El 6 de enero —o el primer domingo del año— se celebra la llegada de los Reyes Magos a la gruta de Belén. Aquellos sabios venidos de Oriente encarnan el arquetipo —figura, símbolo y modelo permanente— de todos los que buscan la verdad allí donde ésta pueda encontrarse.
La Verdad eterna llevaba apenas unos días habitando nuestra historia. Primero se reveló a unos pastores humildes, que dormían al raso y que, sin esfuerzo ni búsqueda, se encontraron inesperadamente envueltos en la Gloria (Lc 2, 8). Pero la solemnidad de hoy nos recuerda que, para la mayoría de los hombres, el encuentro con la verdad no se recibe sin más: exige una búsqueda laboriosa, un avanzar decidido, y, con frecuencia, un largo viaje.
Los reyes magos simbolizan el ansia de conocer y la necesidad innata de alcanzar el objeto propio de la inteligencia: la verdad. «Todos los hombres desean por naturaleza saber» (Aristóteles, Metafísica, I, 1, 980a1) y, la verdad se deje conocer por todos los que la buscan con rectitud.
San Mateo nos presenta a unos hombres inquietos, capaces de mirar el cielo con una apertura de alma que les permite ver más allá de lo que el común de los mortales percibe: «Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (Mt 2, 2). Lo que puso en marcha sus largas jornadas no fue una curiosidad fugaz, sino una experiencia compartida que dio origen a una hipótesis audaz. En su caso fue una estrella; en el nuestro puede ser un acontecimiento inesperado, una pregunta interior, una herida, una alegría… cualquier cosa capaz de despertar el deseo de sentido.
Jordan Peterson ha descrito con precisión esta dinámica del pensamiento: «Una pregunta que no aborda un problema lo bastante difícil no atraerá la atención de los investigadores… La pregunta debe existir en la frontera entre el orden y el caos; debe contener una mezcla de lo verdaderamente desconocido».
Los magos se atreven a cruzar precisamente esa frontera. Se ponen en camino: aceptan el riesgo de abandonar lo conocido para adentrarse en lo desconocido, con todo el esfuerzo, la vulnerabilidad y la esperanza que ello implica. Toda búsqueda verdadera es una peregrinación, y toda peregrinación es siempre doble: exterior e interior.
Una vez planteada la pregunta y emprendida la ruta, llegan a Jerusalén (Mt 2, 1-4). Allí recaban información y consultan a Herodes, a los sumos sacerdotes y a los escribas. En ese gesto se da una lección decisiva: ningún auténtico descubrimiento prescinde de la tradición. La verdad no se inventa; se reconoce. Solo quien se apoya en lo que otros han comprendido antes puede ver más lejos. Ignorar el legado de la humanidad sería tan absurdo como iniciar un viaje sin conocer el mapa.
Estos personajes no buscan recompensas ni favores; al contrario, llegan ofreciendo dones. Porque la verdad es, en sí misma, la mayor recompensa: vale más que todas las riquezas simbolizadas por el oro, más que los sacrificios evocados por la mirra y más que la humildad del incienso, que recuerda que no somos nosotros la medida de las cosas, sino que es la verdad la que nos mide y se nos revela.
La escena que corona su viaje —el Niño con María, su Madre— ocurre en la realidad más concreta, en el contacto directo con lo real. «El gozo intelectual se produce cuando emerge una nueva comprensión… Sé bien dónde buscarlo: en territorio desconocido». Ninguna representación, por elaborada que sea, puede sustituir la fuerza del encuentro directo: «No es lo mismo verlo que te lo cuenten».
Los sabios de oriente, al llegar al lugar indicado, experimentan ese gozo profundo: la intuición que se confirma, la búsqueda que se ilumina, la hipótesis que desemboca en un encuentro. Entrar en la casa, ver al Niño, adorarlo… cada gesto marca el paso de la razón inquieta al asombro humilde, del pensamiento a la adoración.
El relato termina diciendo: “se retiraron a su país por otro camino.” (Mt, 2, 12) Quién descubre la verdad no puede volver sobre sus pasos, sino su vida se ve transformada. La Epifanía celebra a estos grandes inquietos, buscadores de la verdad que no temieron arriesgarlo todo para seguir una luz tenue pero verdadera.




