Berufung

Hozana: «Queremos reavivar la llama del Rosario y la vida de oración»

La responsable de Hozana para América Latina y España explica cómo la oración compartida y las herramientas digitales pueden ayudar a redescubrir el Rosario y profundizar en la relación con Cristo.

Teresa Aguado Peña-12 de Oktober de 2026-Lesezeit: 7 Minuten

Hozana es una asociación sin ánimo de lucro, impulsada por laicos católicos, que busca unir a las personas en la oración y acercarlas a Jesús a través de internet. Para ello, desarrolla plataformas gratuitas que permiten compartir intenciones, acceder a meditaciones y rezar en comunidad.

Entre sus iniciativas está la aplicación Rosario, que promueve esta oración a través de la campaña internacional «Reaviva la llama», especialmente durante el mes de octubre. La propuesta invita a rezar, profundizar en los misterios del Rosario y compartirlo con otras personas.

Sharael Sanchez, responsable de Hozana para América Latina y España, explica qué puede aportar la tecnología a la vida espiritual y por qué el Rosario sigue siendo una forma de acercarse a Cristo con María.

La campaña propone tres acciones: rezar, invitar y formarse. ¿Por qué han elegido precisamente estas tres dimensiones y cómo se complementan entre sí? 

–Porque esas tres dimensiones corresponden, en el fondo, a tres movimientos esenciales para reavivar de verdad la devoción del Rosario: vivirla, comprenderla y transmitirla.

La primera es rezar, porque el Rosario se descubre ante todo practicándolo. No se trata simplemente de conocer una devoción, sino de entrar en ella: tomar el rosario, rezar cada decena, contemplar un misterio del Evangelio y aprender, poco a poco, a mirar a Cristo con María. La práctica es el punto de partida. 

La segunda es formarse, porque una oración puede empobrecerse si se vuelve puramente mecánica. Comprender mejor el sentido del Rosario, aprender a meditar sus misterios y descubrir el lugar que ocupa en la tradición de la Iglesia ayuda a rezarlo con mayor profundidad y también a perseverar en el tiempo. 

Y la tercera es invitar, porque una experiencia espiritual auténtica tiende naturalmente a compartirse. Si una oración nos ayuda a acercarnos a Cristo, nace el deseo de proponerla también a otros. El Rosario Viviente facilita precisamente ese paso, al ofrecer una forma muy sencilla y accesible de empezar a rezar en comunidad. 

Por eso no son tres acciones independientes. Rezamos para vivir el Rosario, nos formamos para profundizarlo e invitamos para transmitirlo. Y, al mismo tiempo, la misión nos devuelve a la oración, porque sabemos que el fruto de una invitación no depende solo de nuestras palabras, sino también de la gracia de Dios. 

Hablan de “reavivar la llama del Rosario”. ¿Se ha dejado de rezar el Rosario y es una práctica que hay que recuperar? 

–Yo sería prudente con la idea de que «ya no se reza el Rosario». Sigue habiendo muchísimas personas que lo rezan cada día: en familias, parroquias, comunidades religiosas y grupos de oración de todo el mundo. 

Pero también es cierto que, para muchos cristianos, el Rosario ha dejado de formar parte de la vida cotidiana, o se percibe como una práctica lejana, repetitiva o propia de otra generación. 

Por eso hablamos de reavivar, más que de reinventar. 

La llama ya existe. El Rosario forma parte de una tradición muy profunda de la Iglesia y ha atravesado los siglos precisamente porque es una oración extraordinariamente sencilla y, al mismo tiempo, muy profunda. 

Pero “reavivar la llama” no significa únicamente volver a rezar cuando hemos perdido el hábito. También significa ir más lejos cuando la oración ya forma parte de nuestra vida. La oración es una relación de amor con Dios, y en el amor siempre se puede crecer, profundizar y dejar que el fuego se avive aún más. 

Por eso hay, en cierto modo, dos llamas que queremos alimentar: la del Rosario en la Iglesia y la de nuestra propia vida de oración. Para algunos, octubre será la ocasión de descubrirlo o retomarlo; para otros, de rezarlo con mayor fidelidad, atención o profundidad.  Porque el amor de Dios es infinito, siempre hay espacio para crecer en la oración.

