Me encantan las argumentaciones en defensa de la lectura que nos animan a volver a leer un poco más frente a la hegemonía de lo audiovisual. Sin embargo, me gustaría ampliar la argumentación y meter una perspectiva más, ya que se suele hablar de la lectura como si leer fuera algo inmediato y casi automático: abrir un libro, pasar páginas y ya está, estamos leyendo.
Todos sabemos que no es así. Con frecuencia leemos sin leer. Nuestros ojos avanzan, pero la mente se dispersa. Volvemos atrás, repetimos una frase, tratamos de gobernar la imaginación para que capture el sentido de las palabras. Solo cuando la mente logra unirse al ritmo del texto ocurre la magia de la literatura: se abre un mundo nuevo ante nosotros. Una ciudad inglesa del siglo XIX, con su modo elegante de hablar y de vestir; una España rural donde la infancia era pobre y sencilla; vidas ajenas que, misteriosamente, se vuelven nuestras.
Para que esto suceda —para leer de verdad y, más aún, para disfrutar de un buen libro— un adolescente necesita algo más que libros: necesita un contexto. Un contexto de quietud, de pasividad, incluso de aburrimiento. Necesita quedarse en casa.
Frente a la hegemonía de la actividad constante y la obsesión por llenar cada hora con extraescolares, me atrevo a hacer una defensa de lo doméstico, de la casa habitada sin plan. Los niños y los jóvenes no necesitan desfogarse sin descanso; esa necesidad, en gran medida, nos la hemos inventado los adultos. Nos aterra verlos aburridos. Tememos el conflicto, el ruido, las peleas, el desorden. Y para evitarlo, los sacamos de casa, los agotamos, los mantenemos ocupados. Queremos que se muevan, que se cansen, que duerman pronto y que molesten poco. Sin darnos cuenta, les quitamos algo esencial: el contexto de un hogar donde se puede estar toda la tarde sin un objetivo concreto.
Yo aún recuerdo el primer libro que me hizo disfrutar de verdad: uno de la colección Kika Superbruja, en 5º de primaria. Recuerdo también los cómics que me acompañaron en casa —La familia Trapisonda, Carpanta, El botones sacarino, Rompetechos—. Vivía sus vidas. Mi imaginación se ensanchaba. Mi actividad intelectual era inmensa. Vivía muchas vidas sin moverme del sofá.
Ahora, con mis propios hijos, he comprendido con más claridad algo que ya intuía: para leer hacen falta libros, sí, pero hace falta algo más. Hace falta un contexto. Cuando yo misma leo un libro —no un texto desde el móvil— estoy creando en casa un clima, una atmósfera que fomenta otro tipo de actividades: estudiar, pintar, escribir, mirar por la ventana, leer, inventar, rezar, reflexionar. De esta manera, y sin plantearlo siempre como una obligación académica o moral, la lectura puede volver a ser una aventura.
Como digo, este contexto no se improvisa. No lo crean los libros por sí solos. Lo crea alguien leyendo. ¿Qué sería una biblioteca sin lectores? Un simple almacén. Lo mismo nos puede ocurrir en casa. Nuestros muebles de biblioteca donde colocamos los libros pueden ser solo eso: muebles. O también pueden ser la puerta a otro universo, habitado por todo tipo de criaturas, lleno de historias y aventuras, que nos hablan de guerras, de amor, y que ensanchan las paredes de nuestro hogar y nos llevan a lugares y tiempos imposibles.



