Cuando Karol Wojtyła accedió a la Sede de Pedro en octubre de 1978 el mundo entero constató que se abría una nueva época en la sucesión apostólica. Al igual que aquel joven Papa había de desarrollar una peculiar sintonía y complicidad con representantes del arte, de la cultura y de la comunicación, de igual modo mostró una clara afinidad hacia el medio cinematográfico. Sus más directos colaboradores así lo constatan. Por ejemplo, el cardenal Stanisław Dziwisz, su secretario particular durante cuarenta años, afirmaba: “A Juan Pablo II le gustaba mucho el cine y veía las películas importantes del momento”.
Por su parte, el que fuera durante muchos años presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, el entonces arzobispo John P. Foley, daba fe de que “el Santo Padre conoce bien el cine y ha podido ver películas de directores de distintos países”.
Finalmente, Joaquín Navarro-Valls, portavoz de la Santa Sede durante casi todo su pontificado, matizaba: “A san Juan Pablo II le gustaba el cine y sabía apreciarlo, aunque veía poco. En cualquier caso, le gustaba estar al tanto de la producción cinematográfica y preguntaba sobre ella, especialmente sobre películas de contenido histórico, biográfico o puramente estético. Le gustaban especialmente aquellas historias que exponían un tema humano universal y proponían una solución no trivial. No era inmune a la estética, pero por encima de todo le atraía el contenido humano”.
Un pontificado de cine
De un modo u otro, el mundo del cine estuvo muy presente en el pontificado de san Juan Pablo II. En efecto, durante esos años se prodigaron los encuentros con actores, cineastas y profesionales de la televisión con motivo de audiencias, jubileos o pases privados de obras cinematográficas. Nombres como Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Monica Vitti, Dario Argento, Roberto Benignini, Andrei Tarkowski, Krzysztof Zanussi, Ettore Bernabei, Ennio Morricone, Martin Sheen o Jim Caviezel fueron desfilado por las estancias vaticanas. Lo mismo hicieron los productores de la serie sobre la Biblia, con quienes el Papa se reunió en diversos momentos. Entre todos estos encuentros, destaca el que mantuvo, por iniciativa propia, con una buena representación de la industria de Hollywood en el Hotel Registry de Beverly Hills en septiembre de 1987, durante su visita pastoral a Estados Unidos, al que asistieron figuras como Lew Wasserman, Jack Valenti o Charlton Heston.
Mención especial merece la relación de amistad que san Juan Pablo II mantuvo con su compatriota, el director de cine polaco Krzysztof Zanussi, quien dirigió la primera película biográfica sobre la vida del nuevo pontífice: From A Far Country (De un país lejano, 1981). El biopic de Zanussi fue el primero, pero no el último, porque, como afirmaba George Weigel, la propia trayectoria vital de Karol Wojtyła –épica y dramática a un tiempo– “desafiaría la imaginación del más afamado de los guionistas”. En efecto, en 1984 se estrenó el telefilme estadounidense Pope John Paul II, dirigido por Herbert Wise y protagonizado por Albert Finney, y tras la muerte de Wojtyła en 2005, otras producciones televisivas, que manifiestan el interés que despertaba su figura.
En otro contexto, conviene mencionar los congresos y jornadas de estudio sobre el séptimo arte que se impulsaron durante sus años al frente de la Iglesia –entre los que destacan las tres ediciones del Congreso Internacional de Estudios sobre el Cine, así como la creación de un específico festival de cine denominado Terzo Millenio Film Festival, cuya primera edición tuvo lugar en 1991. Por último, cabría añadir otro festival de menor entidad, The John Paul II Inter-Faith Film Festival (JP2IFF), surgido en 2009 para conmemorar el X aniversario de la Carta a los Artistas.
Un magisterio breve pero profundo
Toda esta extensa presentación sirve de contexto para entender por qué san Juan Pablo II quiso prestar una especial atención al medio cinematográfico y por qué le dedicó una parte pequeña, aunque muy sustanciosa, de su magisterio. En concreto, el núcleo fundamental lo constituyen poco más de una decena de discursos en los que se refiere al cine y a la ficción televisiva de manera monográfica y que tuvieron lugar entre 1978 a 1999, es decir, a lo largo de casi todo su pontificado. Algunos de ellos los pronunció con motivo de encuentros con profesionales del sector; otros, a raíz de jornadas o congresos sobre el cine; finalmente, no faltan los que dedicó al séptimo arte con motivo de su primer centenario. Ofrecemos a continuación una síntesis de las ideas más relevantes contenidas en todos ellos.
