Obediencia, esa palabra maldita

Quizá convenga poner el foco en un pecado ya casi invisible: la desobediencia. En una sociedad que desconfía de toda autoridad y absolutiza el “yo decido”, también los cristianos corremos el riesgo de vivir la fe a nuestra manera, olvidando que seguir a Cristo implica, necesariamente, aprender a obedecer.

15 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
obediencia

En unos días celebraremos el Miércoles de Ceniza. Comienza la Cuaresma, un tiempo en el que nos toca hacer examen de conciencia, por lo que me gustaría llamar la atención sobre un pecado normalizado entre los católicos, el de la desobendiencia.

Es uno de los peligros de la mundanización de la Iglesia, cuando adoptamos en el seno de la comunidad cristiana costumbres o comportamientos contrarios al Evangelio porque todo el mundo lo hace así. Lo cierto es que, en nuestra sociedad, la propia palabra «obedecer» ya es tabú. La autoridad, tan relacionada con la figura del padre, está en sus horas más bajas y sus graves consecuencias las sufren colectivos que tradicionalmente habían gozado de ella como los de los profesores o sanitarios que, hoy, sufren agresiones y faltas de respeto un día sí y otro también. 

La desobediencia como norma, autoridad en crisis

Mucho se ha hablado sobre el origen de este mal de incalculables consecuencias sociales como ejemplo paradigmático de la «ventana de Overton», ese concepto que dice que aquella idea o práctica que hoy es inadmisible, en poco tiempo será considerada una opción radical, pero luego se convertirá en aceptable, para llegar a ser entendida como sensata y luego popular antes de convertirse en norma o incluso en ley.

La literatura, el cine y la televisión, nos han ido presentando, poco a poco, modelos de padres o de autoridad establecida cada vez menos respetables. Tanto es así que lo mejor que puede hacer uno es no obedecer.

Los libros de Harry Potter, películas como ET y Los Goonies y su homenaje actual en forma de serie Stranger Things, o series de animación como Los Simpson o la infantil Peppa Pig nos presentan a figuras de autoridad taradas o directamente malvadas. Que conste que me considero un auténtico fan de muchos de estos iconos de la cultura pop, pero hay que reconocer que uno acaba pensando mal en general de los padres, la policía o los gobiernos porque, según sus argumentos, entorpecen realmente la realización de los protagonistas.

Sembrar la duda sobre la autoridad es lo que hizo una famosa serpiente en un también icónico relato cuando dijo (y no en pársel): «No, no moriréis (si probáis el fruto); es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal». Seguro que les suena también. 

Desobedecer es «apetecible» como aquel fruto del Edén porque ¿quién es nadie para decirme a mí lo que yo tengo que pensar o cómo me tengo que comportar? Nadie mejor que uno mismo (dice el individualista que todos llevamos dentro) para saber qué tengo que pensar, cómo me tengo que comportar o decidir qué es bueno o malo.

Conciencia y obediencia cristiana

Las redes sociales, los blogs y webs católico-amarillistas, de izquierdas y de derechas, han potenciado esa culturilla de la desconfianza, sembrando la duda sobre las buenas intenciones de tal o cual pastor, empezando por los de Roma.

Ese cotilleo, esa maledicencia hace mella, aunque creamos que no, en el pueblo fiel hasta el punto de que muchos de ellos confunden su propia ideología mezclada con nula formación con profetismo heroico y se creen Catalina de Siena cuando hablan contra el Papa o los obispos. Otros, piensan que la Doctrina de la Iglesia es una especie de limitación a 50 en autopista, una señal de cara a la galería pero que nadie, de hecho, cumple.

Así que, cojo de aquí y de allí lo que me conviene o me cuadra para mi individualidad y aquí paz y después gloria. Los hay que van de grupo en grupo, de movimiento en movimiento, de parroquia en parroquia, de experiencia en experiencia, buscando quién se ajuste a su esquema. Pero, oiga, nunca se sienten satisfechos, porque lo que se les dice, lo que se les aconseja, o las dinámicas que se llevan allí a cabo según cada carisma no les terminan de gustar porque significa obedecer y ellos solo obedecen a su Dios, que son ellos mismos.

Y que sí, que sí, que también hay abusos de poder y desalmados con autoridad espiritual, y hay que vigilar, estar pendientes y defenestrarlos si es necesario; y que hay que obedecer sobre todo a la conciencia, ese sagrario que todos tenemos dentro; pero que quede claro que también hay muchas conciencias mal formadas y soberbios que no admiten ningún tipo de disciplina.

La obediencia ejemplar de los santos

Yo me quedo con los testimonios de los santos, como Teresa de Jesús, que tuvo muchos motivos para desobedecer y para rebelarse contra las injusticias de sus superiores, pero que, aun así, enseñaba que «en obedecer está la mayor perfección», afirmando en su lecho de muerte morir contenta como «hija de la Iglesia»; o San Francisco de Asís, que también fue injustamente tratado por algunos superiores, pero que aconsejaba la obediencia pues significa renunciar a la propia voluntad por amor a Dios.  

Teresa, Francisco y tantos otros no lo hicieron por mérito propio, sino porque recibieron la gracia de configurarse con Aquel que fue «manso y humilde de corazón», que dio «al César lo que es del César» y que dijo aquello de: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Pues eso. 

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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