Escalofríos. Ese fue el sentimiento de muchos comunicadores dedicados a la información de la Iglesia católica al recibir, el 13 de octubre, el primer correo electrónico desde la Oficina de Prensa de la Santa Sede con el asunto “Comunicazione ai Giornalisti”. Muchos comentaban que habían revivido aquellos angustiosos días de marzo de 2025, cuando la salud del Papa Francisco experimentó la quiebra que le llevaría a su fallecimiento un mes más tarde.
Aunque las circunstancias son hoy bien distintas, la salud del Papa León XIV se ha convertido en un tema que preocupa a muchos dentro de la Iglesia y, en cierto modo, esta situación nos ha vuelto a recordar que la Iglesia está en manos de Dios, sí, pero que el mundo en el que desarrolla su tarea está “alquilado” a cada uno de nosotros.
Hoy y ahora, la tarea de ser y construir la Iglesia es de cada uno de nosotros.
Con motivo de los 100 años de la Jornada Mundial Misionera, el director de España de las Obras Misionales Pontificias afirmaba, sin pelos en la lengua, que “claro que España es territorio de misión, pero para eso tenemos millones de cristianos en España. ¿Cuántas iglesias se llenan todos los domingos? ¿Qué hacen esos cristianos? ¿Dónde están los bautizados que se quedan aquí durante toda su vida?”
Añade: “Si España tiene 47 millones de habitantes, vamos a poner que 30 millones sean católicos. ¿Dónde están esos 30 millones que no evangelizan, que no remueven la tierra, que no hacen que esto cambie? Si no lo estamos haciendo es porque no nos estamos tomando en serio nuestra vocación cristiana”.
Que no podamos coger el petate no significa que no tengamos vocación misionera al cien por cien.
Estamos en el mundo para “ir de dos en dos”, o de cuatro en cuatro, o de treinta en treinta… en familia, con la parroquia, con mi grupo…, para decirles a quienes no lo saben que la respuesta, la única respuesta, es Cristo.
Un eje de vida que, como recordaba el Papa León a los jóvenes en aquella inolvidable vigilia en el “Stade de France” en París: “Gracias a Él podemos unir el celo misionero con la experiencia de la fraternidad hacia quienes no creen o pertenecen a otras tradiciones religiosas. Cultivar un vínculo fraternal con quienes no comparten nuestra fe contribuye así a la construcción de la sociedad; además, puede convertirse en un ejercicio de fe y caridad, porque es imposible dar testimonio de Cristo sin amar a quienes deseamos anunciarlo” (Cfr. León XIV, Viaje Apostólico a Francia. Vigilia de Oración con los jóvenes. 25-09-2026).





