Evangelización

El Adviento, tiempo de humildad

La humildad es condición esencial para que el ser humano pueda acoger el don de la salvación de Dios, manifestado plenamente en el misterio de la Encarnación que celebramos en Navidad.

Reynaldo Jesús·30 de noviembre de 2025·Tiempo de lectura: 6 minutos
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«El pequeño por su condición, recibe al eterno en su corazón». 

La espiritualidad cristiana ha reconocido la importancia de la pequeñez —concepto que  integra humildad, pobreza de espíritu y conciencia de pecado—, como una condición  esencial para acoger la acción redentora de Dios. Esta experiencia constituye una  disposición ontológica (en cuanto al ser) y teologal (en cuanto a Dios); y solo cuando el  ser humano entra en la verdad de su ser criatura y de su miseria moral, puede abrirse al  don divino que irrumpe en el misterio de la Encarnación. 

En este sentido, la afirmación espiritual “sentir la pequeñez de ser pecador para tener  la necesidad de que el Niño Dios nazca en mi corazón” expresa de manera sintética una  lógica teológica profunda: el ser humano solo puede acoger el misterio del Verbo  encarnado cuando reconoce su incapacidad radical para salvarse por sí mismo. La  Encarnación —y su manifestación en el misterio de la Navidad— no se comprende  plenamente sino a la luz de la limitación del hombre y el abajamiento de Dios. 

La experiencia bíblica de la pequeñez: fundamento antropológico y teológico

La Escritura inicia la revelación mostrando al ser humano como alguien dependiente.  La sentencia “polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3, 19) no es una condena sino una  declaración ontológica que funda la existencia humana en la dependencia radical de  Dios. El salmista capta esta desproporción al cuestionar: “¿Qué es el hombre para que  te acuerdes de él?” (Sal 8, 5). La pequeñez en la Biblia no se concibe como debilidad  despreciable, sino como el lugar donde Dios despliega su gracia. El reconocimiento de  la propia finitud es, por tanto, puerta para la revelación y la salvación. 

A lo largo de la historia de la salvación, Dios escoge a quienes no poseen atributos de  grandeza según los criterios humanos. Esta elección no es sólo pedagogía, sino teología:  la salvación es verdaderamente iniciativa Divina, y su transparencia se manifiesta en la  pequeñez del instrumento humano. Así, Abraham es llamado en su vejez (cf. Gn 12, 4);  Moisés es escogido pese a su tartamudez (cf. Ex 4, 10); David es ungido, aunque sea el  menor (cf. 1Sam 17, 14). La teología paulina lo sintetiza: “Dios escogió lo débil del  mundo para avergonzar a los fuertes” (1 Cor 1, 27). Hans Urs von Balthasar observa  que este patrón revela la “estética” de Dios: una belleza que surge de la humildad y el  sacrificio (Gloria. Una estética de Dios, 1989, p. 20-23). La pequeñez humana no es  obstáculo, sino condición para que la gloria divina se manifieste.

Ahora bien, en el Nuevo Testamento, la pequeñez adquiere un valor explícitamente  soteriológico (es decir, vinculado a la salvación). Jesús declara que el Reino pertenece  a los “pobres de espíritu” (Mt 5, 3) y que la revelación es concedida “a los pequeños” (Mt 11, 25). La parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18, 9-14) muestra que la  justificación no depende del mérito, sino del reconocimiento de la propia miseria. 

De hecho, con firmeza y sin dudar se puede afirmar con radicalidad que la humildad es  la verdad del hombre ante Dios, sin la cual la gracia no encuentra dónde posarse; y sólo  así la pequeñez se convierte entonces en una estructura espiritual de acogida

La pequeñez divina que responde a la pequeñez humana 

El himno de Filipenses (2, 6-11) constituye la clave cristológica: el Verbo “se despojó  de sí mismo” (ekenōsen). La Encarnación es el abajamiento voluntario del Hijo, que  toma la condición de siervo. San Atanasio de Alejandría (De Incarnatione Verbi Dei), enseña que el Verbo “no tuvo reparo en hacerse pequeño para elevarnos desde nuestra  pequeñez”. Este abajamiento no es humillación sino manifestación de la esencia del  amor divino: Dios es aquel que se da hasta lo más bajo. 

El nacimiento en Belén también revela una lógica divina que contrasta con todo poder  humano: el pesebre es signo de pobreza, vulnerabilidad y fragilidad. Todo en la escena  indica que Dios ha escogido la pequeñez como lenguaje revelador. El Papa San León  Magno afirma que la majestad del Hijo de Dios asume nuestra pequeñez sin disminuir  su grandeza (Sermón 6). El pesebre es, entonces, un ícono teológico: el hombre no puede  acoger a Dios sino desde la humildad, porque Dios mismo se presenta humildemente

La Encarnación acontece porque María reconoce su pequeñez: “ha mirado la humildad  de su esclava” (Lc 1,48). Su fiat es expresión de una disponibilidad absoluta, cuyo  fundamento no es el mérito sino la pobreza de espíritu. Santa Teresita de Lisieux, en su  obra Historia de un alma interpretará esta actitud como la esencia de su “caminito”;  para ella, no se trata tanto de elevarse a Dios por obras extraordinarias, sino dejarse  tomar por Él desde la pequeñez. 

