Junto a numerosas coincidencias, el filósofo y ensayista Javier Gomá, el decano de Filosofía de la Universidad San Dámaso, José Antúnez, y el cardenal de Madrid, arzobispo José Cobo, aportaron ayer sus particulares visiones sobre la dignidad humana en una conferencia-coloquio celebrada en el Seminario Conciliar de Madrid bajo el título «La dignidad, un concepto revolucionario».
En efecto, “La dignidad es el concepto más revolucionario del siglo XX”, ha señalado en diversas ocasiones Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, y de la cátedra de la Ejemplaridad en CUNED. Su reflexión le llevó a escribir un libro titulado precisamente así, ‘Dignidad’.
Ayer noche, dentro del seminario permanente “Cristianismo y cambio de época”, Javier Gomá rescató algunos de sus contenidos, y volvió a mostrar su lado provocador, dicho sea con el mayor de los respetos, en formato dialogado, junto a José Antúnez Cid, decano de Filosofía del centro, bajo la presidencia del cardenal José Cobo, que intervino al final. Un acto que pueden ver aquí.
“La filosofía en los últimos 50 años se ha convertido básicamente en sociología”
La dignidad está en todas partes, y también la ejemplaridad, pero no ha sido nunca objeto nunca de un discurso filosófico, no teológico, subrayó Javier Gomá en sus primeros 15 minutos. “Por mucho que en el título de un libro ponga dignidad, el contenido no tiene nada que ver”. Y refiriéndose a Kant, Gomá dijo: “el 50 por ciento de los libros sobre la dignidad son interpretaciones de las 16 veces que utiliza Kant el concepto de dignidad en los fundamentos”.
“Una interpretación, general, universal abstracta, que pone a la dignidad en el centro de una reflexión, no ha existido”, señaló el filósofo.
A su juicio, además, “la filosofía en los últimos 50 años se ha convertido básicamente en sociología, y la sociología no tiene nada que ver con la reflexión sobre la dignidad”. No hay libros sobre la dignidad, no os dejéis engañar por el título, añadió.
Dignidad es una de esas palabras que todo el mundo siente pero nadie define. Gomá propone que la “dignidad es aquella propiedad privativa del individuo, por la cual se constituye en acreedor, y el resto de la humanidad en deudora. El resto de la humanidad, a mí me debe algo, y os debe algo a cada uno de vosotros”.
“El mayor delito contra la dignidad, la cosificación”
El mayor delito contra la dignidad es tratar a lo que tiene dignidad como lo que tiene precio. Es decir, tratar a lo que no puede ser sustituido por algo equivalente como si lo fuera. “¿Cuál es el mayor delito contra la dignidad? La cosificación”, dijo Gomá.
Hasta el siglo XVIII, la historia de la cultura ha sido cósmica. Todo el mundo presuponía que la verdad está en el todo, no en éste o en aquél, sino en la totalidad. La dignidad principalmente residía en la totalidad, en la generalidad del ser, o en el Ser supremo, y las otras dignidades eran participadas.
Lo nuevo, que hace época en la historia de la cultura, ocurre entre el siglo XVIII y XIX, es la emergencia de la subjetividad, el individuo.
Lo verdaderamente singular de la dignidad moderna es que se trata de una dignidad individual y conflictiva.

“El interés general cede ante la dignidad individual. Esto es nuevo”
Pero la novedad moderna que hace época, a juicio del literato y filósofo, es que a esa ecuación se le añade lo siguiente: “el interés particular cede ante el interés general, pero el interés general cede ante la dignidad individual. Esto es nuevo”.
Desde el siglo XIX, la dignidad moderna, la dignidad del individuo es “una resistencia, aquello que resiste. Resiste, por ejemplo, al despotismo de la mayoría”. Y resiste también, “esto es lo nuevo, al bien común, al interés general, al progreso social. No puedes producir, invocar o promover el bien común o el progreso social, si implica el atropello de la dignidad individual”.
“Dignidad es el cuidado de los que estorban, por ejemplo, los vulnerables”. La ley del más débil
Otra definición que me gusta mucho, reflexionó Javier Gomá, es que “la dignidad es lo que estorba. Lo que estorba a los planes racionales, incluso a los planes buenos, que irían más rápido si no hubiera elementos de dignidad que estorban esa velocidad. Por ejemplo, el cuidado de los que estorban, los vulnerables, los que no sirven para nada, no ayudan a un progreso rápido, pero dignifican a la humanidad y contribuyen a sustituir la ley del más fuerte por la ley del más débil, que sería quizá uno de los secretos del verdadero progreso moral”.
Javier Gomá señaló que la dignidad del siglo XX “es una dignidad que pertenece por esencia de forma absoluta y plena a todos hombre y mujer por el hecho de serlo, irrenunciable, inviolable, única, universal”.
