«El pequeño por su condición, recibe al eterno en su corazón».
La espiritualidad cristiana ha reconocido la importancia de la pequeñez —concepto que integra humildad, pobreza de espíritu y conciencia de pecado—, como una condición esencial para acoger la acción redentora de Dios. Esta experiencia constituye una disposición ontológica (en cuanto al ser) y teologal (en cuanto a Dios); y solo cuando el ser humano entra en la verdad de su ser criatura y de su miseria moral, puede abrirse al don divino que irrumpe en el misterio de la Encarnación.
En este sentido, la afirmación espiritual “sentir la pequeñez de ser pecador para tener la necesidad de que el Niño Dios nazca en mi corazón” expresa de manera sintética una lógica teológica profunda: el ser humano solo puede acoger el misterio del Verbo encarnado cuando reconoce su incapacidad radical para salvarse por sí mismo. La Encarnación —y su manifestación en el misterio de la Navidad— no se comprende plenamente sino a la luz de la limitación del hombre y el abajamiento de Dios.
La experiencia bíblica de la pequeñez: fundamento antropológico y teológico
La Escritura inicia la revelación mostrando al ser humano como alguien dependiente. La sentencia “polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3, 19) no es una condena sino una declaración ontológica que funda la existencia humana en la dependencia radical de Dios. El salmista capta esta desproporción al cuestionar: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal 8, 5). La pequeñez en la Biblia no se concibe como debilidad despreciable, sino como el lugar donde Dios despliega su gracia. El reconocimiento de la propia finitud es, por tanto, puerta para la revelación y la salvación.
A lo largo de la historia de la salvación, Dios escoge a quienes no poseen atributos de grandeza según los criterios humanos. Esta elección no es sólo pedagogía, sino teología: la salvación es verdaderamente iniciativa Divina, y su transparencia se manifiesta en la pequeñez del instrumento humano. Así, Abraham es llamado en su vejez (cf. Gn 12, 4); Moisés es escogido pese a su tartamudez (cf. Ex 4, 10); David es ungido, aunque sea el menor (cf. 1Sam 17, 14). La teología paulina lo sintetiza: “Dios escogió lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes” (1 Cor 1, 27). Hans Urs von Balthasar observa que este patrón revela la “estética” de Dios: una belleza que surge de la humildad y el sacrificio (Gloria. Una estética de Dios, 1989, p. 20-23). La pequeñez humana no es obstáculo, sino condición para que la gloria divina se manifieste.
Ahora bien, en el Nuevo Testamento, la pequeñez adquiere un valor explícitamente soteriológico (es decir, vinculado a la salvación). Jesús declara que el Reino pertenece a los “pobres de espíritu” (Mt 5, 3) y que la revelación es concedida “a los pequeños” (Mt 11, 25). La parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18, 9-14) muestra que la justificación no depende del mérito, sino del reconocimiento de la propia miseria.
De hecho, con firmeza y sin dudar se puede afirmar con radicalidad que la humildad es la verdad del hombre ante Dios, sin la cual la gracia no encuentra dónde posarse; y sólo así la pequeñez se convierte entonces en una estructura espiritual de acogida.
La pequeñez divina que responde a la pequeñez humana
El himno de Filipenses (2, 6-11) constituye la clave cristológica: el Verbo “se despojó de sí mismo” (ekenōsen). La Encarnación es el abajamiento voluntario del Hijo, que toma la condición de siervo. San Atanasio de Alejandría (De Incarnatione Verbi Dei), enseña que el Verbo “no tuvo reparo en hacerse pequeño para elevarnos desde nuestra pequeñez”. Este abajamiento no es humillación sino manifestación de la esencia del amor divino: Dios es aquel que se da hasta lo más bajo.
El nacimiento en Belén también revela una lógica divina que contrasta con todo poder humano: el pesebre es signo de pobreza, vulnerabilidad y fragilidad. Todo en la escena indica que Dios ha escogido la pequeñez como lenguaje revelador. El Papa San León Magno afirma que la majestad del Hijo de Dios asume nuestra pequeñez sin disminuir su grandeza (Sermón 6). El pesebre es, entonces, un ícono teológico: el hombre no puede acoger a Dios sino desde la humildad, porque Dios mismo se presenta humildemente.
La Encarnación acontece porque María reconoce su pequeñez: “ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,48). Su fiat es expresión de una disponibilidad absoluta, cuyo fundamento no es el mérito sino la pobreza de espíritu. Santa Teresita de Lisieux, en su obra Historia de un alma interpretará esta actitud como la esencia de su “caminito”; para ella, no se trata tanto de elevarse a Dios por obras extraordinarias, sino dejarse tomar por Él desde la pequeñez.