Cine y misterio humano
Al igual que otras artes, también el cine, gracias a la eficacia evocadora y emotiva de su lenguaje y a la fuerza que posee la representación dramática de la vida humana, contribuye, en palabras de san Juan Pablo II, “a obtener una conciencia mejor y más profunda de la conditio humana, del esplendor y de la miseria del hombre”. De ahí que insistiera: “El cine es, pues, un instrumento sensibilísimo, capaz de leer en el tiempo los signos que a veces pueden escapar a la mirada de un observador apresurado. Cuando se usa bien, puede contribuir al crecimiento de un verdadero humanismo y, en definitiva, a la alabanza que de la creación se eleva hacia el Creador”.
Es precisamente en la riqueza del medio cinematográfico –imágenes y sonidos al servicio de una historia– donde se logra esa conexión con el espectador que le permite vivir vicariamente la vida de otros en un drama cargado de significado (la experiencia catártica a la que aludían los griegos). Así, este santo Papa explicaba: “El cine goza de una riqueza de lenguajes, de una multiplicidad de estilos y de una variedad de formas narrativas verdaderamente grande: realismo, fábula, historia, ciencia ficción, aventura, tragedia, comedia, crónica, dibujos animados, documentales… Por eso, ofrece un tesoro incomparable de medios expresivos para representar los diversos campos en que se sitúa el ser humano, y para interpretar su imprescindible vocación a lo bello, lo universal y lo absoluto”. Como se aprecia, para este Romano Pontífice el cine, siendo un vehículo idóneo para expresar la dimensión trascendente del hombre, posee una singular cualidad performativa y salvífica, propia de toda manifestación cultural basada en una adecuada antropología, característica de aquellas expresiones artísticas que se abren al espíritu y muestran la íntima relación que existe entre la belleza, la verdad y el bien. De ahí que añada: “Ante las películas el espectador se siente impulsado a la reflexión, hacia los aspectos de una realidad a veces desconocida, y su corazón se interroga, se refleja en las imágenes, se confronta con perspectivas diversas, y no puede quedar indiferente ante el mensaje que la obra cinematográfica le transmite”.
El cine como pedagogo individual y social
En varias ocasiones, el Papa Wojtyła utiliza el término pedagogo o agente cultural, para reforzar la idea de que todas las pantallas, grandes y pequeñas, se han convertido en instancias conformadoras de los valores que atañen a la conciencia individual y social, suplantando a la familia, la escuela y la formación religiosa. Así, señalaba en una ocasión: “Entre los medios de comunicación social, el cine es sin duda un instrumento muy difundido y apreciado, y de él parten con frecuencia mensajes capaces de influenciar y condicionar las elecciones del público –sobre todo del más joven– en cuanto forma de comunicación que se basa no tanto en las palabras, como en hechos concretos, expresados con imágenes de gran impacto sobre los espectadores y su subconsciente”, hasta el punto de que “mediante los modelos de vida que presentan, con la sugestiva eficacia de la imagen, de las palabras y de los sonidos, los medios de comunicación social tienden a sustituir a la familia en el papel de preparación a la percepción y a la asimilación de los valores existenciales”. El cine se convierte, por tanto, en espejo y modelador de la sociedad, y en un agente de cohesión social e intercambio cultural. En concreto, a los representantes de la principal maquinaria productora y exportadora de entretenimiento que es Hollywood, les señalaba con ocasión de un encuentro en 1987: “Ayudáis a vuestros conciudadanos a disfrutar del ocio, a apreciar el arte y a beneficiarse de la cultura. Proporcionáis a menudo las historias que cuentan y las canciones que cantan. Les suministráis las noticias sobre acontecimientos cotidianos, una visión de la humanidad y motivos de esperanza. Vuestro influjo en la sociedad es ciertamente profundo. Cientos de millones de personas ven vuestras películas y programas de televisión, escuchan vuestras voces, cantan vuestras canciones y reflejan vuestras opiniones. Es un hecho que vuestras decisiones más pequeñas pueden tener un impacto global”.
