Javier Alonso no encaja en el perfil tópico del testimonio prefabricado. Su relato combina crudeza, sentido práctico y una sorprendente capacidad de análisis sobre la experiencia interior. En Más allá del laberinto narra su proceso de superación de la pornografía y propone una lectura más amplia sobre la fragilidad masculina, la búsqueda de sentido y el modo en que la fe puede transformar -sin idealismos- la vida concreta.
Lejos de ofrecer fórmulas simplistas, Alonso articula un itinerario en el que conviven psicología (carrera que estudió), experiencia personal y una vivencia espiritual que él reconoce como decisiva. Comparte su experiencia en centros educativos y retiros de Emaús, donde palpa de cerca el efecto de su testimonio.
En la parte final del libro introduces una idea muy sugerente: las “ocho trampas” del proceso cristiano. ¿De qué tratan exactamente?
—Descubrí que ser cristiano no consiste en cumplir una lista de cosas -ir a misa, rezar, portarse bien-, sino en recorrer un camino hacia una meta. Y como en cualquier camino, hay trampas. Son como los sesgos cognitivos en psicología: errores del cerebro que uno no detecta fácilmente y que pueden desviarte sin darte cuenta.
¿Puedes poner algún ejemplo?
—Una de ellas es la “trampa del fariseo”: creerte mejor que otros por el hecho de ser cristiano, entrar en una especie de competición moral por puntos. Otra es la del “aislado”, que consiste en centrarse obsesivamente en la propia perfección espiritual, olvidando a los demás.
También está la del “Aladino”, que es esperar que Dios te conceda todo, como si fuera un genio. Yo mismo caí en eso después de vivir experiencias muy fuertes. Pero la realidad es que muchas veces Dios no concede lo que le pides, y eso también es parte del camino.
Mencionas también la “trampa del taxista”, que llama la atención.
—Sí, tiene que ver con cómo miramos a los demás en lo cotidiano. A veces tratamos a las personas como obstáculos: el que molesta en el metro, el que retrasa la cola… Pero en realidad son personas con historias profundas. Cuando cambias la mirada, incluso te sorprendes: ello me ha llevado a conocer a gente que pasa desapercibida; una vez hablé largo y tendido con un vagabundo que no tenía nada y, sin embargo, vivía con una alegría que me descolocó.
Aunque el libro gira en torno a la pornografía, insistes en que el problema es más profundo.
—Claro. La pornografía es la punta del iceberg. Debajo hay inseguridades, heridas, cansancio, soledad… Y detrás de esa producción sistemática de emociones frágiles, hay una personalidad concreta que las produce. Y esa personalidad se forja desde la infancia. El problema es que a los hombres nos cuesta muchísimo reconocer esa fragilidad.
La pornografía es un problema generalizado. En los chicos jóvenes con los que hablo, diría que prácticamente el 100% ha tenido contacto con la pornografía. Y en adultos sigue siendo algo muy extendido, pero oculto. Es un tema tabú: muchas parejas ni siquiera lo hablan, y eso lo complica todo más.
¿Qué aconsejarías en ese sentido?
—Hablarlo. Sin dramatismos, pero con claridad. Evitar la conversación solo agranda el problema. Y además, hoy en día es imprescindible, porque tarde o temprano hay que educar a los hijos en esto.
En tu experiencia, ¿es posible salir de una adicción solo con herramientas psicológicas?
—Sí, es posible. Yo mismo lo conseguí durante un tiempo con ayuda profesional, autoconocimiento y disciplina. Pero en mi caso no fue definitivo. La diferencia definitiva fue un encuentro personal con Dios. Para mí fue un punto de inflexión real. Después de eso, en lo referente a la pornografía, desapareció la atracción. No fue un proceso gradual, fue algo radical.
¿Eso significa que ya no hay lucha?
—No exactamente. Sigo siendo humano y tengo otras tentaciones, claro. Pero en ese ámbito concreto sí hubo una liberación muy clara.
Hablas de un encuentro personal con Dios. ¿Qué le dirías a quien no ha vivido algo así?
—Que no se conforme. Muchas veces vivimos la fe de forma rutinaria, casi utilitarista. Yo le diría: pide más. Hay que ir a tope en este sentido. Pide a Dios experimentar su presencia, incluso aunque no sientas nada. Y lo mejor, es que este consejo no es solamente para gente que cree en Él, sino para todo el mundo. Y en cualquier lugar; no hace falta estar en una iglesia para animarse a ello. Y en cualquier momento; por ejemplo, ahora mismo.
¿No es peligroso basar la fe en experiencias?
—Sí, una fe basada solo en experiencias es débil. Pero también es verdad que, a mí particularmente , en momentos de sequedad, esas experiencias me han ayudado mucho. Para mí han sido como oasis en el desierto.
Después de ese punto de inflexión, ¿cómo ha sido tu proceso de crecimiento?
—He tenido una etapa de formación bastante intensa. Estuve dos años en un programa en Estados Unidos, con teoría y práctica, centrado en vivir la fe en lo cotidiano. También participo en iniciativas de formación y liderazgo.
¿Es importante ese equilibrio entre experiencia y formación?
—Fundamental… pero yo no me considero ejemplo de equilibrio. Hay gente súper constante. Yo lucho por formarme y llevar la fe a lo concreto. Pero luego me pasa de todo: me distraigo en Misa, me cuesta concentrarme cuando rezo, y muchas veces necesito moverme porque no puedo estar quieto.
Vienes de un entorno no especialmente religioso. ¿Cómo influyó eso en tu camino?
—Lo tenía todo para no acercarme a la fe. Tuve muchos prejuicios con respecto a ciertos entornos eclesiales. Pero con el tiempo me di cuenta de que no era yo quien buscaba a Dios, sino Él quien me estaba buscando a mí. Después de todo lo que he recorrido a lo largo de mi vida, diría que lo que ha cambiado es mi “mirada”. Antes estaba muy centrado en mí mismo: mis problemas, mis caídas, mi mejora. Ahora intento mirar más hacia fuera, hacia los demás y, por supuesto, hacia Dios.
Más allá del laberinto



