Termina el tercer y último episodio de El buen espíritu, la nueva serie documental sobre el Opus Dei, y queda una pregunta que no desaparece con los créditos: ¿cómo pueden unas personas llamar «familia» a lo que otras recuerdan como un lugar de sufrimiento?
La tentación es resolver enseguida esa contradicción: decidir que una de las dos experiencias explica lo que realmente ocurre dentro y que la otra se equivoca. Pero haber sufrido no permite decirle a quien encontró un hogar que su experiencia fue ficticia; haber sido feliz tampoco permite explicar desde fuera el dolor de quien se marchó herido. Una experiencia personal puede ser verdadera sin convertirse en la medida de todas las demás.
Soy numerario del Opus Dei y teólogo. Escribo en mi nombre, no por encargo ni como portavoz. Conozco desde dentro una vida que quiero, pero no puedo decirle a nadie qué ocurrió en la suya.
Por eso no quisiera responder a la serie discutiendo testimonios que no me corresponde juzgar. Me interesa una pregunta que atraviesa muchas de las situaciones que allí se narran: ¿qué significa cuidar una vocación para que pueda durar toda una vida? Y, si el propósito era cuidarla, ¿cómo entender que alguien recuerde ese cuidado como una herida?
Lo que queremos que dure, lo cuidamos
Nadie se casa esperando divorciarse. Quienes se prometen una vida juntos buscan maneras de cuidar esa promesa: reservan tiempo para estar juntos, protegen su relación y aprenden a atravesar las crisis. Cuando queremos que algo dure, procuramos cuidarlo para que pueda durar.
Con los hijos aparece otra dificultad: no basta quererlos, hay que aprender a cuidar a cada uno. Los padres aconsejan, ponen límites, preguntan, corrigen y, cuando un hijo toma una decisión que consideran equivocada, no suelen responder con indiferencia: «es tu libertad».
Estas dos experiencias ayudan a pensar una cuestión más concreta. La serie recoge especialmente testimonios de personas que vivieron el celibato en el Opus Dei. Quisiera centrarme en ellas.
Para un numerario o una numeraria, el Opus Dei es también la familia en la que ha decidido vivir su entrega. Él quiere ser fiel a una vocación que ha abrazado para toda la vida; y esa familia busca ayudarlo a que esa vocación florezca y pueda perseverar.
Cuando se intenta hacer esto con muchas personas distintas, surgen necesariamente maneras concretas de cuidarlas: formación, costumbres, normas y formas de acompañamiento. La experiencia va creando modos de cuidar que después se transmiten.
Y ahí comienza el problema: ¿cómo encontrar formas comunes de cuidar a personas que son distintas?
Cuidar pensando en la fidelidad
Hay algo más que condiciona esos modos de cuidar: el futuro para el que fueron pensados.
La formación de un numerario no se organiza suponiendo que dentro de unos años dejará de serlo. Se parte de que aquella vocación es para toda la vida. La pregunta no es «¿qué necesitará esta persona si algún día se marcha?», sino «¿qué necesita para vivir bien esta vocación durante toda su vida?»
Eso cambia también la manera de afrontar una crisis.
Si un hermano me dijera mañana que quiere marcharse, no creo que quererlo consista simplemente en responder: «eres libre, vete». Querría saber qué le pasa, acompañarlo y quizá aconsejarle que no tome una decisión definitiva en un momento de cansancio.
No es muy distinto de lo que pueden hacer unos padres cuando un hijo les cuenta que su matrimonio atraviesa una crisis. Respetar su libertad no significa contemplar con indiferencia una decisión que puede cambiar su vida.
Si una entrega se considera definitiva, una crisis no tiene por qué interpretarse inmediatamente como su final. Puede ser precisamente el momento en que haga falta más acompañamiento. Muchos medios de formación buscan favorecer esa perseverancia porque ese es el futuro que presuponen.
Cuando cuidar no produce el resultado esperado
Pero comprender por qué existen esos modos de acompañamiento no significa afirmar que siempre hayan cuidado bien.