Y distinguió asimismo en su exposición entre dignidad ontológica, que todos poseemos por ser hombre y mujer, que hasta el más indigno de los hombres posee, por ser inherente al ser humano, de la dignidad pragmática, que tiene que ver con el comportamiento de las personas.
Antúnez: dignidad vinculada a la persona, social y existencial
José Antúnez Cid, decano de la Facultad de Filosofía, subrayó que el artículo 1 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea es la dignidad, seguido de la vida.
Al mismo tiempo, destacó que las discusiones del Parlamento europeo nos hablan de la dignidad social, la de los migrantes, las discriminaciones, el racismo, etc., “asuntos que siguen estando presentes en nuestras avanzadas sociedades europeas”.
El decano se remitió también a una tradición de pensamiento y experiencia cristiana que, “con sus sombras y sus luces va defendiendo esa dignidad”.
En este contexto, hizo referencia a “la referencia eclesial” de la Gaudium et Spes, al documento Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II, y a la Declaración Dignitas infinita, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, bajo el pontificado del Papa Francisco, “que coincide en parte con algunas de las aportaciones que ha hecho Javier” (Gomá).
Se refirió en este contexto a “dos campos de esfuerzo para construir esa dignidad, la social, y la existencial”.
Al final de su breve exposición, el profesor Antúnez, que ve la noción de dignidad vinculada a la de persona, preguntó al filósofo Javier Gomá sobre el hecho de que mi vida, mi dignidad, se encuentra con la muerte, tema al que se había referido el ensayista. ¿De dónde se puede sacar energía, fuerza, ilusión? Cuál es el motor…
Una reflexión provocadora de Gomá
El filósofo Gomá adelantó que iba a decir algo “que suena un poco radical, pero que serían tantas las cautelas que haría después, que estoy seguro que todos estarían de acuerdo”. “Lo que voy a decir va a generar contradicción”, avanzó.
“Los fundamentos de la moral dependen del sentimiento”, dijo. “Si yo digo ahora: las mujeres y los hombres no tienen la misma dignidad. Los blancos y los negros no tienen la misma dignidad. Los ricos y los pobres no tienen igual dignidad. Si yo digo esto, es imposible que alguien no me llame imbécil. Y sin embargo, a lo largo de la historia, para todo el mundo, para las inteligencias más célebres, era una evidencia”.
También para los grandes pensadores. Hasta Ortega. Produciría escalofrío leer algunos pasajes de la obra de Ortega de los años 40. ¿Qué ha cambiado entre lo que decía Ortega y lo que decimos nosotros? Lo que ha cambiado es que sentimos de otra manera. Que se nos han hecho evidentes otras cosas. La sociedad, las creencias, el mundo en su conjunto, está en vilo dependiendo de lo que es evidente para la mayoría. La filosofía y la cultura son, en el fondo, una administración de evidencias”.
“El ámbito de la educación del corazón: hago las cosas por convicción”
Y si nos resulta evidente que la ejemplaridad, o la dignidad, poseen una belleza, o una excelencia que se recomiendan por sí mismas, si nos resulta evidente eso, tiene una fuerza extraordinaria.
Porque además de hacer las cosas, en el ámbito juridico, por el miedo a la sanción, más profundo es el ámbito de la educación del corazón. Es cuando hago las cosas no por miedo al castigo, sino por convicción.
Cuando me preguntas cuál es para mí el principal motor, es crear, generar, “una educación sentimental de la gente, que vea como evidente cosas que son rectas, decentes, excelentes, como la dignidad.
“El mayor motor moral de la sociedad es el asco”
Más adelante, Javier Gomá dijo que el “mayor motor moral de la sociedad es el asco”. Debió ver caras de cierta sorpresa, porque argumentó: “Normalmente no tenemos una intuición directa de los valores. De la decencia, o de la dignidad de la mujer. Sino que con gran frecuencia, los valores morales son tan resistentes para el concepto, que se perciben no a través de la definición, sino de la acción.
Si yo le quiero explicar a mi hijo qué es la valentía, no le digo míralo en el diccionario, o en la wikipedia, sino le digo: mira hijo, eso es un comportamiento valiente. O todavía mejor, mira, eso es un comportamiento cobarde”.
“Allá donde antes era invisible la violación o el atentado a la dignidad de la mujer, ¿qué pasa de pronto en el siglo XIX? El acontecimiento máximo, que al lector le produce asco. Y ese asco es movilizador, es generador. Las novelas del siglo XIX, no la filosofía sobre la dignidad, enseñaron mucho a sentir la dignidad de las mujeres, que antes sin embargo era atropellada de manera invisible”.
Cardenal Cobo: defensa de la dignidad de los indígenas
“La dignidad es un concepto revolucionario, y siempre, en cada época ha sido revolucionario, porque siempre nos ha conmovido. El Papa Francisco hablaba de un cambio de época, donde tenemos los continentes digitales, la inteligencia artificial, y tantos continentes por delante”, comenzó diciendo el cardenal arzobispo de Madrid, don José Cobo.
