Domingo a la vienesa

Una Misa dominical en la Karlskirche de Viena, donde el arte, el incienso y la risa de los niños ayudan a acoger la presencia de Dios

23 de Oktober de 2026-Lesezeit: 3 Minuten
Viena

Me he levantado un poco tarde, pero me da tiempo a ducharme y salir rápido. Quiero llegar a Misa de diez y media. En seguida aparece delante de mí la imponente cúpula de Karlskirche, la iglesia dedicada a san Carlos Borromeo. También hay una capilla recordando al beato Carlos de Austria: el último Kaiser. Una historia muy particular. Perdió el imperio por ganar el Cielo.

Las campanas me sacan de mi empanamiento, y entro por la escalinata de dos en dos. Comienza entonces una de las Misas más solemnes en las que haya participado nunca. Suena el órgano. Entra una procesión de ministros y celebrantes. Y los feligreses entonan una canción que viene en el Gotteslob, el libro gris que contiene todos los cantos litúrgicos.

La canción de entrada es alegre, pero a la vez tranquila, ordenada: esperanzada.

El sacerdote empieza a hablar, y yo intento estirar mi alemán todo lo que puedo para entenderle. Abro Messbuch, una app para seguir la Misa. Transcurre tocada por entero a órgano: también se canta el evangelio.

La iglesia por dentro es majestuosa: unos frescos decoran la cúpula ovalada, el retablo es descomunal, las vidrieras, todo. Comienzan a incensar, incesantemente: nunca, ni siquiera con el boafumeiro de Santiago de Compostela, había visto tanto incienso. Se forma incluso una pequeña niebla entre los fieles y el altar. Pero de repente salgo de mis distracciones. Empieza también la Misa de los niños. Sus ángeles de la guarda se tronchan cuando los niños molestan en Misa, porque así dan gloria a Dios.

De la nada, un niño de apenas meses se empieza a reír, muy alto. Varias veces. La gente se ríe con él, yo intento localizarlo. ¡Ya lo veo! En brazos de su padre, con el pelo rubio pollo despeinado. Otro niño echa a correr por el pasillo principal. Tendrá como mucho dos años, y corretea muy graciosamente con una moneda en su mano. El que pasa el cestillo se da cuenta, y se agacha para que el niño (rubio también, sonriente y mofletudo) llegue a meter la moneda. La misma gente se vuelve a reír.

Ahí me doy cuenta: a esta hora de la mañana, la luz que entra por la cristalera principal rebota en los pelos rubios de manera muy llamativa. Miro hacia arriba, y efectivamente. El sol cruza la ventana que gobierna el ábside, pasa a través de la niebla de incienso, y provoca un rompimiento de gloria, un resplandor que baña la iglesia entera.

Viena es la ciudad con la sensibilidad más exquisita para el arte. En Viena, hace trescientos años, se construyó esta iglesia. Y hoy, Dios puede hacerse presente delante de nosotros con la delicada bienvenida que se le brinda aquí desde hace tres siglos.

La consagración, el momento en el que Dios se hace presente en la Misa, es siempre emocionante. Pero la predisposición a entenderla, a acoger a Jesús, ¡claro que se refuerza a través del arte! La belleza que rodea a la consagración de hoy me ayuda a comprenderla. Los artistas también hacen oración, el arte es una oración permanente.

Acaba la Misa de forma muy llamativa: sin ser Corpus Christi, sacan al Santísimo en procesión hasta la entrada de la iglesia. Ahí se arremolinan los curiosos. Y se bendice a toda la plaza desde la puerta, donde el incienso y las campanillas se bambolean al mismo ritmo.

La bendición eucarística es como la carcajada del bebé que antes ha llenado la iglesia. Ahora es Jesús, en los brazos del sacerdote, queriendo llegar a toda la ciudad. Corretea por la plaza como el niño que antes trotaba con una moneda. Quiere llenar nuestra cesta, y necesita que nos agachemos para que pueda entrar.

Der AutorGabriel Pérez-Miranda

Gabriel Pérez-Miranda Mata (Madrid, 2004) ocupa el tercer lugar de los seis hijos de Juan y Cristina. Estudiante universitario, es también un entusiasta de los deportes y la lectura, y ha publicado un libro de poesía ("Envïdár", Loto Azul, 2025)

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