¿Por qué es tan importante rezar el Rosario? 

–Porque, cuando uno mira la historia de la Iglesia, descubre una insistencia extraordinariamente constante en torno al Rosario. 

En primer lugar, María misma invita a rezarlo en varias apariciones reconocidas por la Iglesia. En Fátima, por ejemplo, la petición de rezar el Rosario aparece reiteradamente en los testimonios de las apariciones de 1917. En Lourdes, Bernadette aparece también profundamente unida a esta oración. Naturalmente, las apariciones privadas no son el fundamento de nuestra fe —el centro siempre es Cristo y el Evangelio—, pero la Iglesia reconoce que pueden ayudarnos a vivir con mayor profundidad determinadas dimensiones de la vida cristiana. 

Y esta invitación sigue resonando hoy. Hace apenas unos días, durante su viaje apostólico a Francia, el papa León XIV pidió expresamente en Lourdes a todos los fieles y comunidades cristianas que rezaran el Rosario durante el mes de octubre, con una intención particular por el fin de las guerras y por la paz entre los pueblos. 

A esto se suma una insistencia muy fuerte de los papas a lo largo de los siglos. León XIII dedicó numerosos textos al Rosario y quiso que el mes de octubre estuviera especialmente consagrado a esta oración. San Juan Pablo II llegó a proclamar un Año del Rosario y resumió su sentido con una frase que me parece esencial: rezar el Rosario es “contemplar con María el rostro de Cristo”. Es decir, en su núcleo no encontramos una oración que nos aleje de Jesús, sino precisamente un camino para entrar más profundamente en los misterios de su vida. 

Y después está algo que para nosotros es muy importante: lo que testimonian los propios fieles hoy. Antes incluso de crear Rosario, realizamos una encuesta entre más de 4.000 personas que rezaban habitualmente el Rosario y les preguntamos qué les aportaba esta oración. En más de la mitad de las respuestas aparecía espontáneamente la idea de la paz, con palabras como serenidad, calma o apaciguamiento. 

Desde el lanzamiento de la aplicación hemos seguido recibiendo cientos de testimonios similares. Personas que cuentan que el Rosario les ha ayudado a perseverar en la oración, a recuperar una vida de fe, a atravesar momentos difíciles o simplemente a comenzar el día con mayor paz y confianza. 

Evidentemente, no presentamos el Rosario como una fórmula mágica. Su importancia es mucho más profunda: nos pone delante del Evangelio, nos enseña a contemplar a Cristo con María, nos ayuda a confiar nuestras intenciones a Dios y nos introduce en una oración sencilla que puede acompañarnos cada día. 

Por eso nos impresiona esa convergencia: María lo recomienda, los papas lo han alentado constantemente —y León XIV acaba de volver a hacerlo en Lourdes— y generaciones enteras de cristianos siguen dando testimonio de sus frutos. Cuando tantas voces, a través de épocas y contextos tan distintos, apuntan en la misma dirección, creemos que merece la pena escuchar.

¿Cuál es la diferencia entre rezar el Rosario individualmente y en comunidad? 

–Las dos dimensiones son importantes y no se oponen. 

El Rosario puede ser una oración profundamente íntima. Hay momentos en los que necesitamos encontrarnos a solas con Dios, poner delante de Él una preocupación, contemplar un misterio o simplemente permanecer en silencio. 

Pero rezarlo en comunidad añade algo muy poderoso: la conciencia de que no caminamos solos en la fe. Esto está precisamente en el corazón del Rosario Viviente, creado en el siglo XIX por la beata Pauline Jaricot. Su intuición fue muy sencilla: en lugar de pedir a cada persona que rezara un Rosario completo, cada miembro del grupo asumía diariamente una parte. Así, una oración muy accesible para cada persona se convertía, gracias a la comunión del grupo, en una oración mucho más amplia. 

Rosario retoma hoy esa intuición. En nuestros grupos, cada persona puede comprometerse a rezar una decena diaria y saber que otras personas están rezando también. Parece algo muy pequeño, pero cambia mucho la experiencia: mi oración ya no es solamente “mi” oración; se convierte en el eslabón de una cadena. 

