La vulnerabilidad

Nos sentimos vulnerables al leer estas crónicas; tanto que, al subir a un tren y tomar asiento, rezamos a Dios para que no ocurra nada y logremos alcanzar nuestro destino.

2 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: < 1 minuto

Me desperté el primer día del año con una noticia impactante que me dolió profundamente; quizá porque, ante todo, soy madre de tres hijos. El titular rezaba que más de cuarenta menores de edad habían muerto en un incendio dentro de un local en Suiza, mientras celebraban la última noche del año.

Cada joven fallecido albergaba una historia soñada, un grupo de amigos, un pupitre en la escuela y unos padres que le habían dado la vida. Me conmovió especialmente el testimonio de un muchacho que logró escapar de las llamas —esos supervivientes que se convierten en noticia por el simple milagro de no haber perecido con el resto—: «El infierno existe; yo lo he vivido».

Dos semanas más tarde, desperté con otra tragedia: un accidente ferroviario en el que muchas personas perdieron la vida y tantas otras permanecían desaparecidas, atrapadas, probablemente, en el amasijo de hierro en que se había convertido el vagón. Un amigo periodista que cubría la noticia me confesó: «Ahora, lo más duro es empezar a reconstruir cada una de esas historias para poder contarlas».

Cada vida es igual a las demás y, al mismo tiempo, es única. Nos sentimos vulnerables al leer estas crónicas; tanto que, al subir a un tren y tomar asiento, rezamos a Dios para que no ocurra nada y logremos alcanzar nuestro destino.

Sin embargo, al sentirnos así —frágiles, pequeños, necesitados del prójimo— es cuando aflora la gratitud. Como dice Brené Brown: «La vulnerabilidad suena a verdad y se siente como valentía. La verdad y la valentía no siempre son cómodas, pero nunca representan debilidad».

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