Responsabilidad social de los profesionales
No es de extrañar que, ante semejante poder, san Juan Pablo II exigiera una consecuente responsabilidad. Lo hizo en muchas ocasiones entre las que destaca, con singular fuerza, su discurso ante la industria hollywoodiense. “Mi visita a Los Ángeles quedaría incompleta sin este encuentro, porque vosotros representáis uno de los factores de influencia estadounidense más importantes en el mundo de hoy. Trabajáis en todos los campos de las comunicaciones sociales y así contribuís así al desarrollo de una cultura popular de masas. La humanidad se ve profundamente influida por lo que hacéis. Vuestras actividades afectan a la misma comunicación: dando información, influyendo en la opinión pública, ofreciendo entretenimiento (…). Proporcionáis a menudo las historias que cuentan y las canciones que cantan. Les suministráis las noticias sobre acontecimientos cotidianos, una visión de la humanidad y motivos de esperanza. Vuestro influjo en la sociedad es ciertamente profundo”. Y añadía: “Vuestro trabajo puede ser una fuerza para un gran bien o para un gran mal. Vosotros mismos conocéis los peligros y las espléndidas oportunidades que se abren ante vosotros. Los productos de la comunicación pueden ser obras de gran belleza, que revelan lo que hay de noble y edificante en la humanidad, y promueven lo que es justo, equitativo y verdadero. Por otra parte, la comunicación puede apelar y promover lo que es degradante en las personas: el sexo deshumanizado a través de la pornografía o a través de una actitud superficial con respecto al mismo sexo y a la vida humana; la avaricia, través del materialismo y del consumismo o del individualismo irresponsable; la ira y la venganza, a través de la violencia o de la justicia propia. Todos los medios de cultura popular que representáis pueden construir o destruir, elevar o rebajar. Tenéis incalculables posibilidades para el bien y abominables posibilidades para la destrucción. Es la diferencia entre la muerte y la vida –la muerte o la vida del espíritu–. Y es una cuestión de elección”.
Entre los desafíos más apremiantes que este Papa señala en sus intervenciones se encuentran el respeto al espectador –basado en la dignidad humana–, la transmisión de valores positivos en defensa de un verdadero humanismo, la representación responsable de temas polémicos como la violencia o el sexo, la promoción de un verdadero bien común, la defensa de la libertad creativa y también responsable, y la resistencia ante intereses comerciales e ideológicos.
Se trata, en el fondo, de que los profesionales del cine y de los medios audiovisuales respondan a la confianza que la comunidad deposita en ellos. En este sentido, concluía este santo Papa: “Ciertamente, vuestra profesión os somete a una gran medida de rendición de cuentas –ante Dios, ante la comunidad y ante el testimonio de la historia. Y, sin embargo, a veces parece que se deja todo en vuestras manos. Precisamente porque vuestra responsabilidad es tan grande y vuestro dar cuentas a la comunidad no resulta fácilmente ejercible desde el punto de vista jurídico, la sociedad se apoya tanto en vuestra buena voluntad. En cierto sentido, el mundo está a vuestra merced. Los errores de juicio, las equivocaciones sobre la conveniencia y justicia de lo que se transmite, así como los criterios erróneos en el arte pueden ofender y herir las conciencias y la dignidad humana. Pueden usurpar derechos fundamentales sagrados. La confianza que la comunidad deposita en vosotros os honra profundamente y os desafía poderosamente”.
Responsabilidad del espectador
Sin embargo, el sentido de responsabilidad no se circunscribe solo a los profesionales. Se trata de una responsabilidad compartida que implica también a quienes disfrutan de los contenidos audiovisuales, es decir, a los espectadores. A ellos les corresponde formar su capacidad crítica para interpretar correctamente los mensajes que reciben a través de la pequeña o gran pantalla, y estar así en condiciones de hacer un uso libre y responsable de esos contenidos audiovisuales. De igual manera, se incluyen aquí los padres y educadores, en el caso de los menores de edad, y también el papel de los críticos de cine.