Además, la comunidad sostiene la perseverancia. Lo escuchamos muchísimo en los testimonios: saber que otros están rezando, recibir una intención o sencillamente ver que los demás han cumplido su decena ayuda a permanecer fiel cuando uno solo quizá habría abandonado.  La comunidad no sustituye el encuentro personal con Dios. Lo sostiene. 

Vivimos en un contexto en el que muchas personas se acercan a la fe también a través de internet y de las aplicaciones. ¿Qué puede aportar una plataforma digital a una práctica tan tradicional como el Rosario y cuáles son sus límites? 

–Para nosotros hay que empezar por una distinción fundamental: una aplicación no hace que alguien rece. 

La aplicación puede recordarte que es el momento de rezar, ayudarte a encontrar un grupo, ofrecerte los misterios o una intención, pero llega un momento en el que tienes que dejar de mirar la pantalla, tomar tu rosario y ponerte delante de Dios. Ese es también su límite, y es un límite que asumimos plenamente. 

Ahora bien, lo digital puede eliminar muchos obstáculos que antes hacían difícil empezar o perseverar.  Pauline Jaricot tuvo una intuición extraordinariamente moderna en el siglo XIX: crear pequeñas redes de personas que se sostuvieran mutuamente en la oración. En aquella época consiguió extender el Rosario Viviente a una escala enorme sin disponer de nuestros medios de comunicación. 

Nosotros nos hicimos una pregunta muy sencilla: ¿qué podría ocurrir hoy con esa misma intuición utilizando internet? 

Una aplicación permite que alguien cree un grupo en pocos segundos, invite a un amigo que vive a cientos de kilómetros, encuentre otras personas con las que rezar, reciba una intención y mantenga un compromiso cotidiano muy sencillo.  Pero la tecnología debe permanecer siempre en su sitio: es un puente, no el destino. 

Rosario no pretende sustituir la parroquia, la vida sacramental, la familia, una comunidad religiosa ni el encuentro humano. Si está bien utilizada, la herramienta digital debe precisamente ayudarnos a entrar más profundamente en esa vida cristiana real. 

¿Puede una aplicación conseguir realmente crear una comunidad, o existe el riesgo de que la experiencia religiosa digital se quede en algo individual y superficial? ¿Cómo afrontan ese desafío? 

–El riesgo existe, y sería ingenuo negarlo. Podemos consumir contenidos espirituales del mismo modo que consumimos cualquier otro contenido: pasar de un vídeo a otro, leer una frase inspiradora y continuar inmediatamente con otra cosa. Eso puede dar una impresión de vida espiritual sin que exista necesariamente una verdadera relación con Dios ni un compromiso concreto.  Por eso Rosario está pensada precisamente para intentar hacer el movimiento contrario: pasar de la pantalla al compromiso. 

El centro de la aplicación no es mirar contenido. Es asumir algo muy concreto: «Hoy voy a rezar esta decena». Y además hacerlo sabiendo que pertenecemos a un grupo.  Ahí está para mí una de las claves del Rosario Viviente: la comunidad no es solamente estar conectados digitalmente. Existe porque cada persona acepta hacerse responsable de una pequeña parte de una oración común.  Eso crea un vínculo distinto.

Después, evidentemente, buscamos que esos vínculos puedan prolongarse fuera de la aplicación. Hay grupos de amigos, familias, parroquias y comunidades que utilizan Rosario precisamente como apoyo a una relación que ya existe en la vida real. 

Nuestra experiencia nos muestra también algo interesante: a veces el recorrido se hace en sentido inverso. Una persona comienza rezando detrás de una pantalla porque quizá no se atrevería todavía a entrar en una iglesia o en un grupo de oración, y esa pequeña puerta termina llevándola hacia una vida cristiana más concreta. Ahí creo que está el criterio de discernimiento. 

Una herramienta digital cristiana tiene sentido cuando no nos encierra en ella misma, sino cuando nos conduce más lejos: hacia la oración, hacia los demás, hacia la Iglesia y, en último término, hacia Cristo.

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