La conciencia del pecado como apertura a la gracia
Teológicamente, el pecado no se trata solo de un simple error moral, sino que es concebido como una ruptura de la relación filial con Dios. San Pablo afirma que “todos pecaron” (Rm 3, 23) y así, la conciencia de pecado no es pesimismo, sino realismo teológico. La tradición espiritual enseña que la contrición auténtica es a la vez dolor por el mal cometido y esperanza en la misericordia. El Salmo 51 expresa esta tensión: “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”. El reconocimiento del pecado abre el espacio interior para la redención.
En las parábolas de la misericordia (cf. Lc 15) el retorno del pecador es descrito como renacimiento: el hijo “estaba muerto y ha vuelto a la vida”, y es que la misericordia es capaz de restituir la identidad perdida, sobre todo cuando la conciencia del pecado es en verdad, el primer paso hacia una respuesta del corazón a la misericordia de un Dios que sigue saliendo a su encuentro, pero, solo quien se reconoce herido puede dejarse sanar.
En las realidades eclesiales conviene hablar del “nacimiento de Cristo en el alma”; el cristiano debe hacerse un “Belén espiritual”, un lugar donde el Verbo pueda nacer de nuevo. La pequeñez —como reconocimiento de pecado y de límite— constituye el “pesebre interior” de cada creyente.
Magisterio y tradición: la humildad como condición de encuentro con Cristo
No obstante, ¿qué es en sí lo que posibilita este encuentro? Que, además, pareciera un encuentro de dos mundos: lo divino y lo humano; el Creador y la criatura; el Señor y el servidor. En primer lugar, es vital reconocer la base de todo el edificio, y esta base es la humildad, el edificio es la oración (cf. CIC 2559), sin la humildad en los momentos de diálogo con el Señor, es imposible que la gracia actúe y, por ende, será imposible que se pueda reconocer como necesaria para la propia vida, para luchar y vencer al pecado, seguiríamos pensando en que somos los “superhombres” que podemos con las propias fuerzas vencer al Maligno, algo que evidentemente no acontecería (cf. CIC 397-400).
En segundo lugar, en medio de la pequeñez que me ha de caracterizar y nos debe caracterizar a todos en relación con el Creador, con el Padre y su Hijo y con el Divino Espíritu que procede de ellos, se ha de procurar crecer en la disposición necesaria para acoger el misterio de la Encarnación como el modo gracias al cual la salvación es llevada en plenitud por Dios en favor nuestro y, por pura iniciativa suya, constituye al hombre como alguien privilegiado, haciéndole participar de un modo misterio en la vida divina (cf. CIC 457-460).
Una participación que, aunque grande en significado, no deja de producir asombro, máxime cuando descubrimos que es Cristo el único capaz de iluminar la realidad humana, indistintamente de lo que esta contenga, es él, que es la luz, quien revela al hombre su grandeza en cuanto sujeto santificado y adoptado como hijo de Dios, pero también su miseria, en tanto que el pecado sigue queriendo destruir la relación de la criatura con el Creador, de hecho, Benedicto XVI afirma y sostiene que la fe nace cuando el hombre reconoce su necesidad radical de Dios (Audiencia General, 24 de octubre de 2012).
Disposiciones espirituales concretas
Por lo anterior, el camino hacia la pequeñez interior es transversal a toda la realidad humana, es una realidad antropológica clave que, se descubre, nutre, madura, solidifica y da fruto desde Cristo y no desde el hombre como ser autónomo. No se puede hacer este recorrido si no es con el auxilio de la Gracia de Dios, de su obra en la vida, de la plena disposición del creyente a un Dios que, en un momento determinado de la historia se revela y hace suya la humanidad y todo lo creado para hacerlo todo nuevo, para restablecer una obra de salvación que, aunque se encuentre limitada en el tiempo, su fin es resplandecer con tintes de eternidad por siempre.
La pequeñez espiritual —humildad, pobreza de espíritu, conciencia de pecado— constituye una clave hermenéutica para comprender la Encarnación y la vida cristiana. Dios se hace pequeño para alcanzar al ser humano en su miseria; y el ser humano, reconociéndose pequeño, puede acoger el don divino. Así, el pesebre se convierte en un paradigma antropológico y teológico, porque solo en la humildad Dios puede nacer.
Para ello, para que “el Niño Dios nazca en el corazón”, es necesario sembrar, cuidar, cosechar y cultivar: a) Oración humilde y continua; b) Apertura al sacramento de la Reconciliación y Confesión sincera del pecado; c) Actitudes de confianza absoluta en Dios; y d) Lectio divina que revela la verdad interior.
El creyente está llamado a ser Belén interior: un lugar donde Cristo pueda encarnarse continuamente mediante la gracia. La pequeñez es un espacio teologal donde el terreno fértil (la gracia) germina, donde la misericordia transforma y donde el Verbo hecho Niño renueva la vida humana.




