Vocaciones

¿Dónde están los laicos?

En abril de 1966, se publicó un artículo del periodista y sociólogo Joseph Folliet sobre los laicos, para la revista Palabra (nº 270). En él hace una pequeña fenomenología del laicado. Publicamos la entrevista con motivo del 60 aniversario de Omnes.

Joseph Folliet·1 de abril de 2026·Tiempo de lectura: 21 minutos
dónde están los laicos

Joseph Folliet ©Wikipedia

Para ganar la atención de un auditorio hay que despertarlo, y para despertarlo hay que hacer ruido. Voy a colocar esta exposición bajo un patrocinio inesperado, el de Bourdaloue, sacerdote, religioso y jesuita, un predicador del que sus contemporáneos decían: «Sálvese el que pueda; grita como un sordo.» Yo intentaré gritar como un sordo y, por consiguiente, haré mucho ruido diciendo algunas de estas verdades que son fáciles de decir, pero no siempre fáciles de escuchar.

A pesar de esto, y al empezar a hablar, me entra un escrúpulo: ¿soy yo verdaderamente un laico? ¿Tengo derecho a hablar a los laicos en el nombre de los laicos? Se ha dicho de mí, con humor, que era «el laico de la Iglesia de Francia», el único laico aceptable que han podido encontrar. Esta situación singular me intimida un poco. Afortunadamente, he sido destronado, inesperadamente, por mi viejo amigo Jean Guitton, el único laico admitido en el Concilio Vaticano (1), y que se convierte así en el «laico de la Iglesia Universal», no en un Padre del Concilio, puesto que este título no conviene a su condición, sino, más bien, si puedo así expresarme, en un abuelo del Concilio.

¿Soy yo un auténtico laico? Una reciente controversia acaba de decirnos que para ser un auténtico laico hay que tener hijos. Quien no tiene hijos no es laico. Como tengo espíritu de contradicción, he pensado inmediatamente en el clero oriental, que se une con los lazos matrimoniales y crea familias generalmente numerosas. Me he preguntado entonces si los sacerdotes orientales no serían más laicos que yo, canónica y teológicamente laico, pero de estado célibe. No me atrevería a sacar una conclusión afirmativa, pues tal conclusión me parece que «repugna», como dicen los teólogos.

Poco importa, a fin de cuentas: me parece que debo ser verdaderamente laico cuando

he querido serlo tras una elección madura y deliberada, después de haber dudado unos diez años entre el santo estado del laicado y otros estados «más santos todavía».

BUSCANDO A LOS LAICOS…

Voy a efectuar algunos análisis destinados a mostrar las diferentes desviaciones y deformaciones del estado laical y cómo, incluso sin saberlo nosotros, a pesar de nuestras voluntades explícitas, no somos siempre tan laicos como lo creemos y como la Iglesia desearía. Admitamos que sea una pequeña fenomenología del laico tal como aparece a mis ojos o, si lo prefieren ustedes, una tipología, describiendo cierto número de tipos humanos que todos hemos encontrado.

Entiéndanme bien, no pretendo describir y juzgar por lo exterior con un despego crítico que indicaría no sé qué superioridad. No veo ningún abismo, ni siquiera un foso entre los sujetos de mi observación y yo mismo. Estos diversos tipos de laicos, con todas las deformaciones que haré resaltar, los encuentro en mí mismo. Por diferentes y a veces por opuestos que se muestren, los siento en mí, bullir, agitarse, querellarse y atormentarse, quizá porque en el fondo el laico no existe en estado químicamente puro, como tampoco el sacerdote o el religioso, porque todos, por cuanto somos, nos encontramos inclinados a salir de nuestro papel y a excedernos ante nuestra vocación.

Estos tipos de laicos los clasificaré en tres grandes categorías.

Primera categoría, los híbridos; es decir, los laicos clericalizados.

Segunda categoría, los laicos laicizados, laicos «al cuadrado».

Tercera categoría, los elementos intermedios. Estos últimos los he clasificado como tales quizá porque a fin de cuentas no sabía dónde ponerles. Toda clasificación es ilógica.

1. LOS LAICOS CLERICALIZADOS

Amonestaría a su cura…

En la primera categoría, la de los híbridos, distingo un primer tipo, que llamaré el cura frustrado o el laico sacristán. Ustedes saben, o lo aprenderán si no lo sabían, que, según ciertas teorías evolucionistas, el perro es un lobo que no ha llegado todavía al estado adulto. El bonachón Azor es un gran lobo malvado frustrado. Si aplicase esta teoría al laicado tal como lo veo ante mis ojos, experimentaría la sensación de que ciertos laicos se han quedado en un grado de evolución que debería llevarles al estado acabado del sacerdocio o de la vida religiosa. Pueden, además, reclamar un patronazgo ilustre y regio, el de José II, emperador de Austria, que su colega Federico el Grande llamaba «el Rey sacristán» y que tenía la manía de reglamentar el culto hasta en sus menores detalles. A veces, además, provienen de una organización misteriosa, que no atrevo a llamar la Organización de Antiguos Seminaristas. En este caso, la vocación frustrada es una evidencia.

