadas o pertenecientes al ámbito intramundano, reciben el nombre de causas segundas, en tanto que dependen de la primera y se subordinan a ella. En la filosofía de Aristóteles, la causa primera es aquella que da razón de la existencia de una cosa. Así lo expresa: “No creemos conocer algo si antes no hemos establecido en cada caso el ‘por qué’, lo cual significa captar la causa primera” (Aristóteles 1995, II-3, 194b). Esta afirmación, aplicada al universo, sugiere que comprenderlo implica intuir o reconocer que su Causa Primera es Dios.

El argumento que sostiene la existencia de Dios como Causa Primera es de tipo a posteriori, pues parte de los efectos —el universo— para remontarse a la causa —el Creador. Las formulaciones más conocidas de este razonamiento son las cinco vías de santo Tomás de Aquino, que constituyen un planteamiento filosófico, no basado en la teología revelada.

Contexto del argumento

Para establecer el marco del argumento, podríamos reflexionar sobre cómo conocemos a las personas a través de sus manifestaciones, y trasladar este principio, por analogía, a la cuestión filosófica del conocimiento de la existencia de Dios. Podemos constatar la presencia de un individuo a través de las huellas que deja en el mundo, como labrar un campo, embellecer un espacio o componer un verso. No accedemos a la persona en su esencia, pero sí afirmamos su existencia a través de sus efectos en la realidad; e, indirectamente, podríamos inferir su necesidad de alimentarse, su sentido de la belleza o su deseo de comunicarse. Este mecanismo es el que aplicamos al intentar descifrar a nuestros ancestros mediante los restos fósiles y culturales que perduraron. Por extensión, se podría sostener de manera razonable la existencia de un Dios con carácter personal al observar con asombro y detenimiento las complejidades de nuestro universo, y en particular la naturaleza humana.

Un paso más sería conocer a la persona mediante percepción sensorial directa. Sin embargo, este contacto inicial resultaría insuficiente sin observar su conducta. La vía más profunda para conocerla sería, de hecho, a través de la manifestación de sus obras externas y sobre todo si nos revela su universo interior. Es decir, cuando nos confía lo que alberga en su espíritu, las motivaciones de sus actos, sus ideas y sus sentimientos. Pero esta dimensión íntima permanece oculta, a menos que la persona decida desvelarla. Aquí es donde cobra pleno sentido la idea de que Dios no solo sea accesible a través de sus obras externas, sino que además anhele revelarse personalmente. Este segundo tipo de conocimiento constituye el objeto de la teología, la cual no se limita a la realidad que la razón humana puede alcanzar mediante la observación de todas sus dimensiones, sino que acoge la posibilidad de una autorrevelación personal de Dios.

En la perspectiva cristiana, esta revelación se consuma en la encarnación de un Dios que se hace hombre y se manifiesta a individuos concretos a través de sus palabras y acciones. No obstante, este no es el Dios del que habla Hawking, ni es el foco de nuestra actual reflexión. La nuestra es una empresa de argumentación filosófica. Por consiguiente, examinemos con mayor rigor el argumento de Santo Tomás asociado al concepto de Causa Primera.

Dificultades para demostrar la existencia de Dios

Al abordar esta argumentación, Tomás de Aquino inicia su exposición resolviendo ciertas objeciones lógicas relativas a la existencia divina. La primera dificultad reside en que toda demostración requiere el conocimiento de la naturaleza del sujeto sobre el que se razona, y de Dios, precisamente, desconocemos su esencia. De Dios no podemos saber realmente qué es, sino más bien lo que no es. Surge, entonces, la pregunta: ¿cómo podremos probar su existencia? O, formulado de otra manera, ¿a qué nos referimos cuando afirmamos que existe?