Cualquier padre lo descubre. La exigencia que ayudó a un hijo puede hacer sentir al otro que nunca está a la altura. Una pregunta que uno recibe como interés puede ser experimentada por otro como intromisión.
Los padres son los mismos. Muchas veces también lo es la intención. Los hijos no.
Algo semejante puede ocurrir en una familia espiritual. Hacen falta criterios comunes, pero no existe una metodología capaz de garantizar que un mismo modo de cuidar produzca el mismo fruto en todas las personas.
Esto no significa que todo sea relativo. Hay límites que no dependen de la personalidad de cada uno: la dignidad de la persona, la libertad de conciencia, la verdad y la justicia. Hay conductas objetivamente equivocadas aunque hayan nacido de una intención excelente.
Pero existe también un amplio terreno donde hace falta prudencia: conocer a la persona concreta, saber cuándo insistir y cuándo callar, cuándo una corrección ayuda a crecer y cuándo alguien necesita, antes que nada, ser escuchado. Incluso aceptar que una práctica que ayudó a muchos puede necesitar ser revisada.
Y aquí aparece una tentación especialmente fuerte cuando ya conocemos el final de una historia: contarla al revés.
Si alguien permaneció y es feliz, resulta fácil concluir que todos los medios que lo acompañaron fueron buenos. Si alguien se marchó herido, resulta igualmente fácil releer cada norma, consejo o insistencia como una pieza de aquello que terminó haciéndole daño.
Pero las vidas no suelen escribirse con la claridad con que después las contamos.
Que una forma concreta de acompañamiento haya producido dolor obliga a preguntarnos qué ocurrió. Puede revelar una imprudencia, una práctica que necesita cambiar o incluso una injusticia que exige reconocimiento y reparación.
Pero también conviene evitar el movimiento contrario: concluir que, porque una forma concreta de acompañamiento produjo dolor, necesariamente nació del deseo de controlar o que todo el bien que otros encontraron en ella fue ficticio.
La realidad humana suele resistirse a esos relatos perfectamente ordenados.
Una buena intención no demuestra que se cuidó bien. Pero un resultado doloroso tampoco permite reconstruir automáticamente la intención con la que se actuó.
Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo: alguien pudo intentar cuidar y haber cuidado mal.
Precisamente por eso hay responsabilidad: escuchar, aprender, rectificar y, cuando corresponda, pedir perdón y reparar.
La misma casa, historias distintas
Volvemos entonces a la pregunta del comienzo: ¿cómo pueden unas personas llamar «familia» a lo que otras recuerdan como un lugar de sufrimiento?
Dos hermanos pueden crecer bajo el mismo techo y contar infancias sorprendentemente distintas. Eso no significa que todo sea subjetivo. Si hubo daño, merece ser reconocido; si hubo una injusticia, debe llamarse por su nombre. Una familia demuestra su amor también por lo que hace cuando descubre que se equivocó.
Pero tampoco una historia dolorosa puede convertirse automáticamente en la explicación de todas las demás.
Mi experiencia de haber encontrado una familia no demuestra que otra persona no pudiera haber salido herida de ella. Su herida tampoco demuestra que aquello que yo recibí como cariño fuera en realidad una forma de control que todavía no he conseguido reconocer.
Quizá nuestra dificultad esté en querer encontrar una historia que explique todas las demás.
Tal vez no exista.
Sigo siendo numerario y considero mi vocación un don. Precisamente por eso, las historias dolorosas no tienen por qué ser una amenaza. Pueden ayudarnos a revisar nuestros modos de cuidar: qué buscaban proteger, cuándo ayudaron, cuándo no y qué podemos aprender de ello.
No tenemos una metodología perfecta para querer. Ninguna familia la tiene. Tenemos principios, experiencia, prudencia y la humildad necesaria para corregir cuando descubrimos que nos hemos equivocado.
La fidelidad también necesita cuidados. Y cuidar bien exige no dejar nunca de aprender cómo hacerlo.
Guatemalan engineer with a degree in Dogmatic Theology from the Pontifical University of the Holy Cross (Rome). President of Amivalle Foundation.