Hace algunos siglos, algunos frailes se aventuraron a cruzar el Atlántico para anunciar el Evangelio hasta los confines del orbe. Entre esos acontecimientos, destaca un sermón que pronunció fray Antón de Montesinos en 1511, en la isla que ahora es República Dominicana, y que es un poco la antesala de aquellas leyes indias.
Aquel sermón, que relataba Bartolomé de las Casas, que era encomendero y después defensor de los indígenas, constituye uno de los más significativos momentos de la conciencia moral, también en la historia moderna, sin hablar de dignidad en sí misma. Porque yo creo que de esto trata nuestro diálogo, que se ha comenzado aquí, señaló el cardenal José Cobo.
El joven predicador denunciaba la crueldad y la tiranía que se ejercían por los colonizadores contra los indígenas, y los acusó de vivir en pecado mortal. Sus palabras todavía nos pueden sonar proféticas. ¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Acaso no son seres humanos como vosotros? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Acaso no lo entendéis? ¿Esto os deja indiferentes?”.
Raíz de los derechos humanos: la singularidad de la dignidad
Este episodio en nuestra tradición cristiana revela una convicción fundamental, argumentó el cardenal de Madrid. “Incluso antes de la reflexión, antes de la teología, antes incluso del derecho, está la vida, nuestra vida. Y ése es nuestro nexo de diálogo y el punto de interlocución incluso con distintas cosmovisiones actualmente, que van apareciendo”.
El grito de Montesinos no surgió de una elucubración teórica, sino de algo muy nuestro. “La contemplación de la vida herida y de la escucha del Evangelio. La vida concreta, y especialmente su vulnerabilidad, y el evangelio de Jesucristo, constituyen dos escuelas permanentes de las que brota el imperativo incondicional del respeto a la dignidad de toda persona. Lo que siglos después, llamaremos derechos humanos, tiene aquí la raíz vital y espiritual, en la singularidad de la dignidad”.
La secuencia es decisiva. “Antes del derecho, está la vida”, añadió en su intervención el cardenal. “Antes de la formulación conceptual está el reconocimiento moral. La dignidad humana no se inventa, ni se concede, creo que se reconoce. Y se reconoce porque es el atributo que vamos viendo que viene en el pack de lo humano, porque es el don originario de Dios”.
“La persona no vale por lo que tiene ni por lo que produce, sino por lo que es”
“El punto de partida de la antropología cristiana se encuentra, ya lo sabéis, en el relato de la creación. Dios creó al ser humano a su imagen, a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó. Esto es lo que nosotros descubrimos que tiene la dignidad única. La persona no vale por lo que tiene ni por lo que produce, sino por lo que es”.
El arzobispo de Madrid recomendó aquí la “‘Dignitas infinita’, el documento de Doctrina de la Fe, que afirma que la dignidad ontológica pertenece a todo ser humano, más allá, dice, de todas circunstancia, como una realidad que hunde sus raíces en el misterio mismo de Dios”.
El cardenal Cobo recordó también, entre otras cosas, cómo la reflexión filosófica ha recordado también el carácter inexpropiable de la dignidad. Frente a la “tradición liberal”, que ha reducido el concepto a espacios individuales, y puede legitimar que “el más fuerte es el que organiza la convivencia”, “la visión cristiana viene de la luz de la Trinidad”, dijo.
El modelo de la catolicidad frente al del poder y la globalizaciòn que excluye”
Y por tanto ofrece una comprensión más allá del individuo aislado. “Es de la persona ontológicamente relacional, somos diálogo por el hecho de reconocernos como personas. Y nos lanzamos con la dignidad humana a hacer una aportación que pienso es muy buena en nuestro mundo”.
En esta línea, el purpurado ofreció “una reflexión para construir y para habitar este tiempo nuevo. Claro que hay dos modelos. Yo diría que hay un modelo para construir este mundo nuevo. “Uno el del imperium, el del poder, que termina diciendo quiénes son los buenos y los malos, con lo cual descarta siempre a muchos. Es una globalización política, económica, o mediática, que también influye mucho, que genera exclusión y que debilita los vínculos a veces más profundos del ser humano”.
Pero hay otro, y “es una forma que entendemos también los cristianos porque tiene mucho que ver con la catolicidad y con la Eucaristía. Entender la dignidad humana desde la universalidad que une sin borrar diferencias”.
Es la lógica del encuentro, dijo en sus palabras finales, “donde cada cultura puede aportar su riqueza y donde todos nos reconocemos hijos de Dios y hermanos. Sabemos, desde nuestra experiencia de Eucaristía, articular la unidad y la diversidad sobre todo basada en la dignidad humana y en el diálogo intercultural”.



