Misioneros digitales, ¿se debe cobrar por evangelizar?

Durante mucho tiempo yo pensaba que no, pero hace un año cambié de opinión por completo. Creo que los evangelizadores verdaderamente exitosos hacen muy bien en pedir altas cantidades de dinero si “el mercado” de oyentes católicos está dispuesto a pagarlo, es decir, si el contenido que ofrecen es bueno de verdad.

3 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 11 minutos
cobrar por evangelizar

El fenómeno de los evangelizadores digitales o influencers cristianos está creciendo a buen ritmo y se nota que influye mucho en la cantidad de jóvenes que “salen del armario” con naturalidad para mostrar su fe, impulsando así el llamado giro católico. Este fenómeno alegra a numerosos católicos y produce conversiones y consuelo a numerosos creyentes. 

Sin embargo, a algunas personas empieza a preocuparles que una parte de los evangelizadores exitosos cobren por el contenido que generan, especialmente si ya tienen una profesión. Es una preocupación muy razonable, pues a todo el mundo le viene a la mente aquellas palabras de la escritura, “lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. 

Los apóstoles e infinidad de santos no han cobrado por su actividad evangelizadora. La fe es un don, un regalo, ¿cómo va uno a cobrar por darlo a conocer? 

Habría que decir, que esto no es del todo cierto, pues la Iglesia (principalmente los laicos) mantienen con sus donativos al clero, y además en España lo hacen también a través de la X de la declaración de la renta. 

Los sacerdotes reciben como sustento lo suficiente para vivir y tienen bastante asegurado su mantenimiento (aunque también podríamos discutir si no debería ser algo más, pues muchos de ellos viven con estrechez económica para atender sus cargas familiares). Algo similar sucede con los miembros de las órdenes religiosas, que buscan sus recursos pidiendo donativos a los fieles y gestionando su patrimonio. 

Pero los católicos aceptamos con naturalidad el coste de la matrícula en facultades eclesiásticas, pues entendemos que la formación de calidad requiere una estructura financiera sólida. Es verdad que uno podría argumentar que no es lo mismo la evangelización que la formación, pero lo cierto es que esa frontera cada vez es más difusa en nuestros días. 

Lo que a algunos no les parece razonable

La gente entiende perfectamente que si un evangelizador exitoso da una charla, se le paguen gastos de desplazamiento, alojamiento e incluso una compensación razonable por el tiempo invertido. Eso es justicia, no mercantilismo. “El obrero merece su salario”, dice la Escritura. Hay familias, hipotecas, gasolina y alimentos que pagar. 

El problema llega cuando algunos evangelizadores exitosos piden cantidades elevadas de dinero por acudir a una parroquia, un colegio, una universidad o una asociación para dar una charla. En ese caso, algunos se llevan las manos a la cabeza, se escandalizan o reprochan a los ponentes que pidan mucho dinero por ayudar a la gente a acercarse a Dios. 

Durante mucho tiempo yo pensaba así, pero hace un año cambié de opinión por completo. Creo que los evangelizadores digitales o los misioneros católicos son verdaderamente exitosos hacen muy bien en pedir altas cantidades de dinero si “el mercado” de oyentes católicos está dispuesto a pagarlo, es decir, si el contenido que ofrecen es bueno de verdad.

Igual que un católico paga 10 € por ver una película en el cine que le entretiene dos horas, no debería extrañarnos que otra persona pida 2.000 € por dar una conferencia a 300 personas. La cuestión no es si eso es mucho o poco dinero para una persona por un trabajo que le lleva unas pocas horas, la cuestión es si de verdad el valor que aporta su intervención es realmente bueno. 

¿Cuánto vale un contenido realmente bueno?