El laico sacristán me parece caracterizado, ante todo, por algunas manías relativas al culto y la liturgia. Tiene la obsesión del incensario y del candelabro. En ninguna parte está tan a gusto como en los alrededores del altar, como el joven Eliacín. No canta nada con tanto placer como los cánticos. Habría mucho que decir, por otra parte, sobre los cánticos de su elección, antiguos o nuevos, pero esto es otra historia.

Le gustan las reuniones eclesiásticas, donde se encuentra en su casa, en un terreno familiar, y muestra una propensión a repetir historias que ha tomado prestadas del tesoro inagotable del folklore de los presbiterios. Siente el prurito de predicar, a sus hermanos laicos sin duda, pero también, cuando puede, a los sacerdotes, y su conversación, incluso normalmente, es predicante. Hay en él algo de Gros Jean, que no le molesta amonestar a su cura, y si pudiera, predicaría retiros para eclesiásticos.

Se adivina, en su inconsciente, la búsqueda de compensaciones quizá la compensación a una vocación frustrada— y una voluntad secreta de regentar, en sus menores detalles, el presbiterio, la parroquia y la Iglesia. Este tipo de laico es el cura en el sentido preciso y casi técnico de la palabra. No me atrevo a citar la expresión que les dedican los labradores en mi tierra, porque es tan enérgica que quemaría las orejas y el papel.

Se me dirá que esta especie está en vías de desaparición; lo creo y no lo lamentaré.

Sin embargo, no ha desaparecido totalmente y no morirá quizá nunca, ya que hay en la vida de muchos hombres cierta edad en que el sacristán contenido durante largo tiempo reaparece: la edad del retiro, en que se piensa en tener una buena muerte, en que se tiene fácilmente el don de lágrimas y tiempo ante sí para mezclarse en lo que no le importa.

Un mal tinte de teología

Otro híbrido, el laico teólogo. Atención al orden de las palabras: no digo el teólogo

laico, ya que, fuera de la costumbre, no veo razón razonable para que la Iglesia no cuente con teólogos laicos. Si tuviese la convicción contraria, no habría hecho cuatro años de teología, aunque en la hora actual no tenga derecho, en vista de mis ocupaciones, al título de teólogo, sino simplemente al título, poco glorioso para nuestros contemporáneos, de moralista. No hablo, pues, del teólogo laico, que puede existir y servir, sino del laico teólogo —que no es lo mismo—, del laico ligeramente frotado con teología por contactos eclesiásticos, como los campesinos del Midi frotan con ajo un mendrugo de pan, o como mis antepasados borgoñeses se frotaban con mantequilla rancia en los días de fiesta.

Esta deformación se encuentra particularmente entre cierto número de militantes dirigentes que han pasado por los diversos serrallos de los movimientos católicos y que han sido formados allí, si puedo emplear este verbo, por sacerdotes, que les han comunicado algunas de sus manías intelectuales e inoculado la fiebre teologizante, a veces incluso la Rabies tehologica.

El laico teólogo emplea con agrado la terminología teológica sin comprender siempre bien los vocablos que ésta supone, y aplica una problemática propiamente teológica a sus problemas cotidianos de laico comprometido. Sin embargo, esta problemática raras veces parte de lo concreto y de los hechos, como convendría a una búsqueda laica, sino que cae desde lo alto de la Revelación, de la Palabra misma de Dios, tal como el teólogo la comprende, aplicándola a la realidad tal como él la ve y, a veces, pegándola sobre esta realidad. Este método tiene un peligro, incluso para el teólogo, ya que hay una distancia entre la palabra de Dios tal como Dios la conoce y tal como el teólogo la comprende, como entre la realidad tal como es y tal como él cree verla. Con mayor razón este método puede conducirle al error o, simplemente, al palabreo, a la logomaquia, a lo que nuestros contemporáneos llaman irreverentemente el «bla bla bla y el parloteo», los teólogos «de chiripa» o, como diría Péguey, los «nuevos teólogos». El método da entonces resultados muy curiosos para el amante de la teratología, pero exasperantes tanto para el teólogo profesional como para el profano.

