A estas alturas del mes, seguro que ya ha tenido tiempo de incumplir alguno de los propósitos que se había planteado en fin de año: se ha saltado la dieta, ha dejado de ir al gimnasio, no ha leído aquel libro que le esperaba en la repisa o ha vuelto a fumar. No es preocupante excepto si es usted una de esas personas que, aun así, se creen consecuentes con sus acciones y jurarían, sin empacho, ser personas íntegras.
Debilidades humanas y propósitos incumplidos
Yo, qué quieren que les diga, no me fío un pelo de mí mismo. La dieta me la salté al día siguiente de empezarla con un formidable roscón de Reyes; el libro aquel continúa mirándome desde la repisa mientras hago scroll infinito y, aunque no fumo desde hace años, en el fondo sé que sigo siendo fumador y a la mínima de cambio… Al gimnasio es que ni me he apuntado. No me enorgullezco, pero tampoco me flagelo. Yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré.
Al hilo de la famosa canción de Alaska y la debilidad humana, me llama la atención esa ola de supertacañonismo liderada por los mismos que convirtieron en himno el tema de «¿A quién le importa?». Parecía que cantaban contra una sociedad moralmente opresora, pero no, porque ahora son muchos de ellos los que señalan, apuntan con el dedo y susurran a la espalda. Y no solo lo hacen con esa minoría que se dicen católicos practicantes, sino hasta con quienes se atreven a reconocer que creen en Dios, aunque solo sea a su manera.
Artistas de la más diversa índole, científicos, políticos o deportistas que manifiestan en público sus creencias, no son de fiar para los nuevos censores encargados de preservar la nueva moral y buenas costumbres. En estas cuatro décadas no ha desaparecido el puritanismo, sólo ha cambiado quién lo ejerce. Para comprobarlo, busquen la letra de este clásico de la movida madrileña a ver si no podría ser cantada ahora, verso a verso, por Hakuna en la mismísima Puerta del Sol contra los nuevos censores. ¡Si Tierno Galván levantara la cabeza!
Hipocresía
Caer en el mismo fallo que criticamos de otros es una gran enseñanza de la vida que debería servirnos para reducir la polarización, para darnos cuenta de que el otro no es un enemigo, sino un hermano o hermana, débil como yo, y capaz de meter la pata. El Papa Francisco les decía a los presos: «cada vez que entro en una cárcel, me pregunto: «¿Por qué ellos y no yo?». Todos tenemos la posibilidad de equivocarnos: todos. De una manera u otra, nos hemos equivocado», y afirmaba que «señalar con el dedo a quien se ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias contradicciones».
Es lo que han hecho históricamente los fariseos, sean de la religión, ideología o corriente política que sean, esconder sus propias contradicciones. Y luego llegan los escándalos: demócratas que actúan de espaldas al pueblo, defensores del feminismo pillados repartiéndose mujeres como cromos, políticos de discurso proletario convertidos en capitalistas, pastores que ejercen de lobos, expertos en violencia machista denunciados por abusos, adalides de la ley y la paz que usan la fuerza sin legitimación… Y un largo etcétera.
Reconocimiento del pecado, humildad y necesidad de Dios
Por eso me fío poco de quien se fía mucho de sí mismo porque, o no se conoce, o nos está mintiendo descaradamente. Lamentablemente, los seres humanos estamos programados para seguir a líderes seguros de sí mismos y de ello viven los populismos, las sectas y todos los mesianismos que, al final, terminan destruyendo a sus seguidores porque se fundan en una mentira.
Frente a la Verdad, que es Cristo, ningún ser humano por muy santo que sea, supera el test. Todos somos débiles, inconsecuentes, capaces de equivocarnos buscando el bien o de buscar el mal directamente. San Pablo explica como nadie esta contradicción típicamente humana cuando dice: «no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo.
Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí». Creer en ese pecado que habita en cada uno de nosotros no nos exculpa ni significa tirar la toalla y no tratar de levantarse después de cada caída, pues Dios siempre nos ofrece una nueva oportunidad para enderezar el rumbo, pero sí que nos debe poner en alerta para no andar por el mundo a ciegas como hacen las ideologías que niegan el pecado y creen que el hombre tiene arreglo por sí mismo. ¡Necesitamos a Dios para ser auténticamente libres y no esclavos del pecado!
Así que ya sabe por qué se ha saltado la dieta. No se preocupe, es normal. Quizá es una señal para que tenga misericordia de quienes caen desde más alto porque, cualquier día, el batacazo gordo se lo pegará usted.
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.



