Los globalistas persiguen desde los años 70 dos objetivos principales: (1) la cesión de las soberanías nacionales a organismos supranacionales globales, lo que lleva implícito la supresión progresiva de la propiedad privada y la libertad; (2) la reducción de la población y la gestión de ese decrecimiento.
El “calentamiento global” y el “cambio climático” son conceptos promovidos por los neo-Malthusianos globalistas del Club de Roma desde al menos 1991. Es entonces cuando se empieza a utilizar el calentamiento global como pretexto para que la opinión pública acepte una gobernanza supranacional global.
El Club de Roma dice literalmente en su libro «La primera revolución global» de 1991:
- “En la búsqueda de un enemigo común contra el cual todos pudieran unirse, se nos ocurrió la idea de que la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, la hambruna y cosas similares serían la solución”.
- «Esos peligros son causados exclusivamente por el hombre y por tanto la conclusión, enunciada explícitamente en el libro, es clara: El verdadero enemigo entonces es la propia humanidad”.
- «Si la existencia misma de la humanidad es la gran amenaza, será fácil unir a la opinión pública y convencerla de sacrificar sus propios derechos y de que se someta al control global bajo la creencia de que la especie humana es demasiado peligrosa para que se le permita libertad».
El Club de Roma describe en su historia oficial que la Cumbre de Río de 1992 de la ONU y la Agenda 21 «se hicieron eco de muchas de las ideas fundacionales del Club”, como la necesidad de poner límites al crecimiento, la interconexión de problemas globales (el cambio climático, la expansión de la población y la escasez de recursos), y la urgencia de un desarrollo equilibrado.
La Agenda 2030
La Agenda 2030 aprobada por la ONU en 2015 (cuyo origen está en la Agenda 21 de 1992 y en los Objetivos del Milenio del año 2000), tomó esa bandera y desarrolló sus objetivos en torno al cambio climático y a la “sostenibilidad” de la economía, mediante el concepto de «gobernanza global» que aparecerá en los documentos posteriores de la ONU que desarrollan la Agenda.
Así, la Agenda menciona la palabra «sostenible» 223 veces, «cambio climático» 20 veces, «ideología de género» 15 veces; mientras que «libertad de expresión», «libre mercado», «propiedad privada», «libertad de culto», o «transcendencia», las menciona… 0 veces.
Los impulsores de la Agenda 2030 plantean un escenario catastrofista sobre el clima similar al que planteó el Club de Roma, para hacernos creer que la única solución es la aceptación de medidas «globales» decididas por organismos no democráticos.
Propuestas concretas
La Agenda asegura querer poner fin al hambre y duplicar la productividad agrícola, pero propone medidas que promueven justo lo contrario. Bajo la coartada del cambio climático, la Agenda 2030 propone una verdadera declaración de guerra contra los agricultores y ganaderos, así como contra la industrialización de muchos países.
- Afirma querer combatir la pobreza, pero sus políticas no hacen más que aumentarla al suprimir la libertad y la propiedad privada y el crecimiento, que son la esencia del progreso económico.
- Pretende hacer creer, contra toda evidencia, que son los Estados y no los individuos los que crean riqueza.
- Plantea una actitud neocolonialista hacia los habitantes de los países más pobres, imposibilitándoles la utilización de sus recursos energéticos y por tanto negándoles la capacidad de ser protagonistas de su propio desarrollo.
A los promotores de la Agenda 2030 no parece importarles que, habiendo transcurrido casi la totalidad del plazo, el avance en la consecución de sus 17 objetivos sea calificado por muchos analistas como “insuficiente” o incluso “deficiente”.
No les preocupa porque los verdaderos objetivos de la Agenda 2030 son los mismos que los de los globalistas: la cesión de la soberanía de los pueblos, la reducción de la población mundial y la gestión del declive. Para alcanzar estos objetivos saben que es necesario el control de las mentes y, muy concretamente, el control de las fuentes de energía. Y en esos aspectos los globalistas han avanzado mucho.
Efectivamente, el globalismo ha conseguido que el “ecologismo climático” se haya convertido en una «nueva religión» laica. Las distintas organizaciones supranacionales globalistas, desde el IPCC hasta el Foro de Davos, pasando por la OMS, han utilizado el cambio climático con gran éxito en la formación de lo que se llama “psicosis de masas”.
El proceso de formación de las psicosis de masas necesita primero que una buena parte de la sociedad se sienta sola, desconectada, aislada, sin sentido en sus vidas. Para eso es necesario primero desligar a la sociedad de su religión, de Dios, del sentido trascendente de sus vidas. En Occidente eso quiere decir descristianización.
Cuando algún estamento u organización someten a esa parte de la población que han perdido la razón de ser de sus vidas, a un intenso «estado de miedo» mediante propaganda (sobre cualquier tema), se alcanza un estado crítico a partir del cual si se ofrece a esas personas algo por lo que luchar, por irracional que sea, sus vidas cobrarán sentido de nuevo e inmediatamente se sentirán conectadas.
Con frecuencia, esas personas se volverán radicalmente intolerantes. Estarán dispuestas a sacrificar cualquier cosa para conseguir lo que la propaganda les ha presentado como un objetivo común que solucionará sus miedos.
Cuando se ha conseguido que este tipo de psicosis eche raíces en la población más susceptible (no se necesita más de un 20% o 30% de una sociedad), gran parte del resto les seguirá por mimetismo, y la mayoría de la sociedad acabará siendo partícipe de la misma psicosis, cerrando el ciclo del proceso de formación de masas.
El resultado final de la formación de masas es equivalente a una hipnosis colectiva.
