FirmasAlberto Sánchez León

Belén: de ventanas y espejos

Belén es una ventana clave para la vida cristiana. Es un portal por el que se mira la Trascendencia. Belén es la puerta, el portal que nos introduce en el misterio de la vida. Y ese misterio se desvela en una familia necesitada.

6 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos
espejos

©Public domain pictures

La belleza no está sólo al alcance de los artistas, pero es verdad que para ellos es más fácil contemplarla, descubrirla, crearla…, amarla. Y, de alguna manera, todos somos un poco artistas.

Una de las claves para hacerse con el universo de lo bello es la inspiración. Para crear belleza hay que inspirarse, hay que elevarse, hay que subir. La inspiración es como asomarse a una ventana que nos descubre algo maravilloso. Y lo maravilloso es algo que no es nosotros. Cuando la modernidad descubre el yo, se enamora del yo y, entonces ya no sale de sí. Llevamos no pocos siglos con el ensueño del yo. No salimos de él. ¿Y por qué? Porque el espíritu moderno confundió las ventanas con los espejos. 

La ventana hace visible lo invisible, y el medio es el arte y el símbolo. El espejo sólo refleja, no puede crear, y el medio es el yo que también se convierte en fin. Por eso, quien no descubre ventanas sólo puede caer en el narcisismo o en el individualismo. La ventana nos transporta de las cosas reales a cosas más reales. El espejo no puede transportar porque no hay espacio, no hay viaje. 

Cuando viajamos a un mundo nuevo a través de la inspiración las potencias del alma comienzan a trabajar de un modo mucho más activo, porque el hombre está destinado a maravillarse, y lo maravilloso “toca” el ingenio. 

Lo maravilloso tiene que ver con la verdad. Si la verdad es trascendente, o sea, está fuera de mi, entonces el espejo no puede aspirar a ella. El narcisista no puede estar en la verdad porque está instalado en la autoreferencialidad, se ahoga en ella, no puede desplegarse porque no hay ventanas para salir de sí. El espejo es mito, Narciso, subjetividad, solipsismo, mirada de sí, puro yo y sólo yo.

Cuando se rompe con la cultura del espejo, del espectáculo (espejo y espectáculo tienen la misma raíz etimológica) entonces nace la capacidad de asombro, porque ya no se mira uno a sí mismo, sino que la fuerza de lo otro irrumpe en el yo, que ya deja de ser yo y se convierte en persona.

Cuando nos instalamos en la cultura de la ventana, la persona siempre es capax Dei, capaz de maravillarse de lo que uno no es, de la verdad de los otros y del Otro. Y por eso mismo puede relacionarse y comportarse como lo que es: persona… relación. Las ventanas invitan a la relación, el espejo invita a la soledad. 

Belén es una ventana clave para la vida cristiana. Es un portal por el que se mira la Trascendencia. Belén es la puerta, el portal que nos introduce en el misterio de la vida. Y ese misterio se desvela en una familia necesitada. En la ventana de Belén no hay espejos. Todo allí es una epifanía, una ventana de la Verdad, la Belleza y el Bien. 

El autorAlberto Sánchez León

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