Su primera actividad en Metz fue un encuentro con representantes de distintas religiones en el Centro de Congresos Robert Schuman. Las religiones, dijo, están llamadas a construir la paz y a ser guardianas de la vida. Siguiendo el ejemplo de Robert Schuman, que convirtió las antiguas fracturas de Europa en puentes, el Papa defendió un diálogo que no diluye la propia identidad: «Dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro».
Asimismo, condenó el uso del nombre de Dios para justificar la violencia: «invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre. Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina». El Papa afirmó también que la grandeza de una civilización se mide por cómo protege a la persona humana, sobre todo a la más frágil: «La grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana. Las religiones son guardianas de la vida».
Europa, entre sus raíces cristianas y la paz
Después, León XIV acudió a un encuentro titulado «En las raíces de Europa, por la paz y la unidad». En su discurso, el pontífice propuso volver a las raíces de Europa para construir la paz y la unidad. Siguiendo a Robert Schuman, indicó que Europa es una realidad cultural nacida del encuentro con el otro y marcada por el cristianismo: «Europa debe entenderse como una realidad cultural e histórica antes que geográfica». Y subrayó el lugar que ocupa la fe en su identidad: «No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo».
León XIV lamentó que la guerra haya vuelto al continente europeo, una nueva «inútil masacre», con la expresión de Benedicto XV. Ante ello, pidió diálogo paciente y audacia en la negociación, con disposición a ceder posiciones para alcanzar la paz: hay que «mostrar audacia en la negociación y estar dispuestos a sacrificar algunas posiciones por el bien superior de la paz». Precisó que esa búsqueda «no debe confundirse con un irenismo ingenuo». En ese sentido, el pontífice advirtió: «hay que tener cuidado con la ilusión del rearme». Y citó su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año: «No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros».
Metz, tierra de reconciliación
Por la tarde, el Santo Padre presidió la misa por la paz y la justicia en la catedral de San Esteban, conocida como la Linterna del Buen Dios, con unas dos mil personas dentro del templo y miles más que la siguieron en pantallas instaladas en las calles. En su homilía explicó que la paz es una casa que Dios regala, pero que los hombres deben construir juntos con el derecho, la justicia, la caridad y el perdón: «la paz, que es don de Dios, exige una respuesta por parte de los hombres en un esfuerzo compartido». Y recordó que Metz, tierra de guerras, es también tierra de reconciliación: «Metz y el río Mosela testimonian al mundo entero que la reconciliación es posible sólo cuando se tiene la valentía de romper las cadenas del resentimiento».
Para el Papa, la catedral, con sus vidrieras de Marc Chagall, es la imagen de lo que Europa está llamada a ser: «el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz». Por eso, al despedirse, pidió a la comunidad de Metz ser, «hoy más que nunca», un faro de esperanza para Francia, para Europa y para el mundo.
Al concluir la misa se dirigió al aeropuerto de Metz-Nancy-Lorena, donde lo despidió el presidente de la República, Emmanuel Macron, antes de partir rumbo a Roma.
Francia descubre una Iglesia viva
El viaje deja a Francia y a Europa más de una reflexión. El Papa puso en el centro de su visita y de sus discursos la dignidad y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su muerte natural, y la unió al llamado a la paz y a la unidad en Europa y en el mundo. Por su parte, Francia mostró al mundo una sorpresa: en un país secularizado y cada vez más descristianizado, miles de jóvenes y adultos descubren a Cristo en sus vidas, deciden seguirlo y piden incorporarse a la Iglesia a través del itinerario de la iniciación cristiana, que culmina con el bautismo, la confirmación y la eucaristía. A ellos se suman muchos bautizados que, tras años de distancia, vuelven a la fe y a los sacramentos. Un signo que, como dijo el propio Papa, lo dejó «maravillado» y «supera los análisis estadísticos y sociológicos»
Quizá la imagen que mejor resume la visita fue la misa en la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos. Cerca de 800 mil personas acudieron a esa ceremonia. El Papa fue aclamado por franceses venidos de todo el país mientras recorría en papamóvilen la emblemática avenida de París, orgullo nacional de los franceses y escenario de los grandes desfiles y celebraciones nacionales. Ahí el sucesor de Pedro, vicario de Cristo fue recibido y ovacionado. Luego, la plaza de la Concordia, que durante la Revolución fue un lugar de muerte por guillotina, se convirtió, con la misa, en un lugar de encuentro, de unidad y de comunión.