El laico monaguillo

Tercera categoría, siempre adulterada y mestizada: el laico monaguillo. Hablo con todo el respeto a los monaguillos, por los cuales tengo doble consideración en tanto que son de estos niños cuyos ángeles ven la Faz del Padre y que ocupan un lugar en el coro cerca del Santo de los Santos. Sólo que, como dice el Eclesiastés, hay tiempo para cada cosa,

una edad para ser monaguillo y una edad para ser adulto.

Lo que reprocho a ciertos laicos es, precisamente, rezagarse en la época del monaguillo.

El asunto no data de hoy. Msr. D’Hulst decía, creo, a propósito de los colegas católicos:

«¡Les pedimos hombres, y nos mandan monaguillos!». La expedición de monaguillos no ha cesado del todo en la época del correo aéreo.

El monaguillo es el laico de buena voluntad, capaz de acción, pero incapaz de dirigirse por sí mismo, siempre a la búsqueda de un director espiritual autoritario, sacerdote o religioso, porque no puede llegar por sí mismo a una decisión.

Los ejemplos de esta deformación son curiosos y a veces monstruosos. Entre las dos guerras, con ocasión de un célebre escándalo financiero, uno de los acusados, buen católico, pero deplorable administrador, explicó a los jueces que tenía la conciencia tranquila, porque siempre había obrado de acuerdo con su director espiritual. Este santo consejero carecía, desgraciadamente, de competencia en asuntos financieros. Pienso asimismo en los especialistas del asesinato poíltico que han sentido la necesidad de hacer tranquilizar sus conciencias legítimamente inquietas por teólogos auténticos o presuntos, o en esos jefes militares que, colocados ante el terrible problema de la tortura, se resolvieron a torturar después de una consulta teológica, aunque su primer impulso, que era el de rechazar la tortura como medio de información, era el bueno y era, ade-más, cristiano. Todos estos hombres, si hubieran sido menos monaguillos, habrían sido no sólo más adultos, sino también más cristianos. Si aplicara a esta especie de laicos las categorías de la psicología de lo profundo, diría que no han liquidado por completo su complejo de Edipo y que buscan en el sacerdote —el «padre» como lo llaman— un sucedáneo tranquilizador de la imagen paterna.

La temible «madre de la Iglesia»

Me referiré ahora a los híbridos femeninos: está la madre de la Iglesia, simpática, imponente y temible, dama patrocinadora activa, incluso activista abnegada, pero que sabe hacer pagar su abnegación al mejor precio, que es la autoridad.

El folklore eclesiástico, más clarividente quizá en cuanto a defectos femeninos que en cuanto a defectos masculinos, no se calla a este respecto. A él se debe una famosa historia, la del «Espíritu Santo de la escalera».

Un cura, convocado con urgencia por su obispo, encuentra, en las escaleras del obispado, una dama de su parroquia con la cual no se lleva muy bien. Ella baja cuando él sube.

Cuando llega adonde está el obispo, éste le declara: «Mi querido hijo: el Espíritu Santo me ha inspirado el mudarle a otra parroquia.» Respuesta del cura: «Naturalmente; acabo de encontrarle en la escalera.»

Ciertamente, una especie de las damas patrocinadoras está en vías de desaparición: la señora que se conserva bien, con traje severo y puntillas blancas alrededor del cuello. Las damas patrocinadoras de hoy no envejecen ni mas, ni mas deprisa que las otras mujeres, o por lo menos ellas no se niegan menos a reconocer su envejecimiento, y el cantante Jacques Brel marcha a la guerra contra una especie casi difunta cuando denuncia a este tipo de damas patrocinadoras.

Pero bajo formas más sutiles y menos visibles, la terrible madre de la Iglesia, hombruna e imperiosa, existe aún y quizá existirá siempre, si se cree en los análisis del doctor Marañón sobre la fase hombruna en la evolución de la mujer.

La menos temible, pero igual de tiránica, «hija de la Iglesia» 

En el extremo opuesto se encuentra lo que yo llamo hija de la Iglesia y que, para ser más exacto, habría que llamar a menudo la solterona (hija vieja) de la Iglesia.

Dios me guarde de hablar mal de las solteronas en general. Prestan demasiados servicios a la humanidad y a la Iglesia para que uno se permita a su respecto bromas siempre un poco crueles. Y todas, aunque filialmente de la Iglesia, no son hijas de la Iglesia en el sentido en que yo empleo esta palabra.

La hija de la Iglesia es lo que las gentes del mediodía de Francia llaman la beata. Primitivamente, la beata era una mujer un poco híbrida, medio religiosa, medio laica, antepasada de la institutriz, de la asistenta social y de la enfermera, al servicio de un pueblo. La categoría de las beatas había sido imaginada para el Velay y el Vivarais por ese hombre de genio que era san Francisco Regis.

