Quien habla en esta entrevista no es un sacerdote ni un teólogo, sino un empresario. Y no uno cualquiera. Fernán de Elizalde —empresario argentino, formado desde sus inicios laborales en la cultura del “ganar dinero como sea”— es hoy el administrador general de la causa de santidad de Enrique Shaw. Llegó a esta situación casi a su pesar. “Yo era de los que pensaban que un empresario no podía ser santo”, confiesa sin rodeos. Pero Shaw le cambió la perspectiva, por eso cree que puede ayudar a mejorar también la imagen que la Iglesia y la sociedad tienen del mundo empresarial.
Elizalde se define a sí mismo como un antiguo “tiburón de los negocios”. “Había que ganar plata. No te digo matar, pero casi. Ese era el ambiente en el que yo vivía”, explica. Durante años ocupó cargos de alta dirección en grandes empresas, hasta que denunció dos estafas internas siguiendo los códigos éticos corporativos. “Hice la denuncia al jefe de la banda sin saberlo. Y me echaron». Aquella experiencia, paradójicamente, fue el inicio de su acercamiento a la figura de Enrique Shaw, por quien entonces no sentía el menor interés. “Para mí era un santurrón que repartía la plata que otros ganaban. Decía eso, y lo decía en voz alta».
No conoció personalmente a Shaw —murió en 1961—, pero conocer su vida le obligó a revisar todos sus prejuicios. “Descubrí que debajo de la punta del iceberg había una enorme riqueza para obtener resultados y con unos buenos principios éticos. Me di cuenta de que estaba equivocado en la idea que tenía de él». Desde entonces, su vida profesional y personal quedó marcada por una convicción: “Se puede ser buen empresario, ganar dinero, tener rentabilidad, y al mismo tiempo ser profundamente cristiano».
Un santo incómodo: laico, militar, empresario
La figura de Enrique Shaw resulta incómoda para muchos estereotipos. Laico, padre de familia numerosa, empresario de éxito y militar de formación. En Argentina, recuerda Elizalde, “militar ha sido siempre mala palabra”. Y, sin embargo, Shaw fue marino, y no uno más: “Fue el marino más joven graduado en la historia naval argentina” y, además, destacado oficial en sus años en la Armada. También cursó estudios en la escuela de negocios de Harvard.
La Marina le dio una formación que marcaría toda su vida. “Disciplina, método, orden”. Llevar el barco a puerto cuidando a la nave y a los tripulantes fue siempre su objetivo en las empresas en las que trabajó.
Shaw fue durante años el principal responsable de Rigolleau, la cristalería más importante de América Latina, participada por la multinacional estadounidense Corning Glass (botellas, vidrio industrial, vidrio técnico, productos como los famosos Pyrex; en definitiva, una empresa estratégica, con miles de empleados).
“Yo no quiero echar a nadie como primera opción”
La anécdota que, para Elizalde, resume mejor la ética empresarial de Enrique Shaw ocurre cuando la producción debe detenerse y, por lo tanto, la empresa deja de generar ingresos. Desde la casa matriz en Estados Unidos llega una orden tajante: despedir a 1.200 trabajadores.
“La respuesta de Enrique fue clara: ‘No’. Dijo: ‘Podemos aguantar. Tenemos ganancias acumuladas. Déjenme presentar un plan para tratar de reconducir la situación’”. Su propuesta era concreta y arriesgada: tres meses de plazo y la autorización para perder hasta un monto determinado de dinero y un compromiso firme. “Si se supera el tiempo o el dinero autorizado, entonces sí, haré los despidos que ustedes piden, pero los haré a mi manera”.
Viajó a Estados Unidos para defender un plan que pensaba proponer ante su par, Amory Houghton, que más tarde sería el CEO de la Corning Glass. El plan incluía medidas muy precisas buscando aprovechar el tiempo de los empleados en tareas útiles y productivas que normalmente se postergan —mantenimiento, reparaciones, orden de archivos, trabajos técnicos— para evitar despidos inmediatos.
