El pasado 30 de julio de 2025 me subí a un avión con destino a La Habana, Cuba, para desde allí continuar hacia la diócesis de Pinar del Río, donde colaboraría como párroco y administrador de dos parroquias. Aunque ya había estado anteriormente en Cuba, no sabía realmente qué me esperaba, pues los cambios en el país son constantes y se producen día a día.
Parroquias pequeñas, fe viva y pocos niños
Llegué a mi primer destino: la parroquia de la Sagrada Familia, ubicada en el barrio Mayka. Se trata de una parroquia pequeña, situada en un barrio marginal, con una población mayoritariamente adulta y muy pocos niños.
De hecho, para mi sorpresa, era necesario salir a la calle, recoger a los niños y pedirles que nos llevaran a sus casas para preguntar a sus padres si podíamos recibirlos en el catecismo. Una forma muy particular de buscar catecúmenos. Allí me recibió un matrimonio que se había casado por la Iglesia el año anterior: él era el administrador de la parroquia y ella asistente de catequesis, aunque en muchas ocasiones era quien impartía directamente la catequesis.
La segunda parroquia que me tocó acompañar durante esta experiencia de tres meses fue la de San Francisco de Asís. Resultaba muy singular, ya que se trataba de una casa que había sido comprada para convertirla en iglesia mientras se esperaba el permiso del gobierno para poder construir un templo. Al igual que en la otra comunidad, la mayoría de los fieles eran personas mayores y había pocos niños.
Me llamó la atención la labor caritativa de ambas parroquias, ya que contaban con un comedor que atendía tres veces por semana a personas en situaciones aún más precarias de lo habitual.
La caridad en medio de la precariedad
Para mí era impresionante ver cómo personas que tenían que preocuparse por si llegaba el agua, si había electricidad o si encontrarían algo para comer, eran capaces de sacar tiempo y recursos para ayudar a otros más necesitados que ellos mismos. Esto me interpeló y me exigió una entrega mayor, pues yo contaba con comodidades y seguridades que ellos no tenían.
Así comprendí que mi labor allí consistía, sobre todo, en estar presente, escuchar, acompañar y brindar alegría y esperanza. No siempre era fácil, ya que en muchos casos no había forma de escapar de la precariedad en la que vivían. Sin embargo, cuando llegaba el momento de celebrar o de ser solidarios, se entregaban por completo, bajo el lema: “hoy por ti, mañana por mí”.
Manuel, el rostro concreto de la esperanza
Este pensamiento, tan desprendido, se hizo carne en una persona concreta: Manuel, un hombre sencillo y humilde, participante del comedor del Mayka. Había sido maestro y posteriormente fue enviado como soldado a Angola, una experiencia que lo marcó profundamente y le dejó como secuela cierta dificultad para hablar, pues quedó algo tartamudo. A pesar de ello, conservaba un corazón grande y generoso.
Un domingo, Manuel llegó a la parroquia y, en medio de la consagración, se acercó al altar y comenzó a hablarme. Como no se le entendía bien, la gente le pidió que se sentara. Al finalizar la misa, se acercó a mí para pedirme disculpas y simplemente me dijo: “Padre, es que tengo hambre”.
Mi reacción inmediata fue buscar algo para darle de comer, algo bastante normal cuando uno siente compasión. Sin embargo, la verdadera enseñanza me la dio él. Al día siguiente, Manuel regresó a la parroquia con dos frutas que le habían regalado y quiso dármelas a mí, para que yo también tuviera algo que comer. Aunque le dije que no hacía falta, insistió. Luego se dio la vuelta, gritó “¡bendición, padre!”, y se fue.
Manuel era siempre agradecido y no le gustaba abusar de la bondad de los demás, algo que debería ser ordinario en nuestra vida cotidiana. Por eso, recemos por nuestros hermanos cubanos, que están atravesando momentos difíciles, para que sus corazones permanezcan siempre abiertos a la compasión.
Sacerdote.



