El examen

2026 comienza con un renovado “giro católico”, invitándonos a un examen personal sobre nuestra fe y cómo vivimos el compromiso cristiano en la sociedad.

2 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Apenas ha empezado este nuevo movimiento social, cultural y eclesial que algunos han querido llamar “giro católico”, y ya hay quien lo ha matado, enterrado y le ha dicho la misa funeral. Si pensamos que Cristo se pasó media vida hablando de siegas y siembras, (con lo que esto tiene de espera y paciencia) resulta gracioso que nuestra sociedad Click and Collect quiera que el giro se dé ya, ahora, sin esperas…, quizás para pasar a otra pantalla lo antes posible.

2026 comienza, y esto es innegable, empujado por cierta corriente de optimismo dentro de la Iglesia, producida por la constatación de que, más a pesar de nosotros que gracias a nosotros, hay una parte de la sociedad a la que el nihilismo posmoderno ya no puede engañar y vuelven, de un modo u otro, sus ojos a la fe; o al menos, a una antropología de base cristiana, custodiadora de la Belleza “siempre antigua y siempre nueva”.

Ya no son solo las diferentes manifestaciones culturales que, en el cine, la música o las redes sociales, han recuperado la búsqueda de Dios, o la espiritualidad, como “un tema a tratar”. También en una buena parte de la labor pastoral que se encuentra ante el reto de responder, de manera adulta y formada, a las preguntas de miles de personas que buscan, y quieren encontrar en la Iglesia “cosas claras”: compromiso concreto, maneras de vivir que se alejen de la facilonería buenista del todo vale y preocupación por los demás que supera los eslóganes.

La pelota que tenemos los católicos en nuestro tejado es de cuero, no de espuma y cuando te da, a veces, duele. Transmitir el depósito de la fe es responder a las preguntas que León XIV recoge en la impactante carta apostólica In Unitate fidei sobre el Credo niceno-constantinopolitano: 

¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo, cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de la tierra, que pertenecen a todos, de manera justa y equitativa? ¿Cómo trato la creación, que es obra de sus manos?”. Responder a estas cuestiones requiere, por parte de cada uno, un verdadero examen personal y una forma de vida que, no sé si formará parte del “giro católico” cultural, pero seguro, cambiará nuestras vidas.

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