Aus der FederAntonio Ruiz Valverde

La comodidad de no ayudar

Una reflexión sobre la indiferencia ante quienes piden ayuda y las excusas que damos para no detenernos a escuchar a quienes tenemos delante.

21 de Oktober de 2026-Lesezeit: 3 Minuten
cafe

—¿Tiene usted para un cafelillo?

Estábamos en una cafetería de El Puerto de Santa María cuando se acercó a nuestra mesa un señor mayor. Tuvo que repetir la pregunta. Hablaba deprisa y su aspecto no coincidía con la imagen que yo asociaba a quien pide en la calle. Mi mujer le respondió con educación que no llevaba suelto. Yo apenas le presté atención.

El señor siguió de mesa en mesa hasta que un camarero joven lo acompañó a la puerta y le abrió para que saliera. No hubo voces ni malos modos. Me pareció que se quitaba un problema de encima y me quedé triste, sobre todo por mí. Podríamos haberlo invitado. Tan sencillo como pedir otro café. Me duele reconocer que presté más atención a la conducta del camarero que a la petición del hombre.

Quizá una de las razones por las que nos cuesta ofrecer ese café sea lo que puede venir con él: que la persona se quede junto a nuestra mesa, que empiece a hablar y tengamos que escucharla. La conversación puede prolongarse más de lo previsto y ocupar una parte de ese rato que considerábamos nuestro. Me pregunto cuánto pesó esa posibilidad en mi propia indiferencia.

Para quedarnos tranquilos tenemos unas cuantas frases a mano: «Para eso están Cáritas y los comedores sociales». «Quizá podría trabajar». «A saber en qué se gasta el dinero». Algunas dudas serán razonables. Ayudar bien exige prudencia. Lo que me inquieta es la rapidez con que las doy por resueltas cuando me permiten seguir a lo mío. De aquel hombre apenas sabía nada, pero podía reunir en unos segundos suficientes conjeturas para desentenderme. ¿Desde cuándo sé tanto sobre la vida de una persona a la que ni siquiera he escuchado?

Hasta mis argumentos a su favor me dejan incómodo: era mayor, tenía una cara agradable, parecía tranquilo. ¿Habría sentido la misma pena si su aspecto me hubiera resultado desagradable? Y si realmente hubiera tenido una adicción, ¿me habría autorizado eso a considerarlo una molestia?

Los domingos saludamos a Manolo, que pide a la puerta de la iglesia. Lo llamamos por su nombre y nos resulta natural dirigirle la palabra. El señor de la cafetería se marchó sin que yo supiera cómo se llamaba. Me pregunto por qué a Manolo lo veo con otros ojos: si la costumbre me ha acercado a él o si pedir junto a una iglesia encaja mejor en mis esquemas. Con esa familiaridad corro el riesgo de dar por hecho que siempre estará allí, como si pedir a la puerta formara parte de su vida de una manera tan natural como ir a misa forma parte de la mía.

No sé si ha acudido a la parroquia o a Cáritas, qué ayuda recibe o qué le falta. Sé dónde encontrarlo cada domingo, pero de su vida conozco muy poco.

Unter Camino, san Josemaría escribe: «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”» (n. 463). A continuación, invita a buscar una excusa para el prójimo cuando tengamos el deber de juzgar. Yo encuentro las mías con bastante más facilidad. Y esa invitación alcanza también al camarero. Ignoro qué instrucciones tenía, qué había ocurrido otros días o qué dificultades encontraba para hacer su trabajo.

Comprender lleva tiempo y obliga a admitir lo mucho que ignoramos. Si solo escucho lo justo para preparar una negativa, difícilmente sabré qué necesita. Y hasta estas palabras pueden servirme de refugio si me conformo con sentir pena, sin preguntarme qué ayuda concreta tengo a mi alcance.

Me alegra que existan personas e instituciones capaces de acompañar a quienes atraviesan situaciones que yo apenas alcanzo a entender. Puedo colaborar con ellas y confiar en su experiencia. Pero mencionarlas para dar por terminado un encuentro también puede ser una manera muy respetable de pasar de largo.

No tengo un criterio que resuelva todas las situaciones. A veces convendrá dar dinero; otras, ofrecer comida o buscar una ayuda más adecuada. También habrá límites. Lo que me corresponde es no convertir mi negativa en un juicio sobre toda una vida.

Lo que más me entristeció fue la distancia entre lo que creo y lo que hice. Aquel hombre pronunció una palabra pequeña, «cafelillo», y yo necesité verlo salir para empezar a prestarle atención.

Me habría gustado llegar a tiempo de preguntarle cómo lo quería.

Der AutorAntonio Ruiz Valverde

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