Existe una forma de grandeza en la vocación cristiana que a menudo olvidamos: la certeza de que fuimos creados para un amor libre, noble y capaz de custodiar al otro. Sin embargo, en medio del ruido contemporáneo, a veces se cuela sin darnos cuenta una idea en nuestras conversaciones familiares o en algún consejo torpe y bien intencionado: la noción de que el cariño, la entrega y la cercanía en el matrimonio pueden y, en ocasiones, deben funcionar como una especie de cortafuegos o vacuna defensiva para evitar que el cónyuge «caiga» en el adulterio.
Este planteamiento, que trata la afectividad como si fuera una moneda de cambio que se administra para mantener a raya el pecado, guarda un sorprendente paralelismo con ese otro argumento tan repetido en los debates eclesiales: la creencia de que, si los sacerdotes se casaran, se erradicarían por arte de magia las crisis de fidelidad o los abusos.
Sin darnos cuenta, los católicos hemos absorbido categorías profundamente seculares. Hemos comprado el marco mental del utilitarismo contemporáneo, que contempla al ser humano como un simple sujeto de impulsos que hay que encauzar mediante incentivos y contención de daños. Como advertía Karol Wojtyła en Miłość i odpowiedzialność, cuando una relación se edifica sobre la necesidad de neutralizar un riesgo, el otro deja de ser una persona a la que amar en su dignidad absoluta y se convierte en un medio de supervivencia. De este modo, ser fiel deja de ser un motivo de gozo y pasa a vivirse como una trinchera desesperada para evitar un desastre.
Esa lógica de mercado distorsiona la visión cristiana y entra en conflicto directo con lo que nos enseña el Nuevo Testamento. Cuando san Pablo aborda en el capítulo 5 de la carta a los Efesios el gran misterio de la unión conyugal, no lo hace para ofrecernos un manual de gestión de riesgos, sino para elevar el amor humano al reflejo vivo del amor de Cristo por la Iglesia. Nadie puede sostener teológicamente que Cristo se entregó en la Cruz como una estrategia para evitar que la humanidad buscase otros caminos por miedo a la fragilidad del ser humano. La suya es una iniciativa radicalmente libre y gratuita que busca santificar, embellecer y custodiar el alma de la Esposa. En el Evangelio no se hace uso del miedo para prevenir la caída; se dona la vida para transformar el corazón.
Por esto, ese falso razonamiento sobre el celibato sacerdotal revela exactamente la misma confusión. La sociología y los grandes informes institucionales sobre abusos y crisis en el ámbito eclesial coinciden en el mismo diagnóstico: la raíz de las desviaciones no está en la ausencia de acceso a la intimidad, sino en desórdenes de la personalidad, en una inmadurez afectiva no resuelta y en quiebras morales profundas. Pensar que el matrimonio funciona
como un extintor automático contra el pecado es ignorar cómo opera la libertad humana. El compromiso conyugal no evita por sí solo el distanciamiento emocional ni el peligro de instrumentalizar al otro; del mismo modo que un sacerdote puede vivir una entrega célibe profundamente fecunda, sana y luminosa si su corazón está custodiado por la gracia y la madurez interior.
Necesitamos purificar nuestra mente para recordar que el ser humano no es una bomba de relojería que hay que desactivar a base de concesiones, sino una persona llamada a la santidad y a la trascendencia.
Frente a la mediocridad del pánico, la propuesta cristiana nos exige recuperar la audacia de la verdad. La opción sana y verdadera jamás es la trinchera de la precaución, sino la grandeza de la libertad donada. Como recordaba san Juan Pablo II en sus catequesis sobre la Teologia ciała, el afecto humano solo alcanza su verdad cuando es expresión de un don sincero y libre, jamás de una transacción para calmar temores.
Cualquier cristiano que hoy sienta el peso de estas caricaturas está llamado a descubrir que la fidelidad no es un arnés que se soporta con resignación para evitar un desastre, sino la forma más elevada de la libertad: la decisión consciente de custodiar el alma del otro camino del Cielo. Cuando un cónyuge no busca en el otro un refugio defensivo sino un alma sagrada encomendada a su cuidado; cuando un sacerdote abraza su celibato no como una privación reprimida sino como la entrega serena y fecunda de su vida entera, la fe cristiana recupera su verdadera luz.
Mirar las cosas así no es pedir un imposible, sino una invitación a madurar de verdad. Como decía a su manera C.S. Lewis, cuando el amor se basa solo en el miedo a quedarnos solos o en la necesidad de protegernos, terminamos asfixiando a la otra persona; el amor solo funciona cuando es un regalo libre y generoso. Si dejamos atrás el pánico y confiamos en la ayuda de Dios, la fidelidad deja de ser un parche para salir del paso y se convierte en lo que siempre debió ser: una forma de vivir hermosa, atractiva y llena de sentido.
Periodista.