Pero en el lenguaje campesino, el término de beata, antes aplicado a esta categoría particular como algo estimable, ha venido a designar a la hija de la Iglesia, a la que el folklore eclesiástico llama la «catácresis», expresión cuyo origen me he preguntado siempre con angustia.

Dulces e incluso a veces azucaradas, gentiles, serviciales, a menudo útiles y en todo caso inofensivas, las hijas de la Iglesia no se parecen a las madres de la Iglesia, pero, tanto como las damas patrocinadoras, hacen pagar caros sus servicios a la Iglesia, por el tiempo que hacen perder a sacerdotes de los cuales quieren depender estrecha y constantemente.

El monaguillo, en masculino; la hija de la Iglesia, en femenino, es un mismo tipo de humanidad, que no ha acabado su evolución, que no ha llegado ni al estado adulto, ni a la clara acción de su papel y de su estatuto. El sitio normal de muchas hijas de la Iglesia hubiera sido un convento. Pero a menudo no han podido soportar el pensamiento de la regla ni la autoridad de una superiora. Fuera del convento presentan, sin embargo, rasgos conventuales.

La nostalgia del claustro

Esta observación me permite una transición para presentar una última variedad del laicado clericalizado: lo que se llamaba, lo que se llama aún a veces, «el religioso en el mundo» o más a menudo, «la religiosa en el mundo» ya que la especie abunda más en femenino que en masculino. Este tipo nos viene de la Contrarreforma, como una especie de subproducto de la «Introducción a la vida devota». San Francisco de Sales, autor de esta obra famosa y tan actual todavía, no preveía, creo, cuando escribía a Filotea, las consecuencias que extraerían de su enseñanza espiritual las futuras generaciones.

Las tentativas de vida religiosa en el mundo, tales como se presentan desde la Contrarreforma, deben mucho más, en efecto, a San Francisco de Sales que a San Francisco de Asís, fundador, sin embargo, de la primera Orden Tercera.

Los primeros terciarios franciscanos no eran precisamente tranquilos. Tenían una santidad ruidosa y a veces agitada, pero auténtica e intransigente. En cierta manera, San Francisco de Asís encontró entre ellos una especie de compensación y consuelo cuando, bajo la dirección del hermano Elías, la primera Orden no se desarrolló según sus deseos.

Las formas de vida religiosa en el mundo, tales como la elaboraron a partir del siglo XVI, no recuerdan más que de lejos a esta primavera franciscana, desordenada, vital y fecunda. Han desembocado en la existencia de tipos mixtos de cristianos, canónicamente laicos, que tratan de comportarse en el mundo como si fuesen religiosos, con la frecuencia de ejercicios espirituales y la regularidad de vida que caracterizan y deben caracterizar la vida religiosa.

No interpreten mal mi pensamiento. No digo que no haga falta ascética en la vida laica; el problema está en saber si puede ser la misma que la de los religiosos. No digo que no haga falta introducir en la vida laica cierta regularidad, so pena de ir sin rumbo fijo; el problema está en saber si puede ser la regularidad religiosa. En mi opinión, teniendo en cuenta la diferencia de condiciones, la identificación de las ascéticas y de las reglas es imposible, de manera que, normalmente, las tentativas de vida religiosa en el mundo o bien acaban en un fracaso, dejando una impresión de derrota espiritual, o bien no son posibles más que para ciertas categorías de gentes, cuyo horario está naturalmente regulado o se puede regular fácilmente; por ejemplo, solteros, mujeres sobre todo, sin exceso de responsabilidades profesionales ni apostólicas, o de ancianos, que tienen completa libertad para distribuir su tiempo. No es, pues, nada asombroso que, entre las gentes que quieran llevar la vida religiosa en el mundo, haya muchas mujeres solas, empleadas o funcionarias, que tienen un trabajo regular, sin responsabilidades acaparadoras.

Una vez más, comprendan mi pensamiento. No digo que no haga falta en una vida laical el espíritu de los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia, ni que no sea útil, incluso necesario, agrupar y encuadrar los laicos que quieren vivir según este espíritu, para darles la armadura de una norma interior y el apoyo de un grupo fraternal, como lo hacen ciertos Institutos seculares. No hay en ello nada que no sea normal y digno de alabanza, a condición, sin embargo, de evitar el volver subrepticiamente a una vida propiamente religiosa y que no se quiera apostar y ganar en los dos campos. Pero esta concepción del espíritu de los consejos evangélicos, vividos en la plena condición laical, es completamente distinta de la concepción antes corriente de «la vida religiosa en el mundo».