¿Cuánto debería valer una sesión que motiva a una persona a leerse la Biblia entera porque por fin ha comprendido lo importante que es? ¿Y una que convence a los jóvenes sobre la conveniencia de no tener relaciones sexuales antes del matrimonio? ¿Y una que explica la Misa tan bien que uno empieza a acudir a diario? ¿Cuánto debería valer una conferencia que consigue ilusionarte para evangelizar a tus amigos y compañeros? ¿Y si te hace profundizar en tu vida de oración o la devoción a la Virgen?

Pues bien, creo que si de verdad la sesión es buena, deja huella, motiva, etc. cualquier católico pagaría con gusto 10 € para conseguir un bien tan positivo para su vida y su fe.

Insisto: el tema no es la cantidad que pagan los asistentes o los organizadores por una conferencia, el tema es si ese dinero compensa la calidad del contenido. 

¿Cómo es la vida de un evangelizador exitoso?

Entiendo que en contexto eclesial mucha gente hace cosas gratis. Es lógico que sea así, pues hay un fuerte sentido de misión y lo de menos en obtener un beneficio personal. Esto ha sido lo habitual entre los sacerdotes y religiosos, entre otras cosas porque suelen tener lo necesario para vivir. 

Por supuesto, también muchos laicos ayudan altruistamente en sus parroquias, e incluso en los últimos tiempos muchos matrimonios con hijos pequeños muestran gran generosidad sirviendo en retiros de Emaús o Amor conyugal.

Teniendo todo esto en cuenta, uno puede preguntarse por qué algunas pocas personas piden mucho dinero por evangelizar. Y la respuesta se entiende mejor si uno mira las cosas desde el punto de vista del evangelizador de éxito. Estas personas empiezan acudiendo a parroquias o grupos cercanos a su contexto, lo hacen encantados y sin cobrar. 

Sin embargo, como lo hacen excepcionalmente bien, de cada sesión que dan les salen dos o tres nuevas. Y por supuesto, a todos los sitios a los que les invitan son lugares estupendos, con gente buena dispuesta a formarse, gente con hambre de mejorar su vida cristiana, etc. ¿Cómo puede intentar cobrar por difundir el bien? 

Cuando uno da una o dos sesiones al mes, sin tener que hacer viajes largos o noches fuera de casa, la situación es razonable, pero cuando uno recibe más de 10 solicitudes al mes, tiene que escoger entre varias opciones. 

La primera de ellas es decir que no al 80 % de las solicitudes (algo que no suele gustar a los que les invitan ni al propio invitado, pues pierde una buena ocasión para evangelizar); la segunda opción es decir que sí a casi todo y acabar agotado en unos pocos meses, pues no es posible aguantar semejante ritmo de vida; la tercera posibilidad es tratar de encontrar un equilibrio entre el esfuerzo que se realiza y la compensación económica que se recibe. 

¿Por dónde tiran los evangelizadores exitosos?

Llevo dos años siguiendo de cerca la actividad de muchos evangelizadores digitales y he tenido ocasión de conocer a una veintena de ellos en España. Cuando uno habla con los que son laicos sobre cómo se ganan la vida, se da cuenta de que todos se encuentran ante el mismo dilema: decir que no a la mayoría de invitaciones que reciben, decir que sí a muchas cosas y acabar agotados, o lanzarse a profesionalizar su labor evangelizadora. 

Esta última opción es la más arriesgada para ellos y, además, en dos sentidos. En primer lugar, reciben el rechazo y el juicio severo de muchos creyentes, que no entienden que cobren grandes sumas por sus charlas. 

En segundo lugar, se enfrentan al vértigo de lanzarse a emprender, algo que no está en la mentalidad general de los españoles, muchos de ellos acostumbrados a desear una vida de funcionario y un trabajo seguro. Y es que vivir como autónomo no está de moda ni es seguro, pero eso sí, que se arriesguen otros, es su obligación moral… 

Un vistazo a los números

Empecemos viendo los números. Pongamos un caso hipotético. Alguien pide 1.000€ por dar una sesión. Sin duda es mucho dinero si lo comparamos con el sueldo mínimo o medio. Ahora bien, si esa persona da 5 conferencias al mes, estos serían los números reales. 

