Montado en el coche de mis abuelos, de repente, la primavera. Todos los años llega igual: hay una curva de camino a su casa en la que hay unos almendros. Siempre son los primeros en florecer. Y la primavera llega cuando mis abuelos dan la orden, cuando mi abuela se alegra de golpe y los dos comentan esas primeras flores.
La primavera se adelanta a cuando mis abuelos no aguantan más para verla, porque necesitan aire y buen tiempo. Mis abuelos tienen un jardín precioso, se esfuerzan en cuidarlo cada día, y conspiran felices sobre sus frutales y sus flores.
Por eso la primavera aparece esa semana de febrero. Porque mis abuelos deciden. Me imagino a la primavera esperando a ver a mi abuelo agarrado al volante, tomando la curva. Y a mi abuela curvando la sonrisa, y exclamando feliz. Entonces la primavera decreta: ya se puede, a trabajar, muchachos. Y la tierra bulle fértil.
Voy los martes a comer a casa de mis abuelos. En la sobremesa hablamos de qué barbaridad cómo pasa el tiempo. Santiago en septiembre entrará en la universidad. Y a Cris le ha ido muy bien esa entrevista de trabajo. La alegría de tener nietos.
Sonrío. Somos cómo los primeros almendros de la primavera. No sé si mis abuelos sonríen porque florecen, o porque mis abuelos sonríen florecen.
Lo que es seguro es que mis abuelos conspiran felices sobre flores y frutales. También sobre sus nietos. Quieren dar el gran golpe: que llegue la primavera.
La primavera de los nietos empieza como la de los almendros: cuando se juntan dos curvas. La que baja hacia su casa, la que dibuja su sonrisa.