La conciencia del pecado como apertura a la gracia 

Teológicamente, el pecado no se trata solo de un simple error moral, sino que es concebido como una ruptura de la relación filial con Dios. San Pablo afirma que “todos  pecaron” (Rm 3, 23) y así, la conciencia de pecado no es pesimismo, sino realismo  teológico. La tradición espiritual enseña que la contrición auténtica es a la vez dolor por  el mal cometido y esperanza en la misericordia. El Salmo 51 expresa esta tensión: “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”. El reconocimiento del pecado  abre el espacio interior para la redención. 

En las parábolas de la misericordia (cf. Lc 15) el retorno del pecador es descrito como  renacimiento: el hijo “estaba muerto y ha vuelto a la vida”, y es que la misericordia es  capaz de restituir la identidad perdida, sobre todo cuando la conciencia del pecado es en  verdad, el primer paso hacia una respuesta del corazón a la misericordia de un Dios que  sigue saliendo a su encuentro, pero, solo quien se reconoce herido puede dejarse sanar. 

En las realidades eclesiales conviene hablar del “nacimiento de Cristo en el alma”; el  cristiano debe hacerse un “Belén espiritual”, un lugar donde el Verbo pueda nacer de  nuevo. La pequeñez —como reconocimiento de pecado y de límite— constituye el  “pesebre interior” de cada creyente. 

Magisterio y tradición: la humildad como condición de encuentro con Cristo

No obstante, ¿qué es en sí lo que posibilita este encuentro? Que, además, pareciera un  encuentro de dos mundos: lo divino y lo humano; el Creador y la criatura; el Señor y el  servidor. En primer lugar, es vital reconocer la base de todo el edificio, y esta base es la  humildad, el edificio es la oración (cf. CIC 2559), sin la humildad en los momentos de  diálogo con el Señor, es imposible que la gracia actúe y, por ende, será imposible que  se pueda reconocer como necesaria para la propia vida, para luchar y vencer al pecado,  seguiríamos pensando en que somos los “superhombres” que podemos con las propias  fuerzas vencer al Maligno, algo que evidentemente no acontecería (cf. CIC 397-400). 

En segundo lugar, en medio de la pequeñez que me ha de caracterizar y nos debe  caracterizar a todos en relación con el Creador, con el Padre y su Hijo y con el Divino  Espíritu que procede de ellos, se ha de procurar crecer en la disposición necesaria para  acoger el misterio de la Encarnación como el modo gracias al cual la salvación es llevada  en plenitud por Dios en favor nuestro y, por pura iniciativa suya, constituye al hombre  como alguien privilegiado, haciéndole participar de un modo misterio en la vida divina  (cf. CIC 457-460). 

Una participación que, aunque grande en significado, no deja de producir asombro,  máxime cuando descubrimos que es Cristo el único capaz de iluminar la realidad  humana, indistintamente de lo que esta contenga, es él, que es la luz, quien revela al  hombre su grandeza en cuanto sujeto santificado y adoptado como hijo de Dios, pero  también su miseria, en tanto que el pecado sigue queriendo destruir la relación de la criatura con el Creador, de hecho, Benedicto XVI afirma y sostiene que la fe nace  cuando el hombre reconoce su necesidad radical de Dios (Audiencia General, 24 de  octubre de 2012). 

Disposiciones espirituales concretas 

Por lo anterior, el camino hacia la pequeñez interior es transversal a toda la realidad  humana, es una realidad antropológica clave que, se descubre, nutre, madura, solidifica  y da fruto desde Cristo y no desde el hombre como ser autónomo. No se puede hacer  este recorrido si no es con el auxilio de la Gracia de Dios, de su obra en la vida, de la  plena disposición del creyente a un Dios que, en un momento determinado de la historia  se revela y hace suya la humanidad y todo lo creado para hacerlo todo nuevo, para  restablecer una obra de salvación que, aunque se encuentre limitada en el tiempo, su fin  es resplandecer con tintes de eternidad por siempre. 

La pequeñez espiritual —humildad, pobreza de espíritu, conciencia de pecado— constituye una clave hermenéutica para comprender la Encarnación y la vida cristiana.  Dios se hace pequeño para alcanzar al ser humano en su miseria; y el ser humano,  reconociéndose pequeño, puede acoger el don divino. Así, el pesebre se convierte en un  paradigma antropológico y teológico, porque solo en la humildad Dios puede nacer. 

Para ello, para que “el Niño Dios nazca en el corazón”, es necesario sembrar, cuidar,  cosechar y cultivar: a) Oración humilde y continua; b) Apertura al sacramento de la  Reconciliación y Confesión sincera del pecado; c) Actitudes de confianza absoluta en  Dios; y d) Lectio divina que revela la verdad interior

El creyente está llamado a ser Belén interior: un lugar donde Cristo pueda encarnarse  continuamente mediante la gracia. La pequeñez es un espacio teologal donde el terreno  fértil (la gracia) germina, donde la misericordia transforma y donde el Verbo hecho Niño  renueva la vida humana. 

El autorReynaldo Jesús

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