Con 5.000 € de facturación total la realidad es que a su bolsillo llega poco más de la mitad de lo que pagan los clientes, pues deben restar el IVA, el IRPF y la cuota de autónomos. Al final, tras este desfile de impuestos, el sueldo neto real es de aproximadamente 2.800 €; es decir, de cada conferencia de 1.000 €, el conferenciante recibe 560 € y el Estado 440 €. Y esto sin olvidar que uno no tendría derecho a paro o a una baja por enfermedad o accidente… 

Si el conferenciante tuviera otro trabajo y cobrara las conferencias como un complemento a su sueldo, tampoco mejoraría mucho la cosa, pues de los 5.000 € facturados, le quedarían realmente limpios unos 2.400 €, pues el Estado se quedaría con el 52 %. Es cierto que esta cantidad se sumaría a su sueldo, pero también es verdad que tendría una vida bastante intensa, pues tendría que viajar varias veces al mes y hacer noches fuera de casa, haciendo que su ritmo de vida no fuera nada envidiable.

Así pues, si uno tiene en cuenta todas las variables económicas, ¿puede decirse que pedir 1000 € sea una cantidad desorbitada o inmoral? ¿Es tan grande que como para pegarse la vida padre o más bien no es ninguna locura si uno tiene que pagar una hipoteca, colegios, alimentos, etc? 

El evangelizador laico no tiene la «red de seguridad» de una institución (como una diócesis o congregación), sino que asume el riesgo personal enorme. Pensemos en lo que ocurre si uno tiene un accidente en cualquier momento, no tiene ni siquiera remuneración por baja.

Forrarse no es fácil, aunque lo parezca

Supongamos que un evangelizador de éxito decidiese dedicarse enteramente a la evangelización y diese dos o tres conferencias a la semana, generando (aparentemente) unos suculentos 10.000 € de ingresos mensuales. Por supuesto, tendría que pasar dos o tres noches a la semana fuera de casa, con el consiguiente desgaste familiar, que haría que su cónyuge seguramente no pudiera trabajar para poder atender a los hijos y la casa adecuadamente.

¿De verdad pensamos que una persona que hace algo muy difícil de hacer cobra desorbitadamente si ingresa 6.000 € (una vez quitados los impuestos) al mes para pagar todas las facturas de su familia? ¿Acaso acabará de pagar su hipoteca antes de los 50 años con esos ingresos? ¿Vivirá con una riqueza llamativa? ¿Se comprará coches de alta gama o irá a restaurantes estupendos?

Pensémoslo despacio, en cualquier ámbito de la sociedad, aquellos que prestan servicios que casi nadie sabe ofrecer ganan dinero suficiente para situarse cómodamente en la vida en poco más de 5 o 10 años. 

Sin embargo, a los evangelizadores de éxito queremos quemarlos en pocos meses a base de machacarlos psicológicamente diciéndoles que tienen que vivir pobremente y con gran incertidumbre cara al futuro. 

Si uno lo piensa, casi todos los evangelizadores de éxito lo son porque tienen grandes cualidades personales, que están bien reconocidas y remuneradas fuera del ámbito de la Iglesia, es decir, que muchas de ellas son personas que ganarían mucho dinero trabajando en cosas alejadas de la fe.

¿De verdad queremos desincentivar a los que mejor pueden evangelizar para que trabajen en otras cosas? ¿Después de dos décadas reflexionando sobre cómo llegar a los jóvenes o evangelizar el continente digital, queremos que los mejores jugadores no jueguen el partido? ¿No es esto hacerle un gran favor al diablo?

Lo que aprendí en un colegio católico

Durante 18 años di clases de Filosofía en un colegio católico de Madrid. Sin duda era un colegio estupendo, tanto académicamente como en su formación espiritual (como muestra un botón, di clase a unos 25 alumnos que luego fueron al seminario). 

