Carlos sentía una opresión en el pecho por miedo a perder el empleo, era tal su temor que actuó de manera que provocó él mismo su despido. Magdalena imaginaba los peores escenarios si su esposo tardaba en llegar; su mortificación la llevaba al hospital pensando que se estaba infartando…tras la crisis volvía a casa, había experimentado un ataque de pánico. Jorge, un adolescente de 13 años, temía relacionarse con otros, se encerraba en su habitación casi todo el día. Si debía hablar con alguien se le agitaba el corazón y le faltaba el aire. Odiaba sentir esto pero no podía controlarlo, vivía aislado. Estas escenas se repiten cada día más. Se trata de diversas manifestaciones de trastornos de ansiedad que son la enfermedad mental más común a nivel mundial. América Latina reporta que el 7 % de su población la padece y sólo uno de cada cuatro personas está recibiendo tratamiento.
El miedo gobierna la mente y el cuerpo
La ansiedad es una respuesta adaptativa que nuestro cuerpo utiliza para responder a situaciones amenazantes (reales o imaginarias), son respuestas desproporcionadas, se da una activación excesiva que afecta integralmente la vida de quien la padece.
La persona ansiosa tiene miedo de lo que pasará, imagina las peores posibilidades y entra en un bucle de pensamientos negativos de los que experimenta que no puede salir.
Si estás padeciendo ansiedad hay unos primeros auxilios básicos que tienen que ver con una respiración profunda, saber detener los pensamientos negativos poniendo atención al momento presente (qué estoy escuchando, viendo, oliendo, sintiendo); un cambio de hábitos saludables (cuidar el sueño, hacer un poco de ejercicio cada día, disminuir el consumo de alcohol y cafeína, consumir omega 3…). La atención profesional terapéutica es de gran ayuda.
La fe, roca firme frente a la inquietud
Pero hay que realizar todos estos esfuerzos sobre la roca firma de nuestra fe, por eso es recomendable:
- Incrementar tu conocimiento de la Palabra de Dios, de vidas ejemplares que inspiran, y
- comprometerte en una buena causa por la que valga la pena dar la vida.
Ya no está presente en nuestro sistema de creencias un Dios Bueno que vela por nuestro bien. No leemos las escrituras que contienen estas palabras pronunciadas por Jesucristo: “no te preocupe tu vida, con qué te alimentarás; no te inquietes por tu cuerpo, con qué ropa vestirás. Mira las aves del cielo, tejer no es su ocupación; ni Salomón en su gloria con tal belleza vistió. Busca primero el reino de Dios y su justicia divina, y de su mano recibirás por añadidura lo demás”. (Mt.6, 27-32).
Los criterios del mundo han ahogado la Palabra Divina y se han llevado nuestra paz. Ahí donde crece el miedo, no hay lugar para la fe. Nuestra confianza esta puesta en nosotros mismos, y algo realmente nos falta. No es que una persona de fe no pueda padecer ansiedad, sino que cuando llega, sabe darle su lugar, la cuestiona confrontado sus miedos con la Verdad y se libera con prontitud.
Los santos con sus vidas nos recuerdan que la primera actividad del creyente no es la lucha contra el mal desde una actitud negativa, sino desde una actitud confiada, creativa y restauradora. Así el creyente, aunque sufra, construye la paz , se entrega a un camino sacrificial, de ofrecimiento continuo; solo así logramos liberarnos de los límites que impone la ansiedad: ensanchando el corazón.
Magnanimidad: el camino para ensanchar el corazón
Santo Tomás de Aquino hizo una sugerencia excelente que hoy es avalada por la ciencia. Decía que la angustia y la ansiedad te hacen sentir pequeño y perdido. Para cambiar esto y reconocer tu potencial y valor hay una actitud que desarrollar.
La palabra “ansiedad” viene del latín, anxietas, que significa estado de agitación, inquietud o zozobra. Deriva de la raíz indo-europea angh-ank, que conlleva el sentido de estrechez, dolor o presión (ahogo). Esta raíz latina está asociada con palabras como angor y angus.La palabra angustia por su parte, proviene también del latín y significa angosto, estrecho, difícil.
¡Su opuesto es la puerta de salida!
Para enfrentar esta sensación que paraliza, Santo Tomás de Aquino propuso cultivar la magnanimidad que es ensanchamiento del ánimo, significa que puedes salir de ti mismo y entregarte a algo grande, que te rebase y te impulse. Pensar en hacer un bien mayor y acometer a ello.
El testimonio de Martha
Es así como Martha sanó su ansiedad. Ella tenía miedo de todo, de que se cayera el niño, de que le dañara la comida, de que hubiese un accidente si usaban el auto; si la invitaban a colaborar con algo sentía que no lo haría bien, constantemente pensaba que los demás la veían mal. Temía si podría tener problemas de tiroides u hormonales. Se hacía chequeos que salían bien pero dudaba de los resultados.
Un día se encontró con Almudena, buena amiga de su juventud que la invitó a sumarse a una causa social: el apoyo a mujeres embarazadas y desamparadas y la defensa de los pequeñitos no nacidos.
Martha aceptó con miedos incluidos, pero cuando convenció a una mamá joven de que recibiera a su bebé, sintió que su corazon se ensanchaba. Sentía la alegría de haber salvado una vida, acompañó durante el embarazo a esta jovencita y conoció a la pequeña bebita que estuvo a punto de no nacer. Sentía que había hecho algo valioso. En ese tiempo no tuvo tiempo para alimentar sus miedos; se decía a sí misma: este miedo no impedirá que hoy haga el bien a alguien más. ¡Magnanimidad!
Eres tan grande como las cosas que te preocupan. ¡Véncete: mira alto, piensa noble, actúa valiente!




