En cuestión de unos meses, he vivido muy de cerca la entrada de un chico de 20 años en el Seminario y las bodas de dos chicas de 26. Distintos caminos para una misma llamada a dejar las redes y seguir a Dios por donde Él quiere.
En estos días previos a la celebración del Día del Seminario (22 de marzo), se nos invita a reflexionar sobre la vocación cristiana, esa contra la que una famosa cómica española dirigió el otro día un furibundo ataque, no tanto, creo yo, por verdadero odio hacia el cristianismo sino porque «no sabe lo que hace».
Y es que es imposible entender, para quien vive en una clave exclusivamente material, que un joven o una joven elija dejar de vivir para sí mismo para disponerse a vivir para los demás ya sea en un matrimonio cristiano o en una vocación sacerdotal o religiosa. «Le han tenido que comer el cerebro», piensan quienes no se dan cuenta de que tienen el suyo como un queso de gruyere por culpa de las ideologías, auténticas religiones políticas que no solo dejan vacíos a sus adeptos, sino que, bajo la promesa de hacerlos más libres, los esclavizan.
Otros dioses
La llamada a dejar las redes que hizo Jesús a sus discípulos cobra plena actualidad en un mundo tan enredado como el que afronta la humanidad en este segundo cuarto del siglo XXI. Nuestros jóvenes viven atados por el fino hilo del dios dinero, por el sedal transparente del dios de la estética, por el delgado alambre del dios de la carrera profesional, por el cable invisible del dios de los afectos, por el ligero filamento del mundo digital…
Como esos aparejos fantasma que andan a la deriva por los mares enredando a las criaturas marinas que se cruzan con ellos, extenuándolos hasta la muerte, muchos chicos y chicas viven enganchados, sin darse cuenta, a una bola enorme de finos hilos que les impide nadar libres. Los datos lo dejan claro: la juventud ya no es la edad dorada sino todo lo contrario. Las generaciones más jóvenes son mucho más infelices que las mayores y el deterioro mental que sufren está adquiriendo tintes de pandemia.
Invitación al amor
¿Qué ha pasado para que, a pesar de tenerlo casi todo, no puedan con sus vidas? ¿No será que el ser humano es algo más que materia y que esta se escacharra si no descubre que es algo más? La llamada de Jesús a sus discípulos a dejar las redes no fue un mandato desde la autoridad, sino una invitación, desde la libertad, a desatarse y descubrir ese «algo más», el secreto de la auténtica felicidad: amar. Porque vivir solo para uno mismo nos empobrece y limita nuestro espíritu que está hecho para salir al encuentro con los demás, para amar y servir.
¡Cuánta alegría transmiten esas personas que viven por y para el otro! Madres y padres de familia que se desviven por su cónyuge y sus hijos, sacerdotes entregados a su parroquia, religiosas y religiosos que cuidan de sus hermanos de comunidad y viven a fondo su carisma contemplativo o activo, o voluntarios que ponen su grano de arena en la construcción de un mundo mejor. Todos ellos demuestran que la vida, cuando se da, se recibe y cuando se busca retenerla, se pierde.
El testimonio de la juventud
Ver a jóvenes que nadan a contracorriente diciendo sí al Señor a pesar de todas las dificultades que conlleva hoy en día, denuncia mi falta de fe y de esperanza. Falta de fe porque olvido que Dios es Padre que cuida de los suyos y de esperanza porque me da miedo el futuro, ese que no depende de mí, ni de la última ocurrencia de Donald Trump, sino solo de Dios.
El testimonio de los seminaristas, la experiencia de los chicos y chicas que deciden abrazar la vida religiosa, el ejemplo de las jóvenes parejas de novios, son un enorme grito profético que debería despertar de su letargo a una sociedad adormecida por los nuevos opios del pueblo. Los jóvenes que dejan sus redes y comienzan a caminar siguiendo a Jesús nos marcan el camino a los temerosos y nos hacen ver que el futuro no es tan negro como nos pintan los telediarios.
Y es que, como recordaría san Pedro en el libro de los Hechos «vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones». Pues eso.
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.