Y sin embargo, hace tres años decidí dejarlo, pues me di cuenta que muy pocos estudiantes de ese colegio hacían carreras profesionales que tuvieran un alto impacto social. La inmensa mayoría se convertían en abogados, ingenieros, consultores o banqueros (profesiones dignas y en las que hace falta gente buena). 

Lo malo es que casi ninguno de ellos hacía carreras humanísticas o se dedicaban a profesiones que influyeran en la configuración de la sociedad: docentes, periodistas, políticos, escritores, actores, productores de cine, etc. 

Y es que si la mayoría de alumnos brillantes que estudian en colegios católicos no escogen profesiones que influyan en la configuración de la sociedad por miedo al riesgo económico y social, difícilmente cambiaremos la sociedad. 

Si formamos a los mejores para que solo aspiren a sectores tradicionales por miedo a la precariedad, estamos cediendo los espacios de influencia cultural sin ni siquiera jugar el partido. La profesionalización del evangelizador permite que el talento católico compita en la primera división de la creación de opinión

Lo malo, es que ahora me encuentro con algo todavía peor, cuando veo cómo a los poquísimos evangelizadores de éxito que se arriesgan a tratar de vivir dando mensajes muy necesarios para nuestra sociedad, resulta que son criticados por aquellos que deberían apoyarlos.

Por discreción no voy a dar nombres, pero me ha apenado mucho ver que en los últimos meses dos evangelizadores de éxito han decidido volver al mundo de la empresa, reduciendo muchísimo la aportación que pueden aportar a la causa cristiana. Se han ido porque estaban cansados de ser sospechosos de lucrarse demasiado con la evangelización y ahora dedicarán una parte muy pequeña de su tiempo a la evangelización. 

Por qué debemos pagar mucho y con gusto

Con independencia de que no es inmoral en sí mismo cobrar mucho por un trabajo competente que la gente paga libremente, hay otras razones por las que conviene a los católicos pagar por recibir una buena formación.

Si uno ve lo que ha ocurrido en Estados Unidos en el ámbito de la evangelización digital, se dará cuenta de que gracias a la suscripción mensual de aplicaciones católicas como Hallow, Ascension Press, Word on fire, Formed, Catholic match o Exodus 90, millones de personas están mejorando su formación, aumentando su práctica cristiana o teniendo servicios de streaming con películas adaptadas. 

También hay numerosos congresos católicos por los que se paga una buena entrada y cuentan con patrocinadores importantes para su organización.

Pero España es un país acostumbrado a la piratería, a trabajar en B, tener una mentalidad muy poca emprendedora, que tiende a confundir peligrosamente la gratuidad del Evangelio con el derecho al ‘todo gratis’. Nos cuesta horrores entender que la excelencia requiere inversión y que el talento, si no se sostiene con estructuras profesionales acaba asfixiado por un voluntarismo mediocre. 

Tenemos una suerte de alergia colectiva al éxito en los negocios y a premiar el desempeño sobresaliente. Cobrar por encima de la media se etiqueta de codicia, impidiendo que nazcan proyectos con la solidez necesaria como para perdurar más allá del entusiasmo del primer día.

Poseemos un complejo histórico que nos hace mirar el beneficio económico con una sospecha moral constante. Preferimos proyectos pequeños, mal financiados y que “no parezcan un negocio” antes que apostar por una profesionalización real, olvidando que la falta de recursos es, a menudo, la excusa perfecta para nuestra falta de ambición y de compromiso con la verdad.

Somos tan alérgicos a los discursos ambiciosos y que muevan recursos que ni siquiera los evangelizadores exitosos se atreverán a compartir este artículo en sus redes sociales. Y me parece bien que no lo hagan, corren el riesgo de ser machacados por “el fuego amigo”. 