Una vez más estamos ante la necesidad de decidir. Hay que escoger: laico o sacerdote, laico o religioso y, en todos los casos, aceptar lealmente las consecuencias de su decisión.

2. LOS LAICOS LAICIZADOS

«El clericalismo, he aquí al enemigo…»

Me refiero ahora a tipos inversamente simétricos: los laicos laicizados.

Que nadie se equivoque, no insinúo que estos laicos no sean buenos cristianos; pueden ser cristianos mejores de lo que yo lo soy. Pero hay en ellos una cierta manera de concebir a la Iglesia y de vivir la vida eclesiástica que muestra que han sido influidos por un espíritu, ya no laico, sino laicista, con las deformaciones que trae consigo esta desinencia.

Veo dos grandes especies: la antigua y la nueva.

La antigua la conozco bien, porque se recluta en medios en los que cuento con muchos amigos. Estos laicos pueden ser profundamente cristianos, incluso piadosos, hasta beatos, de una piedad interior y personal, pero están siempre bajo reservas, y casi, se diría,

«ojo avizor» en presencia de la Iglesia, o más exactamente, de las instituciones y de los hombres de Iglesia, siempre feroz y celosamente preocupados de preservar su autonomía. No están siempre equivocados, ya que algunas de las instituciones de la Iglesia, que no dependen de la esencia de ésta, sino de las contingencias, pueden estar anticuadas o tener excesivos poderes, y ya que algunos hombres de Iglesia pueden mostrarse abusivos.

Pero exageran sus temores y sus escrúpulos, a veces hasta volverse puntillosos y quisquillosos. En el fondo, están apegados a la tradición liberal, y los encontramos precisamente en los medios en que persiste esta tradición.

Algunos de entre ellos, al tener que elegir escuela para sus hijos, los llevarán a priori, y por principio, a escuelas neutras. La cuestión de la elección de la escuela no se plantea para ellos más de lo que se plantea, en este sentido inverso, para otros católicos de tendencias opuestas. Les faltaría poco para presentar incluso su elección como una consecuencia necesaria, si no del dogma y de la moral, por lo menos de la voluntad apostólica. Otros se guardarán de pertenecer, por poco que sea, a una organización oficialmente católica, en particular a un movimiento de Acción Católica. Frecuentarán los sacramentos

con asiduidad y pagarán regularmente su «denario» del culto, pero eso es todo: que no les pidan más, aprecian demasiado su libertad. Algunos preferirán, siempre a priori, la Prensa neutra, incluso hostil, a los periódicos católicos, más o menos sospechosos de clericalismo o, por lo menos, de conformismo. Siempre sin una mayor información, algunos mirarán con recelo los grupos temporales, sindicatos o partidos, que confiesan ser de inspiración cristiana, y no darán su adhesión más que a un grupo neutro, incluso anticristiano. En caso de conflicto entre los representantes de lo espiritual y los de lo temporal, estos laicos laicizados tomarán casi automáticamente partido por lo temporal, estando bien claro para ellos que lo espiritual está equivocado por definición y que se sale casi siempre de su esfera.

Quizá alguien encuentre que mi retrato se parece bastante a una caricatura. Yo no lo creo así. Subrayo sólo los hechos para hacerlos resaltar mejor. El espíritu del laico laicizado no está tan extendido, pero no es una quimera, y me parece que no responde a lo que la Iglesia y el mundo esperan del laico cristiano.

Hay que observar que, en esta especie antigua, se encontrarían representados, aproximadamente en cantidades iguales, los católicos de derechas y los católicos de izquierdas, por emplear expresiones excesivamente fáciles. He conocido laicos laicizados entre los católicos de derechas, e incluso de extrema derecha, que desconfiaban de todo lo que es eclesiástico, incluso eclesial. Ciertos católicos de izquierdas se les unían en esta desconfianza. ¡Por esto, y casi únicamente por esto, las dos categorías se mostraban fraternales!

Un «adulto» que huye de las responsabilidades

La especie nueva de laicos laicizados es más alocada, pero quizá más simpática. Agrupa a los católicos que yo llamo, y que se proclaman a sí mismos, a veces muy alto, «adultos, mayores y emancipados».

Añado que el católico de esta especie, rara vez es de «derechas», casi siempre de «izquierdas», y a menudo, de extrema izquierda.

No tiene miedo del rojo, sino todo lo contrario.