Este proceso de manipulación, que comienza con propaganda sobre una minoría, es el que utilizan las elites para que sea la propia sociedad la que persiga a los que discrepan del relato oficial – en distintos ámbitos. Pero la persecución en sí misma no es lo importante, es simplemente instrumental para que las élites puedan conseguir los objetivos de su agenda oculta.
El proceso de descristianización primero y después de propaganda y exageración respecto al calentamiento global antropogénico, la ideología de género, las pandemias, o cualquier crisis o tema que se presente como un problema «global», no tiene nada que ver con el medio ambiente, ni con la identidad, ni con la salud. Tiene que ver con ese proceso de formación de psicosis de masas para deconstruir la sociedad, con el objetivo de que determinados grupos o personas no elegidas democráticamente puedan imponer su Agenda. Y ganar más poder y dinero.
Han sido especialmente eficaces con respecto al control demográfico, porque el mundo ya está cerca del momento en el que la población, en su totalidad, empiece a decrecer.
Disminución de la fertilidad
La tasa de fertilidad mundial es ya menor de 2,2 hijos por mujer, que es la verdadera tasa de reposición global (no 2,1 como suele considerarse, dada la alta mortalidad en los países en desarrollo). De no cambiar mucho las cosas, a partir de 2050 la población mundial comenzará a decrecer rápidamente. La población nativa ya ha comenzado a decrecer de forma importante en la práctica totalidad de los países de Europa, en China, Corea del Sur, Rusia, Japón, Cuba y Tailandia.
Se estima que en los países que ahora tienen tasas de fecundidad cercanas a 1 hijo por mujer o menores y que no aceptan inmigrantes, como China, la caída de su población en unas décadas será mayor que durante la peste negra.
La reducción de la población nativa ha comenzado también en Francia en 2025 (en España comenzó en 2015). Por ello Macron acaba de pedir a los franceses que tengan más hijos. Parece una ironía de mal gusto (del tipo «paga tú, que invito yo»), porque Macron no ha tenido hijos y es el principal promotor de que se haya incluido en la Constitución francesa el «derecho» al aborto.
El colapso de la tasa de fertilidad ocurre ya en todas las clases sociales: Por ejemplo, Hispanoamérica en su conjunto ya tiene una tasa de fertilidad inferior a la de EEEUU, al contrario de lo que venía ocurriendo históricamente. Y las mayores contribuciones a esa reducción de la fertilidad provienen de mujeres jóvenes y poco educadas, no entre las mujeres hispanas más cultas como ocurría hasta ahora.
La demografía no solo es importante para los que creemos en la transcendencia del ser humano (tener hijos para que disfruten de este maravilloso mundo, lleno de formas de vida bellísimas, para que sean felices primero aquí en la tierra –ayudando con sus ideas y su trabajo a los demás–, y luego sean mucho más felices con Dios en la eternidad). La demografía es esencial para la economía. Porque la economía solo crece si crece la productividad o la población.
La reducción de la natalidad no se debe a la píldora, como muchos sostienen de manera simplista. La píldora es un síntoma, no la causa. La razón de que la gente quiera usar la píldora para no tener hijos es más profunda. La pérdida del sentido transcendente de la vida ha vuelto a la sociedad más egoísta y desesperanzada. La píldora es una droga excelente para esa mentalidad. Así, ha sido fácil que el ecologismo climático haya sustituido al sentido transcendente y la esperanza.
Producción de alimentos
La psicosis de masas del decrecimiento es tan profunda que no son capaces de aceptar lo irracional que es pensar que el planeta está sobre poblado y que es insostenible un mayor crecimiento. La mayoría del planeta Tierra está deshabitado y la producción de alimentos crece mucho más rápido que la población desde hace decenios.
La producción de alimentos se ha multiplicado desde 1961 mucho más rápido que la población, en todos los continentes; y esto con un aumento mínimo de la superficie de tierra utilizada en términos absolutos y con una reducción drástica en términos de hectáreas utilizadas por habitante. Según distintos estudios, este gran incremento de productividad agrícola no es tanto debido a las mejoras de las técnicas de cultivo (aunque también), sino principalmente a la mayor concentración de CO2 en la atmósfera, que potencia muy significativamente la productividad agrícola (y con un menor consumo de agua).
El área ocupada por las urbanizaciones humanas, incluyendo todas las carreteras, representa solo el 1,56% del terreno continental del planeta (sin contar un solo cm2 de las orillas del mar), o el 2,93% si eliminamos las áreas continentales hoy por hoy no habitables (desiertos, zonas heladas, montañas, ríos, lagos y marismas). Las zonas dedicadas al cultivo ocupan el 10,56% del terreno continental, pero estas son áreas donde habita también mucha fauna salvaje, no son terrenos ocupados en exclusiva para el hombre.
Algunos dicen que la IA y los robots humanoides mejorarán tanto la productividad, que la economía crecerá exponencialmente sin necesidad de ningún empuje del crecimiento demográfico. En mi opinión, sostener que eso es lo que ocurrirá a largo plazo en un mundo cada vez más y más lleno de viejos y con poblaciones fuertemente decrecientes es extraordinariamente especulativo, por no decir ingenuo. Tal vez sectores como el de los pañales para viejos, los viajes del Imserso y los robots para atender geriátricos sí crezcan durante unas pocas décadas, pero a partir del punto en el que la vasta mayoría de la sociedad sean viejos y la población decrezca aceleradamente, no se me ocurre ninguna industria que pueda crecer, ni siquiera apoyada en la IA y los robots humanoides.
No hay nada más importante para la Tierra (y para el Cielo) que revertir la natalidad.
Analista. Ciencia, economía y religión. Cinco hijos. Banquero de inversiones. Perfil en X: @ChGefaell.



