Parece que las revueltas sociales o las tragedias ocurren lejos… en Venezuela, Groenlandia, Ucrania, Irán, Este del Congo,… Hasta que te toca a ti de cerca, como a los afectados por la DANA, o los del mayor accidente ferroviario de la Alta Velocidad Española, acaecido el domingo 18 de enero por la tarde en Adamuz. Donde hubo 45 fallecidos y otros tantos accidentados, afectados por este fatal accidente.
La indignación es muy grande por motivos lógicos, el mal estado de las infraestructuras. Y porque la ayuda tardó más de lo que se espera en una catástrofe.
Aceptar la fragilidad o refugiarse en el victimismo
Pero fijándonos en los motivos finales por los que suceden este tipo de hechos, cobran sentido las conocidas palabras: “Cuando te toca, ni aunque te quites, y cuando no te toca, ni aunque te pongas” porque el destino es inevitable, ya que la providencia actúa.
Como también ganan realce las palabras del Evangelio: “no sabemos el día ni la hora”. Situación que nos habla de la condición propia de los seres humanos, y ante la que solo caben dos posturas. La primera, aceptar nuestra vulnerabilidad, limitación y fragilidad, para ser mejores personas. Como nos ha mostrado con su testimonio Fidel, que ha perdido a su madre en el accidente, que iba rezando el rosario en ese momento, como ha contado Francisco Otamendi aquí, en Omnes.
Pero cabe lo contrario, hacer de la herida sufrida, por la pérdida de un ser querido o por ser víctima, mi identidad, es decir, caer en el victimismo infructuoso.
La verdadera prueba de la madurez cristiana
El intelectual noruego y prelado de Trondheim, Erik Varden, explica muy claramente ambas situaciones. Por un lado, nos muestra cuál es la “prueba del algodón” para saber si hemos aprendido la lección ante situaciones como esta: “Cuanto más pasa el tiempo, más convencido estoy de que para saber si alguien está creciendo como cristiano y está adquiriendo sabiduría, hay que ver si esa persona es capaz de vivir en paz siendo vulnerable”. Así lo explicaba en una entrevista a Nuestro Tiempo en el mes de octubre de 2024. A esto añadía, cuando le preguntaban ¿Qué es la vulnerabilidad?…
“Reconocer tu finitud. Reconocer que no te bastas a ti mismo. Reconocer que puedes sufrir, que otras personas te pueden hacer daño y que no puedes protegerte”. Como guinda del “pastel” añadía: “Hay que intentar interiorizar esta verdad, mirarse y dejarse mirar por ese Dios cuyo rostro es… paz. Lo decimos en misa todos los días: «La paz os dejo, mi paz os doy». Esa paz no es un sentimiento sino la presencia de Alguien, pues decía san Pablo: «Cristo es nuestra paz». Con esa paz podré vivir mi vulnerabilidad, afrontar mis miedos y aprender a empezar a creer en la posibilidad de que, quizás, el amor sea real”.
Heridas que no definen la identidad
Más recientemente, en el Foro Omnes, hablaba ante más de 250 personas que se dieron cita en el Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo de Madrid, para la presentación de su último libro “Heridas que sanan» (editorial Encuentro), sobre el peligro de la victimización.
Cuando las heridas personales se exponen públicamente, exigiendo reconocimiento y reparación, tenemos un problema. Porque en ocasiones es necesario mostrar las heridas, pero el riesgo está, según nos cuenta, en convertirlas en tu identidad: “cuando decimos ‘mi herida soy yo’”. Porque tu identidad no es tu herida, sino tus características personales y tus decisiones, como la coherencia de vida, tus virtudes y tu propósito vital.
Podemos aprender de Varden a colocar los reveses de la vida en su sitio. No es tanto lo que nos sucede, que puede ser letal, sino como lo interpretamos y lo colocamos en nuestra vida.




