Hace años que educadores, psicólogos y familias alertan sobre el consumo masivo de pornografía entre adolescentes. Sabemos —porque los estudios lo confirman— que la exposición comienza cada vez más temprano, que afecta la percepción del cuerpo y distorsiona la comprensión del consentimiento. Esa preocupación es legítima. Pero mientras mirábamos hacia esa orilla, ha ido creciendo silenciosamente otro fenómeno que merece la misma atención: la popularización de novelas eróticas difundidas por redes sociales, clubes de lectura y plataformas como BookTok.
Hoy basta entrar a cualquier librería para comprobarlo. La sección “juvenil” está inundada de portadas con advertencias de spicy, corazones en llamas y etiquetas que clasifican el nivel de contenido explícito. A veces son obras de ficción para jóvenes; otras, dirigidas claramente a adultos, pero adquiridas masivamente por adolescentes. En casi todas, las tramas giran en torno a vínculos hipersexualizados, celos normalizados y una dependencia presentada como el ideal del amor romántico.
Este giro editorial no es azaroso. Responde a la explosión de comunidades en TikTok, donde el hashtag #BookTok ha transformado los algoritmos en las vitrinas más potentes de la década. Bajo etiquetas como Dark Romance o Romantasy, títulos que hasta hace poco habitarían nichos para adultos hoy lideran los rankings de ventas globales. En Chile, basta observar el protagonismo de estas obras en ferias y grandes cadenas: ediciones de lujo con bordes pintados y estéticas irresistibles diseñadas para capturar el deseo de coleccionismo de una generación que, paradójicamente, consume fantasías de posesión y violencia emocional bajo una apariencia de algodón de azúcar.
Y aquí aparece un ingrediente inquietante: la ingenuidad —o resignación— de algunos padres. Mientras sus hijos devoran libros voluminosos, suspiran aliviados: por lo menos no están frente a una pantalla. Preguntan poco y revisan menos. A veces no quieren saber. Pero la lectura no es un bien absoluto por sí mismo: importa el contenido y cómo este moldea la imaginación afectiva de un menor.
No se trata de demonizar la literatura; la palabra escrita tiene el poder de abrir mundos y sanar heridas. Sin embargo, los libros educan —incluso sin pretenderlo— y el consumo masivo de ciertas narrativas modela la idea de deseo y vínculo. Cuando una adolescente lee, una y otra vez, historias donde amar significa perderse en el otro o justificar cualquier exceso en nombre de la atracción física, el mensaje no es neutro. Aprenderá, por ósmosis, que el amor absorbe y controla.
La narrativa erótica contemporánea no solo erotiza: también pedagogiza. Enseña qué es aceptable en una pareja y qué se puede exigir o tolerar. Para muchos jóvenes sin experiencia real, estas obras funcionan como manuales emocionales. Y si los modelos son tóxicos, la huella también lo será. Algunos dirán que “son solo ficciones”, lo mismo que se suele argumentar sobre la pornografía. Sin embargo, ambas construyen expectativas irreales. Cuando la sexualidad aparece sin contexto humano, las fronteras del consentimiento se vuelven borrosas: lo que en la realidad sería una agresión, en el papel se celebra como “pasión irresistible”.
Y en medio de este fenómeno, la industria editorial ha encontrado una veta de oro: mover la frontera de lo “apto” mientras maquilla el contenido como empoderamiento femenino. Se empaquetan relaciones de control, poder asimétrico o dependencia emocional bajo el discurso de la libertad y el deseo propio. Pero si el empoderamiento consiste en soportar daño en nombre del amor, algo grave estamos confundiendo. El mercado vende una educación afectiva de bajísimo costo ético y altísima rentabilidad emocional.
No podemos dejar toda la responsabilidad en el criterio del menor o en el ojo cansado de los padres. Cuando se etiqueta como juvenil una trama que contiene dinámicas de abuso y relaciones disfuncionales romantizadas, se prioriza la venta por sobre la protección del desarrollo emocional. Y el resultado es que muchos adolescentes están recibiendo, sin mediación adulta, una “educación sexual” que no se reconoce como tal.
¿Qué hacer? Prohibir no basta; lo clandestino siempre atrae. Lo que necesitamos es conversación y alfabetización emocional. Así como pedimos educación sexual integral, necesitamos también una mirada crítica del consumo cultural. Leer con ellos, preguntar: ¿esto es amor o es control? ¿Dónde aparece el respeto? ¿Qué imagen del cuerpo y de la mujer se transmite?
Como sociedad hemos reconocido el daño que la pornografía puede causar; no ignoremos ahora su versión impresa, maquillada de sensibilidad. No basta con celebrar que nuestros hijos pasen las páginas: el verdadero desafío es ayudarlos a leer con lucidez para que no confundan un corazón en llamas con un vínculo que los consume. Porque amar no es poseer, ni anularse, y ninguna novela —por muy exitosa que sea— debería enseñarnos lo contrario.
Periodista y profesora de Lenguaje y Literatura. Combina su trabajo docente —en enseñanza media y universitaria— con proyectos de difusión cultural, lectura y escritura.