Tiene razón en querer ser adulto. Pero no puedo dejar de plantearme una pregunta. ¿Es tan adulto como cree? Tengo, por lo menos, dos motivos para dudar de ello: el primero es que, cuando se es verdaderamente adulto, no se experimenta la necesidad de gritarlo a los cuatro vientos. El estado adulto es algo bastante pesado de llevar para que se haga una demostración ruidosa y constante. La reivindicación del estado adulto caracteriza, por el contrario, al adolescente: «Bueno, papá, ¿cuándo me dejarás salir por la noche? Bueno, mamá, ¿cuándo me dejarás usar tu lápiz de labios?»

Mi segunda razón para dudar es que, si se propone al cristiano que se llame a sí mismo «adulto, mayor y emancipado», alguna de las actividades responsables que pertenecen por derecho al adulto, se escabulle a menudo, siempre con buenos pretextos. Sin embargo, el adulto es el hombre que sabe enfrentarse con las responsabilidades. Cuántos laicos reivindicativos, críticos y proféticos, he conocido, que, en presencia de cualquier responsabilidad, se salían por la tangente. Daban la impresión de rehusar la participación activa en la vida de la Iglesia que no cesaban de reclamar, porque, a partir del día en que participasen efectivamente, ya no podrían gozar de la dulce voluptuosidad de «rezongar», grata a todo hombre, pero más grata aún a la adolescencia, edad crítica en todos los sentidos de la palabra.

En un momento de mal humor y de humor negro, he definido al laicado «adulto, mayor y emancipado» como el fiel que dice de su obispo lo malo que le sopla un religioso. Es injusto y un poco malévolo: ¿es completamente falso?

Este laico sedicente adulto está a menudo más cerca de lo que cree del monaguillo que ha crecido un poco demasiado aprisa para su sotanilla roja.

3. «NI CARNE, NI PESCADO…

El «bien-pensante»

Tengo que hablar de las clases intermedias entre el laico clericalizado y el laico laicizado. Pienso primero en el «bien-pensante», sin esconder que la expresión no es ni nueva, ni original.

Desde el punto de vista pastoral, es, si ustedes quieren, la gran masa de nuestras parroquias, y desde el punto de vista sociológico, son los feligreses que se asocian a los

medios generalmente mayoritarios de las parroquias de Francia, es decir, a las clases medias, y, desde ahora, sobre todo a las clases medias asalariadas, por oposición a las clases medias con ingresos variables.

El «bien-pensante» tiene como característica ser siempre de la misma opinión de estos

«señores» eclesiásticos, a condición, sin embargo, de que estos señores sean de su opinión y no le «cambien la religión», ya que le horrorizan las novedades.

No se deja apenas comprometer. Sin embargo, se deja llevar hasta cierto punto, pero teniendo cuidado de procurarse una salida de urgencia. Da a la Santa Iglesia de buen grado un poco de su dinero, menos de su tiempo, mucho menos de su corazón. Aunque tenga aspecto de estar en la Iglesia, está fuera de ella. No es ni un verdadero laico, que acepta sus responsabilidades en la Iglesia y en el mundo, ni siquiera un laico clericalizado como los que he presentado y cuyas deformaciones son incluso simpáticas, porque a fin de cuentas provienen de una generosidad mal entendida.

Es un «buen hombre», honrado, decente, respetable, incoloro, inodoro e insípido. Para él, la religión parece haberse comportado como uno de esos desodorantes de los que hacen publicidad los periódicos americanos, para el uso de hombres o mujeres que buscan una buena boda. Se diría que la Iglesia ha obrado como un factor que le ha quitado el poco de virilidad de que le había dotado la naturaleza y que no era ya gran cosa en el punto de partida.

El mal-pensado

En el extremo opuesto, he aquí al laico mal pensado. Se cree también en el interior de la Iglesia, pero se le encuentra más bien en nuestros movimientos que en nuestras parroquias, o, si frecuenta estas últimas es, por así decirlo, de pasada, con el fin de «oír Misa allí», de prisa, en el poco tiempo que le queda disponible, con la firme resolución de no oír el sermón que podría haber en el curso de esta Misa (quizá no esté siempre equivocado en endurecer, si no su corazón, al menos su oído, pero es un asunto que por el momento no me concierne).