La frase que Shaw repetía sintetiza toda su filosofía: “Yo no quiero echar a nadie como primera opción”. No era ingenuo ni blando, aclara Elizalde: “Si había que echar, echaba. Pero lo hacía bien, de manera humana, positiva».
El resultado fue inesperado incluso para los más optimistas. “Mucho antes de que se cumplieran los 90 días, la actividad comercial se recompuso. La empresa volvió a vender, a facturar y a cobrar». Solo se perdió el 50 % de la cantidad autorizada. Entonces ocurrió algo insólito. “Enrique fue a los directivos y les dijo: ‘Nos autorizaron a perder 100. Perdimos 50. ¿Qué hacemos con los otros 50? Yo propongo repartirlos como premio a la gente’”. Quiso repartir un dinero a pérdida y su propuesta se aprobó.
“Muero contento: por mis venas corre sangre obrera”
Ese gesto explica lo que ocurrió después. Poco antes de morir, Shaw necesitó transfusiones de sangre. Sin que nadie lo pidiera, 256 obreros de la empresa salieron del trabajo y viajaron hasta el hospital de Buenos Aires donde estaba internado para donar sangre.
“Había colas de hombres con monos de trabajo. La gente del hospital no entendía nada. Pensaban que era un sindicalista o un dirigente político. Cuando les dijeron que era el gerente general de una empresa, no lo podían creer».
Shaw recibió la sangre de su gente, pero murió poco después. Una de sus últimas frases mostraba su sentido del humor: “Muero contento, porque hoy por mis venas corre sangre obrera”.
Para Elizalde, no hay mejor definición de santidad laical. “Lo adoraban. No por sus discursos, sino por sus gestos concretos. Porque nunca humilló a nadie. Porque amó a su gente».

Sufrir sin anestesia
El cáncer acompañó a Shaw durante cinco años de enfermedad. Apenas tomaba calmantes. “Decía: ‘Sufro y ofrezco mi dolor por los que sufren de verdad. Yo tengo todo’». Muchas veces, recuerda Elizalde, estaba doblado de dolor en reuniones y nadie se daba cuenta. “La falta de analgésicos no fue conocida por su entorno hasta poco antes de morir».
No buscaba heroísmo ni aplausos. “Era coherencia plena. Lo que decía, lo hacía». Ganaba dinero, sí, y mucho. Provenía de una de las familias empresarias más importantes de Argentina y de Europa. Pero entendía la empresa como una comunidad humana, no como una máquina de beneficios.
Un empresario que desmonta prejuicios
“El gran problema —dice Elizalde— es que la gente habla sin saber. Yo incluso, sobre Enrique, hablaba sin saber. Los argentinos somos de “opinar de todo” y no siempre decimos cosas que son ciertas”.
La figura de Enrique Shaw desmonta un prejuicio muy arraigado: que un empresario, por definición, no puede ser santo. “Él demostró que se puede. Siempre tuvo rentabilidad. Y cuando no la tenía, cambiaba las cosas para volver a tenerla. Pero nunca a costa de la dignidad de la gente».
Por eso su causa de beatificación tiene un valor que va más allá de lo religioso. “La Iglesia va a declarar santo a un empresario, laico, padre de familia numerosa, militar. Eso es revolucionario”. No por ideología, sino por el ejemplo concreto de una vida coherente.
Elizalde lo resume con una convicción nacida de la experiencia: “Si te ves en una situación difícil, rezá. Dios te va a dar una mano. No es magia. El camino está marcado». Y Enrique Shaw, empresario y cristiano, lo recorrió hasta el final.
Oración para la devoción privada
Oh Dios, tu venerable siervo Enrique nos dio un alegre ejemplo de vida cristiana a través de su quehacer cotidiano en la familia, el trabajo, la empresa y la sociedad. Ayúdame a seguir sus pasos con una profunda vida de unión contigo y de apostolado cristiano. Dígnate glorificarlo y concédeme por su intercesión el favor que te pido… Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
(Padrenuestro, Avemaría, Gloria)
Con aprobación eclesiástica: Arzobispado de Buenos Aires, 14 de julio de 1999.