Para el Aquinate, nuestro conocimiento de las cosas se fundamenta en la experiencia sensible, y este mismo es el punto de partida para acceder a la existencia de Dios. De Dios sí nos es posible conocer los efectos que produce y la manera en que dichos efectos se relacionan con la Causa que los origina. La argumentación arranca, por tanto, con la definición de Dios que se construye a partir de los efectos que percibimos. Esta definición no es Dios mismo, pero de algún modo particular expresa y manifiesta la esencia divina. La definición inicial que se toma es: “Dios es algo que existe por encima de todas las cosas, que es principio de todas ellas y que está separado de todas” (Twetten, On Which ‘God’ Should Be the Target of a ‘Proof of God’s Existence).

Qué significa ser Causa Primera

En esta formulación, el elemento crucial es determinar la naturaleza de Dios como causa. Para lograrlo, santo Tomás primero establece su distinción respecto a otras causas mediante la negación, señalando que se trata de una causa esencialmente diferente a las demás; en segundo lugar, pone de manifiesto su relación con las otras realidades: es la causa primera y está separada de ellas. Es decir, el punto a investigar es la existencia de la Causa Primera, entendida no en un sentido temporal de origen o comienzo, sino en un sentido de perfección fundamental, trascendente y distinta de todas las causas que le son subsiguientes.

Se postula una Causa Primera que es, necesariamente, única. Una causa que no se localiza entre las realidades del universo, las cuales son todas contingentes (incluyendo los multiversos paralelos o secuenciales, si es que existieran). Una causa que es trascendente al universo y superior a él. Esto es lo que se requiere para el despliegue de las cinco vías: una Causa Primera singular, distinta de las causas segundas y separada de ellas… “y a esto lo llamamos Dios”, como concluye cada una de las cinco vías. 

Otras dificultades

La segunda objeción lógica plantea que solo podemos demostrar la existencia de Dios a partir de sus efectos, pero estos efectos no mantienen una proporción con Él, ya que son de naturaleza finita. No obstante, basta con un único efecto de suficiente universalidad (como el movimiento o la causalidad) para inferir la existencia de su causa. Tal efecto sería suficiente para probar la existencia de Dios, aunque no logre expresar ni representar fielmente su esencia, y mucho menos su esencia completa.

Finalmente, la tercera dificultad lógica radica en que estas vías no son demostraciones de índole matemática ni experimental, sino que su punto de partida es netamente metafísico. Las vías se inician con fenómenos observables, pero considerados bajo una perspectiva metafísica, lo cual las hace inaccesibles para aquellas filosofías que rechazan la abstracción. Por ello, resultan ineficaces para persuadir a los agnósticos que también adoptan una postura escéptica, al no aceptar la validez de la abstracción. Para poder aceptar el recorrido de estas vías, es imprescindible admitir la existencia de un mundo exterior, validar la objetividad y fiabilidad del conocimiento, y aceptar que la razón humana puede ir más allá de lo meramente sensible.

El propósito de Tomás de Aquino al formular estas cinco vías es proporcionar a los pensadores metafísicos cinco caminos racionales para demostrar la solidez de la Teología, en tanto que puede afirmarse la existencia del Dios que, según el teólogo, se revela. Es decir, desde una perspectiva filosófica, se puede concluir la razonabilidad de la existencia de Dios, lo cual legitima la práctica teológica basada en la Revelación.

Con esta exposición, creo que se fortalece la idea de que el argumento de la Causa Primera es mucho más que una mera sensación. Incluso podríamos aventurar que, mediante una investigación cuyo punto de partida no sean ya los sentidos, sino el conocimiento científico que va más allá de nuestra experiencia ordinaria, estas cinco vías de santo Tomás podrían ser objeto de una reformulación contemporánea. Por ejemplo, la primera a la luz de lo que se conoce sobre la inercia, la segunda considerando los hallazgos sobre la causalidad física, y la quinta a partir del conocimiento actual sobre el ajuste fino de las constantes universales.

El autorRubén Herce

Profesor de Antropología y Ética en la Universidad de Navarra

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