Pertenece, por lo general, ya sea a una categoría minoritaria en la composición sociológica de la Iglesia, ya sea a una categoría mayoritaria, pero en este último caso, está más o menos rebelado contra su medio de origen. Así, por ejemplo, tales militantes obreros o tales universitarios, maestros sobre todo, o tales intelectuales, o aun tales jóvenes, en los que la clase de edad reemplaza esta vez a la clase social. (Pero entonces hay algunas oportunidades de que este joven se convierta un día en bien pensado, ya que del bien pensado al mal pensado la graduación y la evolución son a veces insensibles, y puede bastar con conservar ideas que podrían parecer «malpensantes» en el curso de su juventud, para convertirse, en la vejez, en un bien pensado.) El mal pensado puede ser activo, abnegado y generoso, pero su actitud general es de protesta y, para emplear una palabra de moda, de rebelión. Es, no en el sentido teológico, sino en el sentido etimológico de la palabra, un «protestante», ya que no cesa de protestar. No está jamás de acuerdo a priori, y sólo lo está rara vez a posteriori, con el conjunto de los cristianos. Por instinto se opone a ellos y su no conformismo es a veces tan sistemático que se convierte en un conformismo invertido.

El bien pensado no participa plenamente en la vida de la Iglesia por resistencia pasiva. El mal pensado tampoco participa, pero por resistencia activa. Además, habiendo leído a Bloy y a Bernanos – excelentes lecturas, por otra parte, pero sin haberlas comprendido siempre bien y sobre todo sin colocarlas en el contexto de su tiempo -, se transforma bastante fácilmente en profeta, un profeta menor que, a menudo, se contenta con repetir, fuera de lugar y bastante mal, lo que dijeron antes otros cristianos, profetas auténticos.

El laico de capilla

Tercera categoría intermediaria: el laico de pleno ejercicio, pero de pequeña capilla. Este es más generoso que el bien pensado y menos espinoso que el mal pensado. En cuanto al resto, pertenece un poco a las dos categorías: al mal pensado, porque es activo y no conformista en relación con los grandes conjuntos; al bien pensado, porque se muestra conformista con respecto a un grupo del que forma parte activa e integrante, y que confunde de buen grado con el conjunto de la Iglesia. Este grupo puede ser una familia espiritual, un movimiento de Acción católica o cualquier otra organización. Lo que importa, a fin de cuentas, no es tanto la naturaleza, la extensión o la importancia del grupo, como la confusión establecida por el laico entre su grupo y la Iglesia.

Con este último tipo, al cual no reprocho a fin de cuentas más que la limitación de sus miras, se acaba la tipología.

DESCUBRIMIENTO DEL LAICO: SU MISIÓN

En los retratos que acabo de trazar, a la manera de La Bruyère, ¿dónde está el laico, el verdadero laico? A mi humilde entender, no se encuentra en ningún sitio, ya que es otra cosa.

En la medida en que cediésemos a las desviaciones que acabo de analizar, no seríamos verdaderos laicos, sino caricaturas del auténtico laicado. ¿Entonces, dónde buscar al laico?

En la «turba multa», en el todo articulado y vivo que forma el conjunto de los fieles que no son ni sacerdotes, ni religiosos, y que asumen en, para y por la Iglesia, sus funciones propias de laicos. El laicado no podría compararse con una pirámide que comprendiese en la cima a los Institutos seculares, un poco debajo a los movimientos y organizaciones de Acción católica, y en la base, muy en la base, mezclados y a granel, lo que un cura que conozco llamaba «los restos de mi parroquia» cuando indicaba el orden de la procesión del Corpus Christi. El laicado es, en el seno de la Iglesia, una realidad orgánica y ordenada, con funciones y vocaciones diversas pero complementarias, según los carismas indicados

por San Pablo en la epístola a los Corintios. Oponer estas funciones, estas vocaciones y estos carismas, o establecer entre ellos jerarquías provisionales y siempre un poco artificiales, sería desconocer la vitalidad y la originalidad del Espíritu Santo, que inspira al laicado como a toda la Iglesia.

Más en concreto todavía, ¿dónde buscar al laico?

La enumeración muy concreta y práctica que voy a hacer de los lugares espirituales donde se puede y se debe encontrarle me dispensará quizá de una vuelta a las consideraciones teóricas.

¿Dónde buscar al laico?

En su parroquia, naturalmente, como conviene a su estado, para participar allí lo más activamente posible a la vida de la Iglesia, en el seno de una célula elemental. Pero no

necesariamente como sacristán o ayudante de Misa, ni siquiera como miembro del consejo curial, cuando este consejo existe auténticamente, lo que no ocurre quizá en todas las parroquias.

¿Dónde buscar al laico?