Los principios que sustentan este deber de formar (o formarse) en el uso de los medios de comunicación están enraizados en una visión antropológica que defiende la dignidad del hombre y su actuar libre y responsable. No es casualidad que san Juan Pablo II insistiera en ello desde el comienzo de su pontificado. Por ejemplo, en 1981 recordaba: “El hombre, también en relación con los mass-media, está llamado a ser ‘él mismo’: o sea, libre y responsable, ‘usuario’ y no ‘objeto’, ‘crítico’ y no ‘pasivo’ (…). Esta es la dignidad que exige que el hombre actúe según opciones conscientes y libres, esto es, movido e inducido por convicciones personales y no por un ciego impulso interno o por mera coacción externa”. Y, más adelante, proseguía: “Hay que intensificar la acción directa para la formación de una conciencia crítica que influya en las actitudes y en los comportamientos no sólo de los católicos o de los hermanos cristianos –defensores por convicción o por misión de la libertad y de la dignidad de la persona humana–, sino de todos los hombres y mujeres, adultos y jóvenes, a fin de que sepan verdaderamente ‘ver, juzgar y actuar’ como personas libres y responsables, también en la producción y en las decisiones que se refieren a los medios de comunicación social”.
En concreto, este Papa propuso fomentar la formación crítica en cine y en las artes audiovisuales, en especial, en el caso de los niños y adolescentes (los más indefensos antes los mensajes de las pantallas); la responsabilidad de los padres y educadores; y, finalmente, el papel de los críticos de cine, sobre los que recae la misión de ayudar a formar la recta conciencia crítica de los espectadores.
El cine, vehículo de evangelización
Resulta bastante coherente que alguien que entiende de manera tan profunda la naturaleza del medio cinematográfico y su capacidad de penetrar en el interior del hombre, piense en él a la hora de transmitir los contenidos de la misma fe. “El cine, con sus múltiples potencialidades, puede convertirse en valioso instrumento para la evangelización –señalaba en una ocasión–. La Iglesia exhorta a los directores, a los cineastas y a todos los que –a cualquier otro nivel– se profesan cristianos y trabajan en el complejo y heterogéneo mundo del cine, a actuar de forma plenamente coherente con su fe, tomando valerosamente iniciativas incluso en el campo de la producción para hacer cada vez más presente en ese mundo, a través de su labor profesional, el mensaje cristiano que es para todo hombre mensaje de salvación”. En concreto, las historias reflejadas en la pantalla pueden contribuir a remediar la brecha existente entre la fe y la cultura. Así, invitaba a un grupo de profesionales: “Confío en que vuestras producciones cinematográficas sean una ayuda valiosa para el diálogo indispensable que se está desarrollando en nuestro tiempo entre la cultura y la fe. De modo especial, en el ámbito del cine y la televisión, donde se encuentran la historia, el arte y los lenguajes de la comunicación, vuestra obra de profesionales y creyentes resulta particularmente útil y necesaria”.
Una invitación perenne
Karol Wojtyła ha sido un Papa que ha manifestado una especial sensibilidad hacia el medio cinematográfico. Lo ha entendido con hondura en todas sus dimensiones: como arte, como industria y como medio de comunicación. Se trata de un caso singular en los pontificados más recientes. Su magisterio permanecerá como fuente de inspiración. Así lo reconocía el entonces presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, el arzobispo Foley: “Los mensajes del Santo Padre sobre el cine pueden considerarse un punto de partida para la reflexión y nos recuerdan una vez más cuánta atención ha prestado Juan Pablo II a la gran pantalla. Se trata de una llamada a la responsabilidad, un ánimo para proseguir por el camino que muchos han emprendido, sobre todo a la luz de una consideración indispensable: que el cine es una parte integral de la cultura de un pueblo, y que representa las ansias, los miedos, las esperanzas, y que cada película permanece como un testamento de esta cultura, habla a las generaciones futuras y puede devolver a la mente momentos olvidados o jamás conocidos”. En efecto, este breve pero profundo magisterio seguirá iluminando a quienes trabajan en la industria audiovisual, con el deseo –en palabras del propio san Juan Pablo II– de que “la industria del cine en todo el mundo reflexione sobre su potencial y asuma su importante responsabilidad”.
San Juan Pablo II y el Cine Verdad, bien y belleza en la pantalla
Sacerdote. Doctor en Comunicación Audiovisual y en Teología Moral. Profesor del Instituto Core Curriculum de la Universidad de Navarra.




