¿Por qué tenemos que sufrir?

Frente al dolor, la pérdida y el miedo, nuestra fe nos invita a mirar más allá de lo efímero: aceptar y ofrecer nuestro sufrimiento junto a Cristo puede darle sentido y transformarlo en camino de gracia y esperanza.

13 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
por qué tenemos que sufrir

©Nik

Ante nuestros ojos se despliegan miles de escenas dolorosas: injusticias, abusos, guerras, enfermedades, abandonos…

Una buena mujer me preguntaba hace poco cómo podía enfrentar el tiempo de rehabilitación que debía pasar después de la operación de su brazo, me dijo que estaba desesperada, en realidad no hubiera querido vivir todo lo que implicó su operación. Cuántas veces hemos renegado del dolor y repetimos la cuestión ¿por qué a mi?. Reclamamos ante nuestras pérdidas y aunque no vivamos nuestra fe, nos sentimos movidos a culpar a Dios por permitir el sufrimiento en nuestras vidas. 

¿Por qué tenemos que sufrir? La siguiente frase de Chesterton me da la pauta para esgrimir una posible respuesta, él dijo: “Nuestro tiempo impone fácilmente la angustia de lo efímero a los desertores de la eternidad”.

Una cultura sin eternidad

Los organismos internacionales y las instituciones especializadas en salud mental, nos presentan cifras alarmantes del aumento de angustia, ansiedad y depresión en todo el mundo agravándose durante y después de la más reciente pandemia (2020).  Todos estos síntomas son formas de experimentar el miedo. Existe un miedo desmedido a sufrir, a desconocer lo que viene, a no tener el control de los acontecimientos. Nuestra cultura, que ha abandonado a Dios, no sabe sufrir. Si dejamos de mirar la eternidad, nos volvemos esclavos de lo efímero. Si no ponemos nuestra confianza en Dios, la ponemos en nosotros mismos, demasiado pequeños para los retos de la vida.

Necesitamos retomar el sentido auténtico de nuestra existencia, vivimos en este mundo pero no pertenecemos a él, estamos “de paso” hacia la eternidad en presencia d Dios. Nuestro Creador existe y nos ha hablado con nitidez. ¡Se hizo hombre!, Jesucristo vino a darnos las respuestas a las preguntas más profundas de nuestro ser, él es el rostro visible del Dios invisible. 

Cristo y el sentido redentor del dolor

No saldremos de este bucle de debilidad emocional sin fe, sin referencia a lo divino. El hombre sólo puede reconocerse mirándose en el espejo de Cristo. El verdadero antídoto a la ansiedad y la depresión -al miedo subyacente- es saber ofrecer el dolor. 

Cristo modeló para nosotros esta realidad. Pudo erradicar el dolor con su venida pero en su lugar lo asumió ¡y le dió sentido redentor!. 

Ante el inminente momento de su libre entrega, vivió momentos inenarrables de intensa angustia, pero, obediente hasta el extremo, Jesucristo aceptó el dolor, lo abrazó y lo ofreció. 

Pretendemos eliminar el dolor a toda costa y olvidamos la Palabra de Dios que dice: todo coopera para nuestro bien (Rom. 8, 28). ¡Todo!, lo bueno y lo malo. Somos libres y estamos viviendo consecuencias de elegir libremente el mal. Toda la historia de la salvación se desenvuelve entre una desobediencia a la voluntad de Dios y la obediencia total de Cristo; por la primera entró el dolor y la muerte, por la segunda, la alegría genuina y la vida eterna. 

Aceptar, ofrecer y transformar el sufrimiento

No estamos en este mundo para pasarla bien, hemos venido a santificarnos haciendo el bien. 

Hay una frase que puntualiza: el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Significa que cuando aceptamos serenamente las contrariedades, cuando somos humildes y reconocemos que no están todas las cosas en nuestras manos, cuando decimos sí, como María, somos capaces de imitar a Nuestro Señor y aceptar, abrazar y ofrecer nuestra pena en reparación de nuestras culpas y por el bien de quienes amamos. El dolor no viene a hacernos desgraciados sino a santificarnos, ¡a llenarnos de gracia!. No se trata de sufrir en modo masoquista sino de entregar a Dios lo que nos pide y llegar incluso a agradecer por lo que nos acontece aunque contraríe nuestros deseos. No se trata de permitir la injusticia sin más, lo que se nos pide es enfrentarla con gallardía y caridad; poner límites al mal en abundancia de bien, proveyendo de medios que nos ayuden a todos a crecer.

Es un hecho que Dios no quiere el mal ni el sufrimiento, Él puso frente a nosotros el bien y el mal para que elijamos libremente el bien y seamos felices en plenitud. No es dando la espalda a Dios como combatiremos el mal del mundo, es amando, es mejorándonos a nosotros mismos y ofreciendo nuestras dificultades que construiremos la civilización de amor que anhelamos.

La próxima vez que el dolor toque a tu puerta, recuerda a Cristo que entregó toda su sangre por ti. ¡Él te quiere eternamente feliz! únete a su pasión y muerte, sé un buen cirineo y ofrece tu dolor con confianza total. Él saca bienes de males. Abraza tu cruz, da lo mejor de ti  y de la mano de Dios, espera el buen final. 

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