En los «movimientos de Acción católica» naturalmente, para colaborar allí en el apostolado de la jerarquía. Pero, a riesgo de causar un poco de escándalo entre algunos, precisaré todavía: no necesariamente ni siempre, ya que la vida y la acción obligan a elegir. La adhesión a los organismos de Acción católica, por generalizada que deba ser, corresponde a una vocación personal, indicada por las atraccio-nes, las aptitudes y las posibilidades de cada uno. Para obrar como cristianos, para llevar a cabo su acción de católicos, no es necesario que todos los cristianos pertenezcan a movimientos de Acción Católica, y no serán menos cristianos si su vocación les mantiene fuera de los «cuadros oficiales». Puede incluso suceder, en ciertos casos, que las actividades de Acción católica constituyan impedimentos a otras actividades más conformes con las posibilidades y las responsabilidades de tal o cual cristiano, por ejemplo, en actividades temporales.

¿Dónde buscar al laico?

En los «grupos propiamente espirituales» y —¿por qué no?— en los «Institutos seculares».

El laico necesita renovar y revigorizar constantemente su vida espiritual. Es, pues, normal que pertenezca a lo que se llama, a veces un poco desdeñosamente, las organizaciones piadosas, o también a Institutos seculares, cuando éstos, plenamente laicos, no lo transformen en sucedáneo religioso. Pero la elección del grupo es asunto de vocación personal. El laico cristiano puede tener una vida espiritual profunda sin pertenecer a un grupo organizado. Terceras-Órdenes franciscana, dominica, carmelita, oblata, benedictina, nada me obliga a escoger entre estos diferentes «conservatorios» de vida espiritual, salvo las preferencias de mi razón y de mi corazón, es decir, mi vocación. Y si no quiero escoger entre ellos, sino buscar otra cosa, tengo libertad.

¿Dónde buscar al laico?

Pienso que debería encontrársele vivo y obrando como cristiano en su hogar, «en el medio familiar». Si yo declaraba antes que no era indispensable estar casado y ser padre de familia para ser laico, no me retracto en absoluto, pero me apresuraré a añadir que la experiencia del laico soltero tiene siempre algo de excepcional, cualquiera que sea la razón, y que el laico corriente, si no normal, es el hombre que funda una familia, con el fin de acrecentar, por el amor conyugal y paternal, el pueblo de Dios.

¿Dónde buscar al laico?

Se le deberá encontrar, obrando como cris-tiano, «en el taller», como San José y como Cristo adolescente. Por taller, entiendo el trabajo que hace volver el mundo a Dios y todas las dependencias y las consecuencias del tra-sid, ante las las formas de la acción profesional.

¿Dónde buscar al laico?

En su barrio, prolongación de su familia e introducción a la vida de la ciudad. Es su función estar allí y obrar allí como cristiano.

¿Dónde buscar al laico?

En todas partes donde se forma o se construye la cultura humana, en todas partes donde se edifica la civilización; esto es obra propia del laico; no es que los sacerdotes o religiosos no puedan ellos también aportar su ayuda a la vida cultural del mundo y a la obra de civilización, sino que ellos no han escogido la vida sacerdotal o religiosa con este fin, como el misionero que parte hacia un país lejano no va para llevar «la civilización», sino para implantar la Iglesia visible de Cristo, hasta el momento en que la Iglesia local podrá vivir con su vida propia. Cuando el laico, por el contrario, trabaja en la cultura humana y para la civilización que pasa, está en su sitio, en su lugar, en su función.

¿Dónde buscar al laico?

En la ciudad, dominio de César. César, aunque designado por Dios y llevando, por la consagración, la unción divina, es esencialmente laico, ya que encarna el poder temporal.

Víctor Hugo hablaba de «Estas dos mitades de Dios, el Papa y el Emperador».

Esta visión antitética, un poco simple, como todo lo de Víctor Hugo, lleva, sin embargo, una parte de verdad. César, si no es la mitad de Dios, es, sin embargo, porque tiene la responsabilidad del bien común temporal, el símbolo del laicado.

El laico: Cristo y la Iglesia en lo temporal

Es ahí, en todos los dominios, donde se debe buscar al laico cristiano y a su tarea. Es allí donde debe obrar con la libertad de un bien como hijo de la Iglesia plenamente sumiso, que no espera de ella lo que no puede ni quiere dar, por ejemplo indicaciones precisas y detalladas acerca de su acción temporal, sino otra cosa de la que es esencialmente portadora: una luz y un calor, la luz y el calor de una llama sobrenatural, según la frase de san Juan de la Cruz, «la llama de Amor viva».

La misión del laico es la consagración del mundo a Dios por Cristo y por la Iglesia, la presencia de la Iglesia y de Cristo en el mundo en lo cotidiano y en lo temporal, ya que este cotidiano esconde lo temporal, por una misteriosa y santa alquimia, crea lo eterno.

El autorJoseph Folliet

Sacerdote francés, activista católico, sociólogo y escritor, cofundador de los Compañeros de San Francisco y fundador de La Vie catholique illustrée.

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