La transmisión de la fe se ha estancado, sobre todo en el mundo de los adultos, mientras que el bienestar y las nuevas posibilidades que ofrece la modernidad han modificado las preguntas que se plantean al cristianismo. Esta es una de las claves de interpretación de monseñor Armando Matteo, teólogo, profesor de la Pontificia Universidad Urbaniana y secretario de la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
En esta entrevista, aborda las dificultades del anuncio cristiano, la labor del Dicasterio y el documento Come to me, dedicado a la transmisión de la fe y publicado el 22 de octubre con su firma junto a la del cardenal Víctor Manuel Fernández. El secretario se detiene, además, en las primeras orientaciones del pontificado de León XIV, en las tecnologías digitales y en la experiencia de la Iglesia en los distintos continentes.
En su amplia producción teológica y ensayística ha abordado muchos temas relacionados con la fe y las transformaciones de la sociedad. ¿Qué cambio cultural supone hoy un mayor desafío para el cristianismo?
—Se trata de un conjunto de cambios que han transformado de manera radical, sobre todo, el panorama occidental. Han cambiado los fundamentos de la vida de los hombres y las mujeres nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a nuevas ideas, transformaciones sociales e inventos tecnológicos. Utilizo una imagen un poco fuerte, pero creo que eficaz: hemos pasado del “valle de lágrimas” del que habla la Salve Regina a un contexto de abundancia, a una vida más amplia, llena de posibilidades y oportunidades. Por supuesto, no faltan los problemas, pero la tendencia general es positiva. En Occidente vivimos más tiempo, llevamos una vida menos sacrificada gracias a la tecnología, podemos aliviar el dolor gracias a la investigación médica, farmacológica y psicológica. Tenemos menos hambre y menos ignorancia, gracias a la disponibilidad de alimentos y a la difusión de la educación. Con este gran cambio es con el que hoy debe enfrentarse el cristianismo.
Usted ha recordado a menudo la responsabilidad de los adultos en la transmisión de la fe. ¿Qué se ha perdido en la relación entre generaciones?
—Estos cambios han afectado sobre todo a las generaciones adultas, que se han encontrado en un escenario para el que, diría yo, nuestra especie no estaba preparada. Durante siglos hemos luchado por sobrevivir, por hacer frente a la miseria, la enfermedad y el hambre. El cristianismo ayudó a las generaciones del pasado a vivir bien a través del Evangelio, el ejemplo de los santos y la oración. Cuando la situación cambió radicalmente, la práctica pastoral tuvo dificultades para reinventarse, para encontrar nuevas palabras con las que expresar la belleza del cristianismo. Así, en los adultos, la experiencia de la fe se fue desvaneciendo y en las familias ya no se pudo transmitir lo que no se vivía. La creciente indiferencia de los jóvenes pone de manifiesto precisamente esta ruptura del mecanismo de transmisión de la fe.
Hoy en día, a un adulto le puede costar entender por qué rezar: la oración le recuerda ese mundo del “valle de lágrimas” con el que ya no se identifica. Y le cuesta imaginar cómo el Evangelio puede ayudarle en un mundo de libertad, oportunidades, placer y bienestar. Por eso, la Iglesia tiene sin duda una responsabilidad hacia las nuevas generaciones, pero, por su propio bien, debe encontrar nuevas palabras para evangelizar a los adultos.
“La Iglesia tiene una responsabilidad hacia las nuevas generaciones pero, por su propio bien, debe encontrar nuevas palabras para evangelizar a los adultos”.
Mons. Armando MatteoSecretario de la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
En este contexto, ¿cómo hacer que la propuesta cristiana vuelva a ser comprensible y significativa?
—El gran recurso, como han repetido Benedicto XVI, Francisco y León XIV, es el atractivo: este es el motor que ha impulsado el cristianismo a lo largo de los siglos. Hay que recuperar la alegría, el gozo y la felicidad de ser cristianos. Se es cristiano también en condiciones de bienestar y abundancia, porque el mensaje cristiano tiene como objetivo humanizar a la persona.
