A veces descubres tu propósito cuando empiezas a mirar donde nadie estaba mirando.
Hace ya ocho años que empecé la aventura de estudiar Teología. Allí, entre apuntes, pupitres y horas de lectura, se me quedó clavada una pregunta sencilla y, a la vez, incómoda: ¿dónde están las mujeres?
Apenas aparecían. Cuando lo hacían, era como una mención rápida, un nombre suelto, una nota al margen. Y no porque no hubieran estado -por supuesto que estaban-, sino porque no habíamos aprendido a mirar donde ellas habitaban; allí, en los márgenes del relato, sosteniéndolo todo en silencio.
Aquella incomodidad fue el inicio de un camino que me hizo empezar a buscarlas con decisión, deteniéndome en sus nombres, dejando que sus historias me hablaran. Lo que comenzó como una inquietud académica terminó convirtiéndose en misión. Con el tiempo entendí que uno de los propósitos que Dios estaba sembrando en mi vida era precisamente dar a conocer a las mujeres de la Biblia.
Empecé a compartirlo en redes, a preparar cursos y materiales, a acompañar a otras personas en este descubrimiento. Y una y otra vez he visto que cuando alguien se acerca a la Palabra con esta mirada -sea hombre o mujer-, algo se enciende dentro. Al escuchar sus voces, comenzamos a encontrar la nuestra. Al conocer sus vidas comprometidas, comenzamos a reconocer nuestro propósito.
Conversión
Este año, durante la Cuaresma, esa palabra ha vuelto a resonar con fuerza en mi oración: propósito. ¿Qué estoy dejando que el Señor haga con mi vida? ¿Dónde me está llamando a amar?
Pero he comprendido que no hay propósito sin verdadera conversión. No una conversión superficial, de gestos externos, sino del corazón. “Rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos” (Joel 2, 13), escuchábamos durante el Miércoles de Ceniza. Podemos vivir una fe de cumplimiento, de rutinas bien hechas, y sin embargo tener la vida lejos de Dios. La conversión verdadera siempre nace de un encuentro con Cristo, con su amor que reordena todo.
En esto, son ejemplo nuestras mujeres del Evangelio. Primero, se encuentran con Jesús y su vida cambia. Esta conversión, las pone en movimiento para seguirle activamente. Le acompañan, le sirven, sostienen la misión con lo que tienen -su tiempo, sus bienes, su vida-. Y finalmente, reciben un propósito: anunciar, sostener, permanecer, transmitir.
Conversión y resurrección
María de Magdala, Juana, Susana, María de Cleofás, Salomé, Marta de Betania, María de Betania. Nombres quizá breves, o pasados por alto, o a quienes no se les ha hecho justicia, pero vidas profundamente fieles.
Vidas que nos recuerdan que la conversión es permanente: no solo porque nunca se termina y siempre está llamando a un “sí” nuevo, a una vuelta a empezar, a una renovación del corazón; sino también porque, cuando es real, permanece. Y lo vemos claro durante la Semana Santa, al pie de la cruz. El fracaso, el silencio y el miedo se han instalado. Ellas permanecen aunque no tengan respuestas ni poder para cambiar lo que está ocurriendo.
Quien sigue a Jesús sabe que la cruz forma parte del camino, pero también que no tiene la última palabra. Es justamente en la entrega donde el corazón se ensancha para la Resurrección. Por eso no es casual que el Resucitado se manifieste primero a ellas. En una cultura en la que su testimonio no tenía valor jurídico, Dios confía la noticia más importante de la historia a un grupo de mujeres. A quienes vivieron una conversión verdadera y permanente.
Al contemplarlas junto a la cruz comprendemos que el propósito de una vida no nace del éxito ni de tener todas las respuestas. Brota de un corazón transformado que elige permanecer con Cristo cuando todo se oscurece.
Y desde ese lugar -desde el sinsentido de la cruz- Dios sigue confiando su misión al mundo.
Fundadora de "Llamameyumi" y Autora de "Mujeres bíblicas"