Excusas para no pagar

Dejando de lado que la mayoría de evangelizadores de éxito tienen muchísimo contenido gratuito en redes, pódcast y vídeos en Youtube, accesibles gratuitamente a todo el que quiera, creo que muchas veces hay dos excusas por las que pedimos a los evangelizadores digitales que cobren poco. 

En las comunidades cristianas de todo género, arrastramos una mezcla explosiva de pereza logística y complejo moral. Nos cuesta horrores salir de la zona de confort para buscar patrocinios o gestionar entradas, y maquillamos esa falta de iniciativa con un supuesto decoro. 

Al final, nos da pánico ‘pasar la gorra’ porque confundimos la humildad con la vergüenza que nos da, lo que nos condena a una mediocridad autocomplaciente por no atrevernos a pedir lo que el trabajo bien hecho merece.

En muchas comunidades se quiere que el evangelizador exitoso vaya a hablar a 30 personas por 200 €, pero no está dispuesto a hacer el esfuerzo de unirse con las cuatro parroquias de la zona para que el ponente pueda cobrar lo que se merece. Es más fácil quejarse que ponerse manos a la obra para conseguir objetivos arduos. 

El hecho de que el pasado mes de enero una parroquia de Algete y Alpha organizaran “Llamados”, un evento de formación y adoración que congregó a miles de personas en un gran pabellón en Madrid, es un buen ejemplo de lo que uno puede llegar a hacer si se complica la vida.

Los riesgos de profesionalizar la evangelización

Que uno esté a favor de que haya gente que se gane la vida con la evangelización, no quita que existan riesgos serios contra los que hay que luchar constantemente. 

El riesgo de la falta de vida interior. Cuando el evangelizador digital descuida su vida interior, la misión deja de ser un desborde de la gracia para convertirse en una producción de contenido. Lo que debería ser oración se transforma en guión, y el silencio necesario para escuchar a Dios es devorado por el ruido constante de actividad. En este escenario, el evangelizador no transmite una Vida, sino que distribuye un producto emocionalmente atractivo pero espiritualmente estéril.

El riesgo de la falta de formación. Aunque uno trate de comunicar la verdad que libera, la escasa formación puede llevar a mucha gente al error. El peligro es que la doctrina se convierta en un eslogan fácil y tres ideas bonitas sin mucho fondo. Al carecer de hondura intelectual y magisterial, la misión deja de ser una catequesis sólida.

Que la lógica del mercado corrompa la de la evangelización. Si el evangelizador no tiene rectitud de intención en su actividad, pasará a obsesionarse con las métricas, links, códigos de descuento. Ya no se trata de anunciar a Cristo, lo importante ahora es gestionar una audiencia. Lo que era misión empieza a parecer carrera profesional, o lo que era testimonio se convierte en marca personal. Cuando uno es evangelizador de profesión corre el riesgo de que la misión se convierta en un mercado. El mercado todos sabemos que es muy peligroso y que juega con leyes propias como fidelizar, escalar, monetizar, diferenciarse, generar engagement. 

Estos riesgos y muchos otros son reales, pero no enfrentarse a ellos por miedo tampoco es una actitud cristiana. Habrá que ayudar a los evangelizadores exitosos a que sean auténticamente cristianos, profundos y no sigan únicamente la lógica del mercado, pero animarles a desistir de su trabajo por miedo al fracaso presupone que la gracia de Dios no puede ayudarles en su tarea. 

Ojalá haya muchos evangelizadores de éxito, en el mundo digital y en el mundo real. Ojalá muchos de ellos se forren y les salga el dinero por las orejas. Así podrán ser como Lázaro, uno de los mejores amigos de Jesús, y podrán poner su dinero a los pies de la causa del Señor. 

El autorJavier García Herrería

Redactor de Omnes. Anteriormente ha sido colaborador en diversos medios y profesor de Filosofía de Bachillerato durante 18 años.

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