¿De qué sirve ayunar?

En una cultura donde casi todo está disponible de inmediato el ayuno puede parecer una costumbre extraña, masoquista, incluso inútil. ¿Por qué privarse voluntariamente de algo tan básico y lícito como el alimento?

10 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
ayunar

©Kamil Szumotalski

Una abuelita encantadora ofreció un desayuno a sus amigas, algunas de ellas venían de lejos después de varios años de no verse. Estaban invitadas también sus hijas y la reunión prometía ser una convivencia genial. La mesa estaba bien dispuesta y en todo se veía una mano femenina, detallista. 

Abrazos y frases de alegría se compartían a más no poder, hasta que, a la hora de sentarse una de las hijas reclamó: ¡pero es ayuno porque estamos en Cuaresma!. Enseguida se dividieron las opiniones: “es cierto, guardemos todo, algo debemos ofrecer a Jesús y no seguir con nuestra vida burguesa como si no estuviésemos en tiempo de penitencia”.  Otras decían que la anfitriona se había esmerado tanto que no podrían hacerle un desaire.  Unas más sugirieron cambiar el ayuno por una obra de misericordia…finalmente un ambiente dividido reinó. Unas comieron, otras no. Las primeras criticaban a las segundas y viceversa. La anfitriona se disculpó por olvidar que ese viernes ya sería Cuaresma. Sentía un nudo en la garganta pues el altercado escaló y se escucharon algunas descalificaciones.  

Aprender dominio propiopara amar

John Henry Newman insistía en que las prácticas espirituales externas sólo tienen valor cuando transforman el corazón. Él decía que el sacrificio corporal tiene sentido cuando ayuda a purificar el alma y a orientar la voluntad hacia Dios. El ayuno es un acto pedagógico: el cuerpo enseña al alma a amar mejor.

La iglesia nos invita a practicar el ayuno en Cuaresma con un sentido trascendente: aprender dominio propio para amar.

Vivimos en una cultura donde casi todo está disponible de inmediato —comida, entretenimiento, información— el ayuno puede parecer una costumbre extraña, masoquista,  incluso inútil. ¿Por qué privarse voluntariamente de algo tan básico y lícito como el alimento?

Sin embargo, el ayuno es una de las prácticas humanas más antiguas y universales. Mucho antes del cristianismo, distintas civilizaciones descubrieron que renunciar por un tiempo a la comida podía ayudar al ser humano a ordenar su vida interior.

En el judaísmo, por ejemplo, el ayuno ocupa un lugar central en el Yom Kippur, el Día de la Expiación, cuando el pueblo reconoce sus faltas y busca reconciliarse con Dios. En el islam, millones de creyentes practican cada año el ayuno durante el Ramadán como ejercicio de purificación y obediencia. También en tradiciones espirituales de Oriente, inspiradas por Siddhartha Gautama, Buda, la moderación en la comida ha sido vista como una forma de disciplina interior.

Este acuerdo entre culturas revela algo importante: el ayuno responde a una intuición profunda del corazón humano.

¿Qué es ayunar?

Ayunar no consiste simplemente en dejar de comer. Su sentido más profundo es recordarnos que no todo deseo debe satisfacerse inmediatamente. En un mundo que nos empuja constantemente al consumo, el ayuno se convierte en una pequeña escuela de libertad. Nos enseña que somos capaces de dominar nuestros impulsos y elegir lo que realmente importa.

Además, el ayuno tiene un valor humano muy concreto. Al experimentar voluntariamente la privación, aunque sea por poco tiempo, se despierta en nosotros una mayor sensibilidad hacia quienes viven diariamente la escasez. Lo que para algunos es una práctica espiritual, para millones de personas es una realidad cotidiana. El ayuno, vivido con conciencia, puede convertirse así en un puente hacia la solidaridad.

La Iglesia dice…

El cristianismo asumió esta práctica antigua y le dio un sentido nuevo. Antes de comenzar su vida pública, Jesucristo ayunó durante cuarenta días en el desierto. Por eso la Iglesia propone el ayuno especialmente durante la Cuaresma, como preparación para la Pascua.

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que el ayuno, unido a la oración y a la limosna, forma parte del camino de conversión del cristiano. No se trata de castigar el cuerpo ni de cumplir una regla exterior, sino de abrir espacio en el corazón para Dios y para los demás.

Por eso la Iglesia insiste en que el ayuno sólo tiene sentido cuando va acompañado de una verdadera transformación interior. Papa Francisco lo ha explicado con palabras muy claras: el ayuno auténtico no consiste solamente en reducir la comida, sino en renunciar a aquello que daña a los demás: la indiferencia, la dureza de corazón o las palabras que hieren. De lo contrario, el ayuno se convierte simplemente en una dieta.

La sabiduría cristiana lo ha entendido siempre así. Como escribió San Agustín de Hipona: “Ayuna de palabras hirientes, y aliméntate de palabras bondadosas”.  

Esta es una invitación que renueva hoy nuestro Papa León XIV en su reciente Mensaje para la Cuaresma: “Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo”.

Tal vez ahí esté el verdadero sentido de esta práctica antigua: el ayuno nos ayuda a recordar que el ser humano no vive sólo de lo que consume, sino de lo que ama.

Y que la conversión que Dios espera no empieza en el estómago, sino en el corazón.

Por eso la liturgia de la Cuaresma nos recuerda las palabras del profeta: “¿No será más bien este el ayuno que yo quiero?, romper las cadenas injustas, compartir tu pan con el hambriento, no desentenderte de tu hermano” (Is. 58, 6-7).

Apegarnos a la ley despojándola de su sentido, nos divide y envenena. Llevar adelante las prácticas Cuaresmales lo mejor posible SÍ… pero cultivando primeramente su auténtico sentido: dominarnos a nosotros mismos para amar de verdad. 

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