Hoy nos enfrentamos al reto de la libertad, las posibilidades y las oportunidades. El Evangelio puede presentarse como criterio para vivir plenamente este nuevo escenario. Se trata de mostrar cómo su palabra logra humanizar incluso la condición de bienestar.
Usted es secretario de la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. ¿Cuáles son hoy en día los temas que más ocupan su trabajo?
—Además del trabajo ordinario, que consiste en ayudar a los obispos, cuando nos lo solicitan, a abordar en las diócesis cuestiones de nuestra competencia, el tema sobre el que más hemos reflexionado en los últimos meses es precisamente la transmisión de la fe, el anuncio del Evangelio en este contexto transformado: por utilizar una expresión muy querida por el Papa Francisco, en este “cambio de época”. Hemos trabajado mucho en el documento Come to me, porque es un tema que ha surgido con fuerza también en las visitas ad limina y que es muy importante para los últimos Pontífices. Esperamos que el documento pueda reabrir el debate e iluminar la práctica pastoral.
¿Qué criterio guía al Dicasterio a la hora de conciliar la fidelidad a la enseñanza recibida con la atención a las preguntas de nuestro tiempo?
—La clave es la convicción de que el encuentro con Jesús puede ayudar a los seres humanos, en cualquier época, a vivir mejor, a alcanzar el objetivo que todos tienen: ser felices, experimentar la belleza, la serenidad y la alegría en su propia existencia. Jesús, el Evangelio, la oración, los sacramentos y la misa dominical son recursos extraordinarios para una vida mejor. Debemos redescubrir que no vamos a la iglesia ni hacemos las cosas propias de los creyentes simplemente porque somos creyentes, sino porque nos interesa infinitamente que el ser humano alcance su plena realización. Y es Jesús quien puede hacer realidad todo esto.
A lo largo de los siglos, la Iglesia lo ha anunciado de diferentes maneras, porque los obstáculos para la felicidad humana y los recursos disponibles eran distintos. Hoy en día, las situaciones son radicalmente diferentes, pero persiste la convicción de que, cuanto más se acerquen las personas a Jesús y a su Evangelio en una relación de profunda amistad con él, más podrán alcanzar su plena realización humana. Esta es también la propuesta fundamental de Come to me: invitar a los pastores, sacerdotes, catequistas y evangelizadores a suscitar en las comunidades afecto, simpatía, curiosidad e incluso enamoramiento por Jesús de Nazaret y por su Evangelio. Es necesario volver al kerygma fundamental, que en el pasado quizá se daba por sentado, pero hoy ya no.
Las encuestas nos indican que, para muchos jóvenes, Jesús es un desconocido, pero también muestran cierta apertura hacia el mensaje cristiano. Y la palabra de Jesús puede ser decisiva también para los adultos, a menudo asediados por una cultura individualista y por un mercado que hace que la felicidad parezca una cuestión de nuevas compras o nuevas experiencias. Cristo, en cambio, propone compartir la alegría y velar por la felicidad de los demás, y de ahí surge también la alegría para uno mismo.
“Hemos caído en una forma de fe un poco triste, casi deprimida, vivida como algo muy privado”.
Mons. Armando MatteoSecretario de la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
Algunas intervenciones doctrinales suscitan debates y divisiones. ¿Cómo facilitar una mejor comprensión de las mismas por parte de los fieles?
—La respuesta puede parecer trivial: invitar a los fieles a leer los documentos. Vivimos en una sociedad en la que los blogs a veces tienen más público que los propios documentos; y lo que encontramos en los blogs, en los periódicos o en las revistas es a menudo un resumen de un resumen. Así se forma una visión parcial, que puede provocar reacciones de desconcierto. Pienso, por ejemplo, en Fiducia supplicans: se nos han facilitado datos que hablan de millones de interacciones en la web, pero dudo que tantas personas hayan leído el documento íntegramente.
Hay que acudir a la fuente, y también aceptar que vivimos una época de grandes cambios, con nuevos retos que a veces requieren intervenciones inmediatas, otras veces diferenciadas. Los documentos del Dicasterio nunca son improvisados: suelen tener una génesis larga, un proceso de elaboración y debate. Para comprender su significado, es importante leer lo que realmente dicen, sin limitarse a las reacciones que suscitan.
