Aus der FederRenata Milán Morales

La silenciosa contaminación de la mirada secular sobre el amor 

Renata Milán reflexiona sobre cómo la mentalidad secular reduce el amor conyugal y la fidelidad a mecanismos para evitar el pecado, en lugar de entenderlos como una entrega libre.

7 de November de 2026-Lesezeit: 3 Minuten
amor. mirada secular

Existe una forma de grandeza en la vocación cristiana que a menudo olvidamos: la certeza  de que fuimos creados para un amor libre, noble y capaz de custodiar al otro. Sin embargo,  en medio del ruido contemporáneo, a veces se cuela sin darnos cuenta una idea en nuestras  conversaciones familiares o en algún consejo torpe y bien intencionado: la noción de que el  cariño, la entrega y la cercanía en el matrimonio pueden y, en ocasiones, deben funcionar  como una especie de cortafuegos o vacuna defensiva para evitar que el cónyuge «caiga» en  el adulterio. 

Este planteamiento, que trata la afectividad como si fuera una moneda de cambio que se  administra para mantener a raya el pecado, guarda un sorprendente paralelismo con ese  otro argumento tan repetido en los debates eclesiales: la creencia de que, si los sacerdotes  se casaran, se erradicarían por arte de magia las crisis de fidelidad o los abusos. 

Sin darnos cuenta, los católicos hemos absorbido categorías profundamente seculares.  Hemos comprado el marco mental del utilitarismo contemporáneo, que contempla al ser  humano como un simple sujeto de impulsos que hay que encauzar mediante incentivos y  contención de daños. Como advertía Karol Wojtyła en Liebe und Verantwortung, cuando una  relación se edifica sobre la necesidad de neutralizar un riesgo, el otro deja de ser una  persona a la que amar en su dignidad absoluta y se convierte en un medio de supervivencia.  De este modo, ser fiel deja de ser un motivo de gozo y pasa a vivirse como una trinchera  desesperada para evitar un desastre. 

Esa lógica de mercado distorsiona la visión cristiana y entra en conflicto directo con lo que  nos enseña el Nuevo Testamento. Cuando san Pablo aborda en el capítulo 5 de la carta a los  Efesios el gran misterio de la unión conyugal, no lo hace para ofrecernos un manual de  gestión de riesgos, sino para elevar el amor humano al reflejo vivo del amor de Cristo por la  Iglesia. Nadie puede sostener teológicamente que Cristo se entregó en la Cruz como una  estrategia para evitar que la humanidad buscase otros caminos por miedo a la fragilidad del  ser humano. La suya es una iniciativa radicalmente libre y gratuita que busca santificar,  embellecer y custodiar el alma de la Esposa. En el Evangelio no se hace uso del miedo para  prevenir la caída; se dona la vida para transformar el corazón. 

Por esto, ese falso razonamiento sobre el celibato sacerdotal revela exactamente la misma  confusión. La sociología y los grandes informes institucionales sobre abusos y crisis en el  ámbito eclesial coinciden en el mismo diagnóstico: la raíz de las desviaciones no está en la  ausencia de acceso a la intimidad, sino en desórdenes de la personalidad, en una inmadurez  afectiva no resuelta y en quiebras morales profundas. Pensar que el matrimonio funciona 

como un extintor automático contra el pecado es ignorar cómo opera la libertad humana. El  compromiso conyugal no evita por sí solo el distanciamiento emocional ni el peligro de  instrumentalizar al otro; del mismo modo que un sacerdote puede vivir una entrega célibe  profundamente fecunda, sana y luminosa si su corazón está custodiado por la gracia y la  madurez interior. 

Necesitamos purificar nuestra mente para recordar que el ser humano no es una bomba de  relojería que hay que desactivar a base de concesiones, sino una persona llamada a la  santidad y a la trascendencia. 

Frente a la mediocridad del pánico, la propuesta cristiana nos exige recuperar la audacia de  la verdad. La opción sana y verdadera jamás es la trinchera de la precaución, sino la  grandeza de la libertad donada. Como recordaba san Juan Pablo II en sus catequesis sobre la Theologie des Leibes, el afecto humano solo alcanza su verdad cuando es expresión de un  don sincero y libre, jamás de una transacción para calmar temores. 

Cualquier cristiano que hoy sienta el peso de estas caricaturas está llamado a descubrir que la fidelidad no es un arnés que se soporta con resignación para evitar un desastre, sino la  forma más elevada de la libertad: la decisión consciente de custodiar el alma del otro  camino del Cielo. Cuando un cónyuge no busca en el otro un refugio defensivo sino un alma  sagrada encomendada a su cuidado; cuando un sacerdote abraza su celibato no como una  privación reprimida sino como la entrega serena y fecunda de su vida entera, la fe cristiana  recupera su verdadera luz. 

Mirar las cosas así no es pedir un imposible, sino una invitación a madurar de verdad. Como  decía a su manera C.S. Lewis, cuando el amor se basa solo en el miedo a quedarnos solos o  en la necesidad de protegernos, terminamos asfixiando a la otra persona; el amor solo  funciona cuando es un regalo libre y generoso. Si dejamos atrás el pánico y confiamos en la  ayuda de Dios, la fidelidad deja de ser un parche para salir del paso y se convierte en lo que  siempre debió ser: una forma de vivir hermosa, atractiva y llena de sentido.

Der AutorRenata Milán Morales

Periodista.

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