El Papa León XIV ha señalado desde el principio algunas prioridades. ¿Qué acentos está aportando a la reflexión de la Iglesia sobre la relación entre fe y sociedad?
—Me parece característico suyo volver a los fundamentos de lo que permite a todas las personas una vida digna. En primer lugar, está la constante llamada a la paz. Como decía san Juan XXIII, recordando a su predecesor Pío XII, con la paz todo se construye y se gana; con la guerra todo se destruye y se pierde. Aunque no estemos directamente en guerra, parece que tenemos una economía de guerra.
Un segundo elemento es redescubrir que la humanidad debe aceptar el límite, la fragilidad y, precisamente por eso, la necesidad del otro. La cercanía es una experiencia fundamental: nos compromete con una civilización del amor y con el reconocimiento de que el otro es indispensable para nuestra vida. La paz y la cercanía son condiciones previas para que puedan realizarse los proyectos de bien común.
La reflexión sobre la Inteligencia Artificial, abordada por Dicasterio junto con el de Cultura y Educación en la nota Antiqua et nova, ha encontrado un nuevo espacio en la encíclica Magnifica humanitas. ¿Cuál es la principal cuestión antropológica que plantean estas tecnologías?
—La ilusión de que cada uno pueda arreglárselas por sí solo: que estas herramientas puedan dotarnos de recursos tales que nos permitan, al final, una vida feliz sin los demás. Esta me parece la cuestión más delicada. El gran teólogo Karl Barth decía que la verdad del ser humano se resume en una pequeña proposición: “con”. El ser humano encuentra su verdad cuando vive este “con”: con Dios, con los demás, con la naturaleza, con la tecnología.
Cuando, en cambio, se absolutiza uno de estos aspectos, se cae en una ilusión gravísima. La necesidad y el deseo del otro son constitutivos: estamos hechos para los demás y somos hechos por los demás. La Iglesia seguirá reiterando este aspecto, al tiempo que valora estos descubrimientos, que tienen aspectos sorprendentes, a veces demasiado sorprendentes.
Para muchos jóvenes, Jesús es un desconocido, pero también muestran cierta apertura hacia el mensaje cristiano”.
Mons. Armando MatteoSecretario de la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
¿Qué puede aprender hoy la Iglesia europea de las comunidades cristianas de otras partes del mundo?
—Lo diré en broma: puede aprender el placer de ser cristiano. Quien se encuentra con sacerdotes, obispos y fieles de esas comunidades percibe una gran alegría, un orgullo, una gratitud por el hecho de ser cristiano. No solo viven esta experiencia, sino que la manifiestan. También se ve en los peregrinos que vienen a Roma, con vestimentas que recuerdan a Jesús, a la Virgen María o a algún santo. Nosotros, en cambio, hemos caído en una forma de fe un poco triste, casi deprimida, vivida como algo muy privado. Esto no ayuda a despertar el atractivo que permite que la fe pase de una generación a otra y de persona a persona.
Deberíamos recuperar la alegría de reunirnos, de cantar juntos, de reconocernos y estar juntos, sin tener continuamente la prisa del reloj. Al fin y al cabo, los primeros discípulos, como cuenta el apóstol Juan, vivieron una experiencia de alegría: y es esa alegría la que quisieron comunicar y difundir.
Tras tantos años de estudio, docencia y servicio a la Iglesia, ¿qué alimenta su confianza en la capacidad del cristianismo para seguir dirigiéndose al hombre contemporáneo?
—La convicción de que, al recordar las palabras de Gaudium et spes, quien se encuentra con Jesús se hace más humano: experimenta una mejora en la calidad de su vida y una visión de la realidad que le abre horizontes de auténtica felicidad. Nuestros antepasados, incluso los más cercanos a nosotros en el tiempo, lo comprendían muy bien, pero esto también puede ser válido hoy. La palabra de Jesús afirma la primacía del amor sobre el tener, de la entrega sobre la acumulación y de la alegría compartida sobre aquella que se consume de manera solipsista. Es una palabra que no solo tiene futuro, sino que realmente abre el futuro a las personas, a las comunidades y al género humano en su conjunto.





